
Pavel Gomziakov y Maria Joao Pires, durante un concierto de la temporada pasada en Segovia. / ANTONIO TANARRO
Es una mujer menuda que se crece delante del piano. Las articulaciones de sus manos están curtidas en los caprichos de Mozart, Schubert o Chopin. Maria Joao Pires (Lisboa, 1944) vuelve este domingo al Auditorio Miguel Delibes, el que ella misma inauguró hace dos años. En esta ocasión viene con un viejo conocido, Beethoven, y uno de más reciente aprecio, el chelista Pavel Gomziakov. Con el músico ruso ha grabado un doble álbum sobre las partituras de los últimos cinco años de Chopin que la ha sacado de su retiro bucólico y la ha devuelto a la actualidad musical. Aunque será el de Bonn el maestro de la velada a través de dos sonatas para chelo (la 2 y la 3), las '32 variaciones de piano' y la 'Sonata nº 17 para piano' más conocida como 'La tempestad'. Ese banco de pruebas de grandes virtuosos en el que se vaciaron y triunfaron Wilhelm Kempff, Maurizio Pollini o Alfred Brendel, es revisitado por Maria Joao Pires. Es una de las sonatas preferidas del compositor quien la firmó en 1802, cuando los síntomas de la sordera eran ya evidentes y así se lo hizo saber a sus hermanos en una carta.
El tormento del genio alemán parece lejos del momento por el que atraviesa esta virtuosa consagrada con Mozart. La cita de la 'Vida nueva' de Dante con la que arranca su último álbum y la dedicatoria a los cardiólogos de Salamanca dan la pista del renacer de Pires. Si hace quince años grabó los 'Nocturnos' de Chopin en homenaje a su madre, ahora vuelve su mirada a la obra del polaco como reto técnico y musicológico.
La artista lusa reconoce que no es «cómodo de tocar». El romántico fue elevando la exigencia del intérprete a medida que crecía su obra. Con Bach y Mozart como maestros, Bellini, su coetáneo admirado y la música popular, referente insoslayable en el germen de toda creación, Chopin es al piano lo que Paganini fue al violín. «Son piezas que están relacionadas con la muerte, dice Pires del repertorio seleccionado. Hablan no sólo de la muerte física, sino de la otra, de la desaparición», explica.
El concierto está organizado por Caja Duero, la institución bancaria con cuya ayuda levantó Pires su casa escuela en el campo, el proyecto ya realidad de Belgais. Sobre la mano derecha de la artista, un delfín tatuado que en vez de olas atlánticas -las que la llevan a atender sus programas de educación en Brasil- salta entre teclas blancas y negras. Y es que la vida de esta amante del campo ha trascendido en la última década la dedicación artística para volcarse en programas sociales con los que acercar la música a los más alejados de sus escenarios habituales.
Con ella vendrá el chelo ruso Pavel Gomziakov (1975) de quien Pires reconoce le atrae su «estilo y cierta austeridad en el tono que le va muy bien a la música elegida». La complicidad mutua les ha permitido además de grabar el disco del polaco, abordar otros repertorios en directo desde hace un año. Quizá después de Beethoven, haya bises de Chopin.