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Hace 500 años del nacimiento de un burgalés insigne, el músico Antonio de Cabezón, nombre que ostenta el Conservatorio Municipal de Música y la Semana de Música Antigua burgalesa
04.04.10 -

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Un mal año este para celebraciones de talla. Hace 500 años del nacimiento de un burgalés insigne, el músico Antonio de Cabezón, nombre que ostenta el Conservatorio Municipal de Música y la Semana de Música Antigua burgalesa, creada en el centenario de su muerte en 1966. Sobre su música se han vertido ríos de tinta y entusiasmos desde tiempo inmemorial pero nunca estará de más recordar más actualizada e intensamente lo que significa este nombre para la cultura europea y española. Además del hecho de serlo especialmente para Castilla y Burgos, un personaje extraordinariamente relevante como representativo de una época de esplendor humanístico-artístico y político de excepción.
A pesar de su ceguera, demostró tales habilidades desde niño que le posibilitaron asumir a los 16 años el puesto de música de tecla de la emperatriz Isabel, la culta esposa de Carlos V. Las actividades musicales en la catedral de Burgos y Palencia habían hecho madurar sorprendentemente a aquel genial chico de Castrillo, que para el resto de su vida disfrutaría de la cercanía y predilección de Felipe II en la época de mayor apogeo de aquel reinado, cada vez mejor conocido. Un ambiente de los más granado del Renacimiento musical peninsular y europeo hizo producir al gran ciego burgalés un arte del teclado sutilmente refinado, interior y sabio, cuyas estructuras y nobleza de lenguaje hicieron prosperar notablemente el concepto de música de su tiempo.
El insigne humanista Cristóbal de Villalón, profesor salmantino y autor del famosísimo 'Viaje a Turquía', en su 'Ingeniosa comparación entre lo antiguo y lo presente' escribió ya en 1539: «...en el arte no se puede más expresar porque dicen que ha hallado el centro en el componer».
Cabezón conservó la cercanía y admiración de Felipe II, que había sido educando suyo en la Casa de su madre, le llevó consigo a todos sus viajes y estancias incluida la de Inglaterra (año y medio), después de Italia y Flandes. El recordado y entusiasta profesor Kastner solía decir que los dedos de Cabezón gobernaron durante muchos años el imperio español... Pero sobre todo el alma de Castilla, la gran víctima y olvidada de las grandes contiendas ideológicas y políticas europeas, es la que está íntimamente representada y entretejida entre las estructuras idiomáticas del famoso ciego, en la elevación de sus pensamientos musicales o la interioridad expresiva de sus meditaciones y cromatismos exactos de sus glosas. Porque pocas cosas del gran momento hispánico del XVI están ausentes de su arte. Cercano a los círculos erasmistas coetáneos, por los que fue muy altamente apreciado, su música es testigo y muestra de aquella recia espiritualidad exigente y generosa, que uniendo vivencia mística con mundo instrumental práctico, viene a representar el primer gran lenguaje clavierístico de nuestra cultura, de la vieja España y Europa, que hoy sin duda sabrá adherirse y entender la importancia de una efeméride tan rotunda como este Quinto Centenario.
¡Qué recuerdos de cuando celebramos en Burgos el centenario de su muerte! Aquel órgano, recién puesto a funcionar entonces, de la Capilla del Condestable y su inolvidable organero Pedro Pañella (al que le faltaba una pierna por haberse caído restaurando un órgano) y artistas como Montserrat Torrent, Willem Talsma, Chapelet, Savall o Genoveva Gálvez, fueron escuchados en los ámbitos arquitectónicos de Burgos. Allí se produjeron 'estrenos' interpretativos absolutos desde composiciones y autores nunca antes allí oídos como lo fueran otras circunstancias como la incorporación de sus obras al piano moderno y al mismo nivel que un Bach. Los viajes en caravana a los llamados por nosotros 'santos lugares' (Castillo, Castrojeriz, Olmillos, Villaveta, Villasandino, Fernamental, Covarrubias...) corrieron paralelos a aquellos mismos días en la aventura de descubrir vestigios de órganos quizá todavía recuperables. ¡Cómo voy a olvidar aquellas jornadas!
No está tan lejos de nosotros hoy esa música, como aquella que Bruno Walter llamara en el centenario de Mahler «el excelso lenguaje de los muertos». La tenemos bien vibrante en sus pentagramas y el oído interior del mundo. Ni tan lejos como alguien pueda llegar a pensar la Castilla de grandes humanistas, sabios y místicos. Por mi parte haré uno de mis programas favoritos, el recital pianístico Cabezón-Bach titulado 'Las dos puertas del barroco' en varios festivales. Es una gran alegría ver que hoy sabemos quiénes son Antonio de Cabezón o Tomás Luis de Victoria y que aquella excelsa veta de refinación, espiritualidad y arte seguimos teniéndola, si queremos, al alcance de la mano. Alegrémonos por ello.
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