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Rosvita y Guillamino

Las canciones de este trío madrileño pasan por encima del espectador como un rodillo, sus excentricidades son sencillamente deliciosas
16.10.10 -
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Si existiera un país poblado por chiflados -en el buen sentido- seguramente contarían con una canción de Rosvita como himno nacional. Las canciones de este trío madrileño pasan por encima del espectador como un rodillo, sus excentricidades son sencillamente deliciosas y, además, tocan como los ángeles. Como ángeles desquiciados, pero ángeles al fin y al cabo.
Vayamos por partes. El primer concierto invisible de la temporada tuvo como primer protagonista a Guillamino. El barcelonés tiene una gran cantidad de sonidos en su cabeza que traslada a sus artilugios. Desde soul, r&b, funk, hip hop, destellos de house e incluso blues: se atrevió a utilizar como base una pieza añeja de Memphis Slim. Es interesante, pero su mezcla de bases electrónicas y voz, vivaz y bailable, es de difícil digestión en según qué momentos (la última hora de la tarde es, lástima, uno de ellos).
El caso de Rosvita es de otro planeta. En principio todo parece normal, con los tres músicos subiendo al escenario y enfrentándose a sus instrumentos -bajo, batería y teclados-. Pero algo parece alterar la naturalidad de la escena: es Nacho Vera, batería, vistiéndose de faena con pantalones cortos, calcetines rojos hasta las rodillas, camiseta de lentejuelas y una cinta luminosa en la frente. Y empieza el huracán: ritmos vertiginosos, golpes de bajo que te abofetean y sacudidas de los teclados calculadas al milímetro.
Aquí viene lo complicado: ¿qué es, exactamente, lo que Rosvita se trae entre manos? ¿Un cruce demente entre Sonic Youth y “La parada de los monstruos”? ¿Los delirios progresivos de Emerson, Lake & Palmer perpetrados por Flaming Lips? ¿Soft Machine tocando para la población de un planeta aún por explorar? Sea lo que sea no es de este mundo.
Todos los elementos en Rosvita están compensados: alboroto y precisión, ingenio y ternura. En momentos como “Hoy no he visto la luz” (impactante) o “Que bien el coco” (Pink Floyd en punk marciano) todo está perfectamente delimitado. En otros como “El rocanrol del macramor” admiten tal cantidad de disparates que, de surrealistas rozan lo incomprensible. Esta conmoción es muy de agradecer: es fácil que, en un momento en que casi todas las propuestas están cortadas por los mismos patrones, no haya una banda tan sorprendente y descacharrante en España.
Y cuando parecía que todas las cartas estaban ya sobre la mesa, sorprenden con el cierre más lisérgico y entrañable posible: una valiente balada narrada por un perro quejumbroso, con Nacho Vera cantando y tocando la trompeta. Sencillamente, únicos.
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