La feria de las mentiras

DIEGO CARCEDO

Muchos nos hemos despertado hoy ansiosos y sobre todo preocupados por lo que estaba ocurriendo en Cataluña. Y la verdad es que en esta primera impresión que deja el desarrollo de la jornada nada resulta sorprendente. Ni siquiera el dramatismo con que los portavoces secesionistas están informando sobre desalojos de colegios, incautación de urnas chinas, inhibición condescendiente de los Mossos y rumores de heridos por contusiones es algo que no estuviera previsto ni ensayado.

El esperpento de referéndum, convocado conculcando todas las leyes del Estado y avasallando los derechos democráticos de los ciudadanos -a quienes sus representantes están utilizando como conejillos de indias para imponer sus fanatismos y ambiciones-, evoluciona conforme a lo que ya se esperaba: en una escenificación masiva y a menudo infantiloide del juego del ratón y el gato entre los que quieren saltarse la Constitución, el Estatuto y los principios democráticos y los que cumplen con su deber intentando que la legalidad se cumpla y el orden se mantenga.

Quizás lo más importante del balance en estas primeras horas de forcejeos sea que no se han registrado incidentes graves, excepción de algunos altercados promovidos por los extremistas. Las fuerzas de seguridad están actuando con mesura y contundencia en el cumplimiento de las órdenes impartidas por la Justicia. Hay que alegrarse de que sea así y, por supuesto, desear que el resto del día esta tónica se mantenga. Los independentistas, empezando por el presidente y el vicepresidente de la Generalitat y acabando por la presidenta del Parlamento, han puesto estos días su autoridad al servicio de la crispación social, de la fractura entre los ciudadanos y su enfrentamiento, que en este momento es lo que han conseguido. Están produciéndose votaciones furtivas, algunas cómicas y otras ridículas, con papeletas caseras, sin censo ni control, pero ya puede anticiparse que el pretendido referéndum ilegal no tendrá otra validez que la del espectáculo circense en que ha degenerado.

Lo que está pasando en Cataluña es una verdadera feria de mentiras y trampas que proporcionan al mundo un espectáculo tristemente cómico y una imagen penosamente grotesca de España y de la sociedad catalana que en buena parte no tiene culpa. El daño que casi nadie se merece y casi todos sufriremos ya está hecho. El bochorno que produce el ridículo es algo que todos, los catalanes los primeros, tenemos sobrellevar mientras sus culpables asumen su responsabilidad. Aunque hoy es un día para seguir y analizar lo que está ocurriendo, también hay que empezar a pensar ya en el inminente futuro. El conflicto sólo se podrá resolver desde la actuación inmediata fundamentada en la independencia de la división de poderes.

Ejecutivo y Legislativo, los brazos políticos con que la sociedad cuenta para enfrentar el problema desde una negociación seria, realista y pragmática, tendrá que despertar del sopor que permitió llegar a esta situación extrema, peligrosa e inadmisible. Y mientras tanto, en paralelo y sin excesos ni contemplaciones, el Judicial tendrá que poner manos a la obra no menos fácil ni delicada de empezar a exigir cuentas a quienes abusando de su autoridad y falta de escrúpulos sociales han venido avasallando las leyes, retando al Estado, estimulando el enfrentamiento, dañando la economía de todos y despreciando e intimidando a quienes no comparten sus ideas ni aceptaron secundar su desacato.

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