Cuatro días para el principio del fin de ETA

La ejecución a cámara lenta de un desconocido edil del PP de Ermua hace estallar una revuelta social insólita y definitiva contra el terror

Una de las vigilias organizadas para exigir la liberación del concejal. / RC
LOURDES PÉREZ

Se llama Miguel Ángel Blanco Garrido y un inocente salto en su rutina acaba de salvarle la vida. Aunque apenas sea por unas horas.

Euskadi sestea en la sobremesa estival del 9 de julio de 1997. Atrás ha quedado una semana que ha escalofriado la canícula. ETA ha traspasado el penúltimo listón de su inhumanidad infligiendo , cuya imagen cadavérica y fantasmal, recobrada para la libertad por la Guardia Civil en un lúgubre zulo de Mondragón, remueve las entrañas de una ciudadanía que creía haber padecido casi todo lo concebible. Pero para la banda nunca es suficiente. Lo advierte HB, al vaticinar que habrá «resaca» después de «la borrachera policial» por la liberación de Ortega Lara y el final del secuestro del empresario Cosme Delclaux, en una misma madrugada febril e inolvidable. Sentado frente al televisor, contemplando el rostro consumido del funcionario burgalés, Miguel Ángel Blanco, concejal casi imberbe del PP en Ermua, confiesa a los suyos que no, que él no soportaría un cautiverio así. Él, que no siente miedo al proclamar «ETA, asesinos» cuando aún no se estila. Él, al que su madre ha pedido que se cuide. Que no se confíe. Que no haga de sus costumbres un ritual peligroso.

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– Pero a mí, ¿qué me van a hacer? Si soy un pobre concejal y Ermua no lo conoce nadie.

Es la sobremesa del 9 de julio de 1997, hace hoy justo 20 años. Miguel Ángel Blanco decide que ese día no irá a trabajar en tren a la empresa Eman Consulting, de Eibar, en la que ha empezado a labrarse su futuro de prometedor licenciado en Económicas con vocación política. Recorre en el ‘Kadett’ azul de su padre ese trayecto que suele cubrir en un vagón a primera hora de cada tarde, con puntualidad de empleado modélico. El cambio, sin consciencia de su secreto valor, le regala 24 horas de vida despreocupada. El comando Donosti, que le sigue los pasos, regresa frustrado al piso de la localidad eibarresa en el que le ha dado cobijo su propietario, el concejal de HBIbon Muñoa. Es el edil cómplice de ETA el que controla los movimientos de ese otro edil, el de Ermua, el desconocido militante del PP, de 29 años, que no lleva escolta aunque los terroristas ya han matado a Gregorio Ordóñez y mantienen bajo amenaza a los cargos constitucionalistas, a los que señalan como enemigos del pueblo vasco. El taller de recambios de Muñoa, la tapadera idónea para trucar matrículas y proporcionar cobertura a los etarras en la clandestinidad, dista apenas 200 metros de la oficina a la que Blanco acude cada jornada. Uno tiene al otro a un golpe de vista. El abismo que separa a los verdugos de su víctima.

Esa noche, el corporativo ‘abertzale’ escucha de labios de Francisco Javier García Gaztelu, Irantzu Gallastegi y José Luis Geresta que han fracasado en su tentativa de secuestrar a Blanco. Txapote, Amaia y Oker son los ejecutores bien adiestrados de las directrices de la dirección etarra. El responsable del aparato militar, Josetxo Arizkuren Ruiz, ‘Kantauri’, lo ha ordenado por carta con aséptica crueldad: «Poned toda la fuerza posible en levantar a un concejal del PP, dando un ultimátum para que los presos estén en Euskadi». Aunque hay quien adivina, tras los cortinajes de la despiadada escenificación que se avecina, la mano de Mikel Antza, el número uno de la organización en estos tenebrosos días. El jefe terrorista con ínfulas de dramaturgo.

Se llama Miguel Ángel Blanco Garrido. ETA está a punto de erigirlo, a su pesar, en un símbolo inmortal contra su propia y desalmada violencia.

La llamada, el ultimátum

El reloj de la estación de Unzaga ronda las tres y media de la tarde de este 10 de julio en el que Blanco ya no tendrá escapatoria. El edil, pelo pajizo y rostro aniñado, vestido con vaqueros y camisa color salmón, es interceptado en el apeadero de Eibar por una guapa veinteañera que podría pasar por una de sus colegas. Solo Gallastegi sabe qué dice al concejal, cómo le persuade o con qué le coacciona, para llevárselo con ella sin que ningún viajero, ningún viandante, se percate de que ese encuentro camufla un secuestro con fecha de caducidad. Txapote y Oker aguardan en un coche oscuro; Muñoa les ha asegurado el aparcamiento. El vehículo se pierde hacia una bajera ilocalizable, en la que los etarras empiezan a enterrar en vida a su víctima. Los magistrados que juzgarán el asesinato años después tienen la convicción de que Blanco siempre está maniatado. Y que es consciente de que el precio de su libertad no se pagaba con dinero.

La alarma por la inexplicable desaparición salta en las redacciones casi al tiempo que la emisora Egin Irratia recibe, a las seis y media, la llamada de un comunicante anónimo que certifica el secuestro. La amenaza resuena como un latigazo: ETA matará al cautivo si en 48 horas el Gobierno de Aznar no pone fin a la dispersión de sus presos. El calendario se detiene, fundido en negro: el ultimátum vencerá ese sábado, día 12, a las cuatro de la tarde. Todo el país interioriza que o se encuentra al edil o la banda lo ejecutará sin clemencia. Ningún Estado democrático puede someterse a semejante chantaje.

Arriba, su novia al conocer la noticia de su asesinato, abajo a la izquierda, los sanitarios le antienden a su llegada al Hospital de Donostia y a la derecha, su padre, informado del secuestro. / A.P. y RC

La enfebrecida búsqueda de Blanco se lanza en cuanto la Ertzaintza pone el rapto en conocimiento del magistrado de la Audiencia Nacional Manuel García Castellón. Las fuerzas de seguridad se movilizan con toda la diligencia de que son capaces, al compás de los contactos de urgencia de Aznar y el ‘lehendakari’ Ardanza, que mantienen a su vez informado al Rey Juan Carlos. Ermua se llena de periodistas apresurados y aturdidos, a los que ETA obliga a descubrir quién es su víctima y los sueños de los que va a privarle por la fuerza. La banda les da un macabro margen para encariñarse con Miguel Ángel. Para desear en lo más hondo que no lo maten, mientras redactan las crónicas con la pesadumbre anudada a la garganta.

Consuelo, esa madre creyente que temía por el compromiso político de su hijo, se asoma al infierno en su hogar de la calle Iparragirre. La Embajada española en Londres está tratando de localizar contra reloj a Marimar, la hermana hoy diputada, que se despidió de Miguel Ángel cuatro meses antes para irse a estudiar a Escocia sin poder intuir que era la última vez que lo tendría a su lado. La tarde declina y Miguel, el padre albañil, callado y laborioso, se entera de que ETA ha secuestrado a su primogénito cuando las cámaras y los micrófonos le asaltan a su llegada a casa. No hay mayor expresión de la tragedia que esa mirada, perdida en la incomprensión. Pero ETA comete un lacerante error de cálculo. Porque una ola de hartazgo y de ira, de espanto y de rabia, comienza a desbordar las vías subterráneas del silencio hasta aflorar como un géiser en la superficie de la sociedad vasca. Y las gentes de Ermua se dicen que ya basta.

El primer día sin el hijo de Consuelo y Miguel amanece con los primeros carteles tapizando las ventanas de sus vecinos –‘Míguel, te esperamos’–, mientras el juez García Castellón ordena pinchar teléfonos, decenas de agentes rastrean un mínimo hilo del que tirar y se desempolvan viejos contactos para tratar de convencer a ETA y a la izquierda ‘abertzale’ de que refrenen lo irreversible. Los esfuerzos son tan entregados como baldíos. Y el calor, tan malsano como los presentimientos de los dirigentes políticos. Aparecen manos blancas clamando al cielo. En el pueblo del secuestrado, sus ciudadanos acompañan a los Blanco Garrido en una doliente vigilia de velas y silencio. Alguien bautiza esta solidaridad epidérmica, corajuda y sin dobleces como el ‘espíritu de Ermua’.

Se llama Miguel Ángel Blanco Garrido. Solo ETA sabe dónde está.

El desenlace

La conmoción de todo el país se da cita el sábado a mediodía, a cuatro horas de que el ultimátum se consume, en la manifestación convocada en Bilbao para implorar piedad a los terroristas. La riada de ciudadanos tras la pancarta que encabezan los familiares del secuestrado y una inédita representación política e institucional parace bramar, en medio del mutismo y de los lazos azules, ‘no en nuestro nombre’. Los presos etarras más desafectos hacia la deriva de su dirección contemplan estupefactos cómo miles de vascos, cómo ‘el pueblo’, inunda las calles para gritar contra sus presuntos libertadores. Esos que a la hora marcada sacan de su escondrijo a la víctima y la trasladan, las manos atadas con un rudimentario cable eléctrico, a una apartada vaguada de Lasarte-Oria. Sobrecoge pensar en esos últimos instantes en los que Miguel Ángel camina empujado por García Gaztelu y Geresta hacia el cadalso; esos minutos estremecedores que atormentarán durante años a su madre. Txapote le dispara con una Beretta calibre 22, tan cerca de la cabeza que le roza el cabello. La segunda bala, con el edil ya de rodillas, destroza el cerebro. Así, agonizante y abandonado a su suerte, lo descubren dos cazadores que pasean con sus perros. Blanco ingresa en el Hospital Donostia muerto en vida. Y los vecinos que aguardan acongojados el desenlace en Ermua, sin dormir y sin comer, revientan contra ETA. Alguien vocea ‘¡A por ellos!’ y el alcalde, Carlos Totorika, agotado pero alerta, opta por extenuar los ánimos con una marcha improvisada de ida y vuelta a Eibar. El país entero se rompe en llanto.

El concejal fallece a las cinco de la madrugada del domingo, 13 de julio. Su cuerpo, la huella del hombre que fue, regresa esa tarde a su pueblo, sumido en un duelo colectivo que llora y que grita; que se desgarra y repudia. Cientos de vecinos se arrojan al suelo con las manos en la cabeza: ‘¡ETA, escucha, aquí tienes mi nuca!’. En esas horas de revuelta, Ardanza tiene que subirse a un banco para responder a la conmoción de la ciudadanía congregada en Vitoria, donde el Pacto de Ajuria Enea se ha comprometido a aislar a los violentos. El ‘espíritu de Ermua’ no sobrevivirá a la pronta división política. Pero la conciencia cívica ha comenzado a escribir el epílogo del terror, aunque este tarde aún 20 años en quedar desarmado.

Se llama Miguel Ángel Blanco Garrido. El asesinado 778 de ETA.

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