El congreso de la conformidad

El escenario del Congreso del PP es luminoso, con las gaviotas, que al parecer no son gaviotas sino charranes, revoloteando en un cielo sin nubarrones aunque ligeramente empañado al trasluz por las sombras de la corrupción. Por si la historia estuviese cayendo en el olvido, la agenda judicial, con la condena de los tres cabecillas de la Gürtel, la traición de los nueve empresarios valencianos mostrándose dispuestos a dar rienda a su locuacidad y el anuncio de la comparecencia ante el juez de la ex ministra Ana Mato, amargaba un poco, sólo un poco, la euforia política de los centenares de congresistas reunidos para respirar tranquilos tras los meses de angustia recién pasados.

El Partido está relativamente fuerte, gobierna aunque con menor margen que en pasado, y por si su unidad ofreciese alguna duda, que no la ofrece, allí estaba el ejemplo de enfrente, en la plaza de Vistalegre, donde los podemitas despedazan su joven organización entre rencillas acumuladas y ambiciones prematuras de poder. Muchos viejos indignados de la Puerta del Sol, a la vista del espectáculo montado por sus líderes se lamentan con palabras gruesas y se preguntan: “¡Coño, para esto nos hemos jodido millones de españoles durante la crisis?”. Entre los compromisarios del Partido Popular no ocurre eso, la virulencia de Vistalegre en el otro escenario político, la Caja Mágica, elegido por los “populares” es tranquilidad y conformidad, sobre todo conformidad.

Dolores de Cospedal, la secretaria general, demostró que el ensayo con los familiares de las víctimas del Yak 42 no ha sido en balde y, haciendo de tripas corazón – me imagino, claro – pidió perdón a todos, a presentes y ausentes, por la corrupción que asoló al Partido y, por la parte que le correspondía a ella y a su equipo, por la lentitud en reaccionar para frenarla y, se supone de paso castigarla. No fue mucho el mea culpa a juicio de oposición y críticos, pero algo es algo. Cuando menos habrá que apuntarle el mérito de habernos demostrado que pedir perdón no es un delito y que perdón es una palabra que todos, empezando por quienes mandan, debemos incluir en nuestros hábitos cotidianos y no sólo en el confesionario.

El Congreso todavía no ha terminado: nuevas ideas, cambios en el liderazgo ni nuevos proyectos no se esperan; sólo habrá que aguardar a ver cómo se resuelven los pequeños asuntos que -como la aceptación de maternidad subrogada- despiertan polémica, comprobar la casi obviedad de que la propia Cospedal será ratificada en su cargo a pesar del rifirrafe y la dimisión testimonial de un ex alcalde que ha desencadenado, y, en consecuencia, aprestarnos a vivir un tiempo bajo la imagen de un PP robustecido después de tan duros avatares, gracias a la cuota de estabilidad política que el bipartidismo aporta, condicionada en buena medida, eso también, a lo que ocurra en el Congreso del PSOE Pero para eso faltan cuatro meses.