«Hemos vivido con tanto miedo que seguimos callando»

«Hemos vivido con tanto miedo que seguimos callando»
  • MARTA BUESA | HIJA DE FERNANDO BUESA

  • El socialista Fernando Buesa y su escolta, Jorge Díez, caminaban por la zona de universidades de Vitoria cuando, a su paso, ETA hizo estallar un coche bomba. La explosión les causó la muerte a ambos

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Aquella mañana acababan de montar un armario en casa. «Me había casado y estábamos construyendo nuestro hogar, estaba muy ilusionada», relata Marta Buesa. Era martes, 22 de febrero de 2000. Tenía 28 años. Después de comer, recogió todo y se fue al despacho de abogados en el que trabaja. «Escuché sirenas de policía y ambulancias... Y alguien dijo: ‘Ese ruido ha tenido que ser una bomba’», evoca. Marta miró por la ventana y vio «una columna de humo a lo lejos». Llamó a casa, pero no cogió nadie. «Tuve que ir a hacer una visita por trabajo y al montarme en el coche puse la radio. En cuanto escuché que ETA había puesto una bomba, tuve un pálpito», revela. Volvió a telefonear a la vivienda familiar. Esta vez descolgó su hermano, Carlos: «Ha sido papá, lo han matado».

Fernando Buesa caminaba desde su domicilio hacia su oficina, junto a su escolta Jorge Díez, cuando a su paso la banda hizo estallar un coche bomba que les provocó la muerte a ambos. El doble asesinato tuvo lugar en la zona universitaria de Vitoria, en torno a las 16.30 horas. La explosión se escuchó desde el Parlamento vasco, donde era portavoz del PSE.

«Un compañero me llevó a la casa de mi madre. Tardamos mucho porque estaba todo el tráfico detenido. Al llegar, la puerta estaba abierta. A partir de entonces es como si todo se cubriera de un fondo negro, recuerdo flashes», describe Marta. La vivienda «se llenó de gente». «Estaba en un sofá y de vez en cuando, alguien te cogía de la mano», rememora. Hay un detalle que se le ha quedado grabado. «Mi padre fumaba puros y, cada tarde, antes de ir a trabajar, encendía uno con la llama de una vela que dejaba luego para quitar el humo de la sala. Esa tarde seguía encendida. Pensé: Eso es lo último que ha hecho. Alguien sopló, no recuerdo quién, y se apagó. Dijimos: ‘Mira, así se ha ido él».

Los detalles se suceden a medida que su voz se entrecorta. El «ataúd cerrado» en el Parlamento, «el olor a flores en la catedral», «los dibujos de niños» en el lugar del atentado...

Cuando ETA anunció hace cinco años el cese de su actividad armada, Marta rompió en «llanto». «Me repetía: ¡Qué pena, qué pena, y qué tarde! Cuánto dolor, cuánto sufrimiento inútil», expresa. Se acordó de su madre, de sus hermanos... «Me vino la imagen de mi padre. Deseé alargar mi brazo hasta esa tarde de febrero y decirle ‘coge mi mano y ven aquí, que ya no te va a pasar nada’», comparte.

«Descorazonador y cruel»

Su vida cotidiana «no ha cambiado en estos años». «Yo, al contrario que muchas otras víctimas, tuve la suerte de poder seguir viviendo en mi ciudad, Vitoria, y en mi barrio», remarca. Considera que el final del terrorismo debería llevar aparejado «un nuevo tiempo». «Pero hemos vivido con un miedo tan férreo que seguimos en esa inercia de callar lo ocurrido y eso no puede ser. Si queremos una convivencia sana debemos afrontarlo», defiende.

Marta Buesa es consciente de que será un «proceso largo». «Las personas necesitamos tiempo. Unos para contar lo que nos ha ocurrido y otros, para escuchar. Algunos –en alusión a la izquierda abertzale– tienen mucho que trabajar, y deberían hacerlo con valentía y decisión», sostiene. «Es necesario un mensaje explícito y contundente que deslegitime el terrorismo de ETA; decir que se pide perdón a todas las víctimas ‘por si algo de lo que se hubiera hecho pudo contribuir a ahondar en su sufrimiento’ carece de valor. Es una burla. Ver a un expreso de ETA homenajeado en el sillón de un alcalde es descorazonador y cruel. Hay que ser intolerante ante esas acciones porque sin una reacción pública contundente estamos colocando muy bajo el listón del respeto a las víctimas. A veces me pregunto cuántas personas de EH Bildu han estado delante de una víctima de ETA y han escuchado su testimonio. Quizás deberíamos empezar por ahí», apostilla.