El Norte de Castilla

Susana Díaz, las dudas de la baronesa del Sur

Susana Díaz.
Susana Díaz. / Efe
  • La presidenta andaluza mediata compaginar el líderazgo del PSOE con la Presidencia de la Junta de andalucía

La cultura de partido y el poder institucional frente a la inexperiencia de un líder en solitario. Ese es el mensaje que los socialistas andaluces, con Susana Díaz a la cabeza, quieren lanzar en el comité federal de este sábado, donde la presidenta de la Junta de Andalucía confía en hacer una exhibición de músculo orgánico que ponga fin a la crisis más grave en su historia del PSOE. Pero ella sigue sin pronunciarse con claridad acerca de sus intenciones para hacerse con el liderazgo del partido. Nadie las conoce con exactitud, salvo ella, y quizá su alter ego en la sombra, Máximo Díaz Cano. Medita, afirman en sus aledaños, compaginar el líderazgo del PSOE con la Presidencia del Gobierno andaluz.

La líder del PSOE andaluz, con el respaldo del resto de federaciones críticas, cree que podrá superar la mayoría requerida para tumbar la propuesta de Pedro Sánchez de primarias y congreso exprés. Espera que la actitud del líder atrincherado en la sede de Ferraz y el desprecio demostrado al partido haya dejado claro que solo lucha por sus intereses. Esa es justamente la razón de fondo del desencuentro que se inició poco después de que Sánchez asumiera la dirección socialista.

Entonces se criticaba la tutela de la federación que aupó a un desconocido al puente de mando de los socialistas. Él se empeñó rápido en deshacerse de esa guía, y todos constataron que al secretario general le gustaba de volar solo. Un defecto imperdonable para Susana Díaz, acostumbrada a que no se moviera un papel sin que se ella se enterase. Es su cultura de partido. Además, llovía sobre mojado después de los desencuentros que tuvo entre Andalucía y Ferraz con José Antonio Griñán y Alfredo Pérez Rubalcaba.

La guerra fría entre la andaluza y el madrileño comenzó poco después del congreso extraordinario, cuando en una entrevista Díaz reconoció «no compartir» algunas de sus estrategias de comunicación, como la llamada telefónica al programa de televisión Sálvame o su idea de funerales de Estado para las víctimas de violencia de género. Empezó a no gustar su estilo, y tampoco su forma de gestionar, especialmente con la resolución de la crisis del PSOE de Madrid, que desencadenó oficialmente las hostilidades tras un largo historial de desencuentros públicos.

En este contexto se enmarca la decisión de la baronesa del Sur de buscar el apoyo unánime del comité director del PSOE-A para demostrar que no es una cuestión personalista, y que a diferencia de Sánchez, ella sí respeta escrupulosamente los modos y formas de una organización cuyas cañerías conoce a fondo y valora la historia de un partido que protege a los suyos. De ahí los elogios a González y Zapatero o los reproches por la falta de apoyo al PSOE de Castilla La Mancha tras la ruptura de Podemos.

     

     

Una jugada conocida

     

La andaluza buscaba además recuperar su imagen de elemento cohesionador del partido, de su proyecto para para «coser y unir» un partido que se desangra. Ya lo hizo en Andalucía cuando sucedió a Griñán, logrando apaciguar a los críticos y reunificar el partido, aunque bien es cierto que en algunos sitios promovió desde la sombra una jugada parecida a la que ahora ha puesto en práctica: dimisiones masivas en las ejecutivas críticas que provocaban la implantación de una gestora y, por último, la elección de unos dirigentes más afines.

Esa autoridad orgánica no se entendería sin las posibilidades que confiere la Presidencia de la Junta de Andalucía, base de su poder y el principal riesgo que ha frenado, al menos hasta ahora, sus amagos de desembarco en Ferraz. Por eso atisba tras el pulso de Sánchez un intento por arrebatarle esa baza, dado que el adelanto del congreso provocaría que tuviera que abandonar la Junta. Sus planes, dicen en su entorno, pasan por compaginar partido e institución, sería la mejor plataforma para que se la visualizara como jefa de la oposición al carecer de escaño en Las Cortes. Los suyos dicen que estatutariamente podría compaginar ambos puestos, otra cosa sería la dedicación a cada ámbito.

Desde esa atalaya privilegiada gestionaría la difícil sucesión en Andalucía, donde ahora mismo no hay un recambio claro, de ahí sus dudas. Por si fuera poco, el PP le pisa los talones, como ya se vio el 26-J, y Ciudadanos recuerda con cada amago de irse a Madrid que el apoyo a la investidura es una cuestión personal y que cualquier cambio le haría replanteárselo.