El Norte de Castilla

La destrucción del PSOE

El PSOE ha comenzado a andar deprisa el camino sin retorno hacia la autodestrucción, por la vía abrupta de la ruptura traumática que incluye las descalificaciones personales, las exclusiones y, muy probablemente, la fractura y quién sabe si la escisión incluso. Inexplicablemente, tras un largo guirigay que ni siquiera se ha acallado por la coincidencia de las elecciones autonómicas del pasado domingo, cuando ya estaba convocado un comité federal -el máximo órgano entre congresos- para este sábado, y cuando por lo tanto se podían haber adoptado democráticamente las decisiones que la mayoría hubiese juzgado oportunas, los críticos, claramente coordinados desde Sevilla y por iniciativa de Susana Díaz, han decidido dar el golpe de mano y forzar la dimisión de Pedro Sánchez por el procedimiento de provocar la dimisión de la mitad más uno de los miembros de la ejecutiva federal. Probablemente no lo logren pero el daño es ya irreparable.

Cuando se escriben estas líneas, los críticos han presentado 17 dimisiones de una Ejecutiva de 38 miembros, de los que tres ya no están en ella (Pedro Zerolo murió y se han apartado otros dos), por lo que Ferraz sostiene que la condición no se cumple (en efecto, aun contando con que la Ejecutiva sólo está formada por 35 miembros, serían necesarias 18 firmas). El rifirrafe, barriobajero como corresponde a episodios de esta naturaleza, podría acabar en los tribunales.

De cualquier modo, esta precipitación que trata de evitar que Sánchez llegue 'vivo' al comité federal del sábado revela, en primer lugar, que los críticos no están seguros de disponer de la mayoría de ese comité, integrado por 295 miembros y lógicamente difícil de controlar. Y, en segundo lugar, que quieren evitar a toda costa lo que sin embargo será difícil de eludir: que Sánchez se presente a las futuras primarias, a la secretaría general (si hay congreso) o a la candidatura de las generales, que probablemente volvería a ganar como ya ocurrió en julio de 2014.

La irrupción brutal de Felipe González en el conflicto, tachando a Sánchez de mentiroso por no haber apoyado a Rajoy en la investidura -recuérdese que Sánchez llevaba el concreto mandato de no hacerlo del comité federal-, tiene al menos la virtud de centrar cuál es el problema. Existe una exorbitante presión política, económica y mediática a favor de que el PSOE permita gobernar al Partido Popular, que ya excede de los límites que serían naturales en un sistema pluralista y transparente plenamente normalizado. Por supuesto que esta propuesta es perfectamente legítima y sacaría del atolladero al país, sometido a una perversa situación de bloqueo, pero no es ni democrático ni tolerable recurrir a todos los medios, incluido el insulto, la descalificación y la conspiración, para forzar una decisión que después de todo está en contradicción con el discurso del PSOE y con su palabra dada a los electores.

Sánchez llegó a la secretaría general de su partido y a la candidatura a la presidencia del Gobierno gracias al voto de la militancia. Las primarias se consideraron entonces un gran avance democrático, pero a lo que parece los principales ‘barones’ del PSOE no están completamente de acuerdo con este método y se resisten a no mangonear lo que no controlan, y han decidido dar algo parecido a un golpe de estado en su propia organización. Por lo demás, culpar en solitario a Sánchez (o a quien hubiera estado en su lugar) de “los malos resultados” del PSOE en esta etapa en que el socialismo tiene que competir con Podemos es olvidar maliciosamente que Podemos surgió y se lanzó a la arena política precisamente por las pésimas políticas que antecedieron a la llegada de Sánchez. Si Zapatero y Rajoy hubieran gestionado la gran crisis económica con más inteligencia y sensibilidad, probablemente el populismo no se hubiera adueñado de una gran parte del espectro electoral de este país.

Sea como sea, esta crisis, mal comparada con la de 1979 -en el XXVIII Congreso, de mayo de 1978, González dimitió de la secretaría general porque el partido se negó a borrar el marxismo de su fronstispicio, y fue repuesto en septiembre, en un Congreso extraordinario-, será letal para el viejo partido socialista, que está mostrando a la luz sus vergüenzas, y entre ellas la escasez de materia prima política en sus cuadros territoriales y en sus conspiradores más profesionalizados, que hay varios. Podemos está de suerte porque tiene el camino expedito para ocupar el territorio progresista que han dilapidado los barones socialistas, la mayoría de los cuales gobierna agónicamente coaliciones en que el PSOE va siendo cada vez más irrelevante.