El Norte de Castilla

Unos cuartos de opio, por favor

Que sí amigo Marx, que ya sabemos que te has actualizado y que ahora que la religión ya no es el opio de todo el pueblo has cambiado el concepto. El fútbol es el opio del pueblo.

Pues póngame cuarto y mitad. O mejor aún. Póngame los cuartos de final enteritos.

Conviene la sobredosis de distracción de vez en cuando, y más aún si es aliñada con todo el ritual que le corresponde a unas eliminatorias de un Mundial, con los grandes campeones de siempre atizándose a doble o nada. Es uno de esos momentos para dejarse llevar, para acomodarse en la inercia futbolera y disfrutar sin pensar en nada. Acomodarse en el sofá, o en el bar, o en la sala de reuniones de El Norte cuando por fin baja la tarea en ese bucle infinito que es hacer periódicos, y gozar del sorprendente James, de los esperados Neymar y Messi o de los solventes germanos de Löw.

Que llegue ese momento que, vaya usted a saber por qué, se quedará clavado en nuestros cerebros para siempre. Que puede ser, quizá, el regalo de Higuita a Roger Milla. O los tres goles de Paolo Rossi a Brasil en España. O el gol de Puyol a Alemania en plan ‘a mí el pelotón, Sabino, que los arrollo’. ¿Qué será esta vez? ¿Acaso el bólido zigzagueante de Griezmann desbordando a la defensa alemana y clasificando a los ‘enfants de la patrie’ para las semifinales? ¿O James Rodríguez dando un paso más en la evolución de la delicatessen futbolística después de su golazo del otro día ante Uruguay? ¿Al fin Messi marcando tres goles en un mismo partido y encumbrándose a la categoría de Maradona, con iglesias ‘messinianas’ por Buenos Aires y toda la parafernalia? ¿O Lukaku en otra exhibición de potencia física como la que doblegó a los disciplinados estadounidenses?

El caso es que da igual.

Es el momento de disfrutar, de apostar en cada partido por el equipo que mejor nos caiga y listo. Valen las filias y fobias, pero con mesura. Por mi parte, espero que Costa Rica gane a Holanda, porque un blanquivioleta siempre tiene ese poso de ir con el modesto, y más si el grande es un pelín prepotente. Luego, si puede ser, que Colombia gane a Brasil –nunca pensé que diría esto de mi adorada Seleçao–, porque me han transmitido más en lo que va de Mundial dos gestos de James que todo el once de Felipe Scolari. Para seguir el cuadro, quiero que el fútbol recompense a JoachimLöw por su empecinamiento en seguir la senda del buen fútbol, y porque ha sabido reconocer la derrota, muchas veces ante España, como un buen deportista. Y para rematar las semifinales, entre Argentina y Bélgica me quedo con los de Messi. Es personal. Todavía tengo clavados los penaltis de México 86, el fallo de Eloy y la alegría de JeanMarie Pfaff. Años después, en El Molinón, andaba Eloy de comentarista para una radio asturiana. Tuve que contenerme para no consolarle, porque aún tengo grabadas sus lágrimas en el recuerdo.

No les recomiendo que hagan sus apuestas basándose en estas predilecciones, porque en esto de los pronósticos tengo claro que no me haré millonario. Demasiado corazón, como cantaba Willie DeVille.

Disfrutaremos del Mundial y de sus polémicas, y jugadas, y chascos, y alegrías, mientras el resto del mundo sigue enfrascado en sus miserias.

¿Frívolo? Pues no. De verdad. Trabajando en un periódico es imposible sustraerse a toda esa realidad compuesta de descomposición que día a día nos amarga el ánimo y nos desmoraliza. Pero precisamente por eso en momentos como este hay que sacar la cabeza del lodo, tomar aire, respirar y volver a bajar al barro a pelear. Ahora que Tomás Hoyas, exprofesor de Lengua de uno que yo me sé, tiene espacio en El Norte, resulta inevitable acordarse de su pasión por Valle Inclán y ‘Luces de Bohemia’. Y de ese Max Estrella que le decía a Don Latino, como nosotros al fútbol: «Sácame de este círculo infernal. Latino, ya no puedo gritar... ¡Me muero de rabia!... Estoy mascando ortigas».