Una víctima del sacerdote pederasta: «Daba igual que lloraras. Él hasta llegar a su orgasmo hacía lo que quería»

Recreación de una de las salas dormitorio durante la emisión de 'Salvados'/
Recreación de una de las salas dormitorio durante la emisión de 'Salvados'

El alumno del Seminario Menor de la Bañeza que destapó el caso de pederastia relataba en televisión el infierno vivido junto a su hermano gemelo | «Él te acariciaba, te tocaba mientras él también se tocaba. Nunca hablaba simplemente actuaba»

A. CUBILLASLeón

«Él empezaba a acariciarte. A tocarte mientras también se tocaba a él mismo. Nunca me habló, nunca me dijo nada. Él no hablaba, él hacía. Luego si cogía confianza iba más allá. Intentabas ponerte bocabajo para que no te tocará, pero entonces te tocaba por detrás. Con sus dedos, llevaba cremas o no sé lo que sería, algo frío y líquido y te tocaba las nalgas, te acariciaba y luego se acercaba al ano e introducía su dedo».

Es la negra y cruel realidad. Silenciada durante años, décadas. Decenas de niños sometidos a vejaciones físicas y psicológica contado en primera persona por uno de esos niños, él mismo que fue capaz de un día escribir al Papa Francisco y denunciar el primer caso de pederastia en la Iglesia de León.

Es el desgarrador relato de Javier, uno de los alumnos del Seminario Menor de La Bañeza que, junto a su hermano gemelo, fue víctima de los abusos sexuales del sacerdote José Manuel Ramos Gordón y que este domingo se ha relatado en el programa de Salvados de Jordi Évole el infierno que vivió entre los muros de ese seminario.

Javier era el cuarto de cinco hermanos de una familia humilde que, junto con su hermano gemelo, tuvo la oportunidad de estudiar. Primero en el colegio del pueblo. Luego, en quinto de EGB ingresaron en el Seminario Menor de Astorga. A partir de ahí, empezó su infierno. Los primeros años, según recuerda, estuvieron marcados por una «férrea disciplina» pero «era feliz». Luego llegaría octavo. «Fue terrible».

Fue a partir de ahí cuando empezaron los abusos. «El tutor de séptimo por las noches hacía cosas muy feas y horribles. Me lo dijo un compañero y mi hermano. Me lo contaron y a mí se me hacía muy difícil que hiciera eso, pero si mi hermano me lo dijo es que era verdad. Él estaba pálido».

El primer día

Al cuarto día de contárselo llegó. «Yo no he vivido algo tan traumático como ese primer día. Me desperté porque me estaban tocando. En ese momento, te quedas inmóvil e intentado asimilarlo. Eran sacerdotes y eso te provocaba miedo. Te daba pánico. No piensas ni en reaccionar o gritar. Simplemente no haces nada. Te quedas bloqueado. Me acariciaba. Me masturbaba y cuando se cansó se fue. No sé si duró cinco o seis minutos».

Fue el primer episodio de muchos a los que este sacerdote leonés sometió a los dos hermanos. Javier recuerda que al día siguiente ni le miró a la cara, aunque recuerda que para Ramos Gordón era un día normal. Al contárselo al hermano, que ya había sido víctima de abusos al igual que otro compañero, le advirtió que volvería. Y así fue. «Volvió muchas veces».

Javier no olvida el piloto rojo que había encima de las camas de su hermano él. Se encendía cuando apagaban las luces para no dejar la habitación completamente a oscuras. «Es algo que no se me quita de la cabeza». En ese momento, el sacerdote hacía la ronda por el dormitorio con su linterna «antes de atacar».

«Intentabas no dormir y mantenerte despierto. No sabías si iba a venir», relata con la voz entrecortada Javier, que recuerda que era un dormitorio grande y que seguramente los abusos fueran escuchados por sus compañeros. Sin embargo, no les culpa si callaron. «Si lo vio o calló no le echó la culpa porque tendría miedo».

La denuncia

Era silencio guardado con dolor durante más de dos décadas. Hasta que en el 2014 y tras destaparse los abusos de Granada, cogió un papel y un boli y escribió una carta. «Le di vueltas y cogía un folio y un papel y empecé a escribir. Hasta que salió una carta. Tenía claro que la iba a mandar al Vaticano. Al Papa Francisco en el único que confiaba». En su carta le pedía que se les escuchase y que no tratase de ocultar ese horror vivido.

A pesar de que su caso había prescrito penalmente, civilmente y canónicamente, el Papa derogó la prescripción y reabrió el caso. Tras la toma de declaraciones, el Vaticano condenó al Ramos Gordón a la privación de la labor de párroco durante un año. Una sentencia que no impidió que los vecinos de la localidad zamorana de Tábara despidieran con honores a este sacerdote.

Cada noche, un infierno. Javier recuerda que él siempre estaba de rodillas y, cuando él consideraba oportuno, iba más allá. «Se incorporaba y eyaculaba encima de ti. Te caía todo encima. Estaba unos segundos más. Temblabas de miedo, de asco. Luego cogía y se marchaba. A veces se iba del todo y a veces se iba donde mi hermano. O de donde mi hermano pasaba a mi cama. Porque a mi hermano y a mí nos separaba un tabique de cinco o seis centímetros. Entonces yo a mi hermano solo le veía los pies, pero sabía que estaba con él. Yo lo sabía».

Sin embargo, ni Javier ni su hermano ni otros compañeros se plantearon gritar o hacer algo. «Decías tengo que vivir. Estabas quieto, inmóvil. Luego te volvía a dar la vuelta y apretaba la cara contra la almohada y llorabas. Él sabía que llorabas, pero él seguía con su juego por delante. No tenía ningún problema».

Tal era el infierno que vivían que Javier recuerda cómo su hermano se encerraba en los baños del seminario. No importaba el frío. «Yo iba y le tocaba la puerta. Allí siempre hacía mucho frío. Además de muertos de miedo estábamos muertos de frío. Él no quería ir a la cama».

Una situación que se repitió durante todo el curso. «Era el infierno. Las noches que venía y las que no venía porque las que no venía lo estabas esperando. Me sorprende mucho que un ser humano vea y sepa que estás llorando y le daba igual. Él hasta que no llegaba a su orgasmo hacía lo que quería».

El silencio de los cómplices

Recuerda que Javier y su hermano eran autómatas, estaban completamente idos. «Habría que pararlo», recuerda Javier, que, a pesar de llegar hasta el despacho del rector, no fue capaz de contarle lo ocurrido. «Al llamar a la puerta me fui corriendo. Tenía miedo porque ir a hablar con el rector. De aquellas, era primero Dios y luego el rector».

Aunque su hermano si fue capaz de contárselo. Pero no hizo nada. Los abusos siguieron hasta final del curso. Tampoco hizo nada el tutor de sexto de EGB, Javier Redondo, hoy vicario de Ponferrada, un puesto al que accedió tras prestar declaración en el Vaticano y reconocer ser consciente de los abusos.

Sería cinco años después, cuando Javier y su hermano -que falleció a los 36 años atropellado cuando auxiliaba a dos mujeres en la carretera- le contaron lo vivido. «Nos preguntaban cómo no habíamos dicho nada. Luego me enteré de que mi padre tomó medidas, aunque los sacerdotes con los que habló les dijo que había que perdonarlos».

Un infierno que los dos hermanos vivieron en silencio. Apoyándose el uno al otro e intentado seguir adelante, eso sí, con muchas secuelas. «Nos costaba dormir, teníamos miedo, sufríamos de ansiedad, de falta de autoestima, nos costaba relacionarnos con la gente y teníamos problemas sexuales».

Le costaba tener relaciones. Pese a todo, la que fue su mujer reconoce que fue bastante comprensiva. «Se lo conté y no salió corriendo y supo aceptar las secuelas», recuerda Javier, que tiene un hijo de 13 años en el que se ve reflejado. «Al verle, me veo a mí. Hay veces que le miro y pienso que si el viviese lo que me ocurrió a mi yo me moriría».

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