Empresas israelíes ofrecen cursos para responder en caso de ataque terrorista

Los asistentes del cursillo atienden a las explicaciones de uno de los monitores
Los asistentes del cursillo atienden a las explicaciones de uno de los monitores / Mikel Ayestaran

Se trata de cursos de dos horas que se ofrecen a clientes de todo el mundo. Atentados como el de Barcelona disparan la demanda

MIKEL AYESTARAN

«Por desgracia, con atentados como el de Barcelona suele aumentar el interés hacia las empresas de seguridad como la nuestra. A nivel de cifras es pronto para cuantificarlo, pero está claro que la gente llega mucho más motivada. Los gobiernos deben darse cuenta de que el terrorismo es una amenaza global y precisa una respuesta global, una coordinación de fuerzas entre todos los países para tener una sola respuesta común y contundente», afirma con seriedad Yoav Flayshman desde detrás de sus gafas de sol, con su camiseta negra de Caliber 3 y sus pantalones verde oliva. No tiene tiempo que perder con explicaciones porque el segundo grupo de turistas del día está a punto de llegar al campo de entrenamiento de la empresa para la que trabaja ahora como responsable de relaciones externas, Caliber 3, tiene muy cerca del asentamiento de Efrat, al sur de Jerusalén y en plenos territorios ocupados. Se trata de turistas llegados de México, Estados Unidos y Brasil que han contratado un curso anti-terrorista de dos horas, el producto estrella en unas instalaciones que en 2016 recibieron a más de 25.000 turistas y que este año esperan mejorar la cifra.

Esta especie de ‘turismo antiterrorista’ se ha puesto de moda en Israel y Caliber 3 es una de las empresas pioneras en una actividad en la que el realismo de la acción y el uso de fuego real se intercalan con las soflamas sionistas que los monitores, exmilitares de las fuerzas especiales hebreas, lanzan a los recién llegados para ensalzar «los valores morales de nuestro Ejército». La mayoría de los clientes son turistas que buscan algo más que disfrutar de la noche de Tel Aviv, rezar en el Muro de las Lamentaciones o bañarse en el Mar Muerto durante su viaje a Tierra Santa. En Caliber 3 pueden encontrarlo. Esta experiencia de iniciación cuesta 100 euros a los adultos y 80 a los menores de 18 años, que en lugar de armas de fuego disparan con escopetas de ‘paint ball’.

Peligro global

Miedo a los atentados.
Ataques terroristas como el de Barcelona aumentan el interés de los turistas por este tipo de cursos en los que los profesionales tratan de reproducir las sensaciones que tendrían ante un ataque real. Los responsables aseguran que la motivación de sus clientes crece ante estos sucesos.
Exmilitares.
Los encargados de dirigir los entrenamientos de los turistas son antiguos militares de las fuerzas especiales de Israel vinculados a la empresa de seguridad Caliber 3. El realismo de las actividades y el uso de fuego real se mezclan con los mensajes sionistas que los monitores lanzan a los recién llegados para poner de manifiesto «los valores morales» del Ejército hebreo.

El entrenamiento arranca con una charla de veinte minutos en la que los turistas dejan en la puerta su condición de civiles para convertirse en reclutas. Un militar vestido a lo Rambo se dirige a gritos a una audiencia de treinta personas cuyas edades van desde los casi dos añitos del pequeño Abraham hasta los setenta de sus abuelos. «No importa la edad porque todos somos víctimas potenciales del terror», explican los organizadores mientras Abraham se tambalea por el pasillo central de la sala ajeno a las explicaciones sobre las distintas instalaciones de la empresa, hasta el mensaje final sobre la importancia del «orgullo judío. Esta tierra es de los judíos y debemos aprender a defenderla». El auditorio rompe a aplaudir y empieza un vídeo al ritmo de ‘Shoot To Thrill’ (Dispara para emocionar), del grupo AC/DC, en el que se muestran algunas escenas del entrenamiento que les espera. Abraham corre a los brazos de su madre, embarazada, ante tanto ruido y tiro. «¿Estáis listos para lo que os espera fuera?», pregunta el monitor con cara de Rambo. «Siiiiiiií», estalla el auditorio.

Los menores dan la mano a sus padres y las tres familias avanzan entre campos de tiro en los que empleados de empresas de seguridad privada afinan su puntería. Caliber 3 abrió sus puertas en 2003, pero hasta 2009 no comenzó a trabajar con turistas. Al principio las autoridades israelíes se resistieron a permitir el uso de armas de fuego a civiles, pero después accedieron «cuando fueron conscientes de la importancia de lo que hacemos», apunta Flayshman, que habla un buen español debido sus experiencias en México y Guinea Ecuatorial formando equipos de seguridad para la protección de dirigentes locales.

Máximo realismo

El grupo llega al pabellón número 6, donde espera el capitán Eitan Cohen, que es pura energía. Sin tiempo para el descanso arranca la primera actividad. Cohen pide a los turistas que imaginen que están dando un paseo por un mercado. De pronto se produce un ataque y salen de la nada seis hombres uniformados que disparan hasta vaciar sus cargadores contra unas dianas que son los supuestos agresores. El susto es monumental. Abraham no para de llorar en los brazos de su madre. La abuela toma aire y se le cae una lágrima de emoción. Para Isaac Maleh la sorpresa es menor porque es la segunda vez que viene a este curso. Está en silla de ruedas desde que unos atracadores le dispararon en México DF, pero eso no le ha impedido regresar a Caliber 3 porque «tal como está el mundo, un terrorista puede aparecer en cualquier momento y en cualquier ciudad y hay que estar preparado». Isaac pregunta al periodista los últimos detalles de la investigación sobre los atentados de Barcelona y Cambrils y se interesa sobre si hay judíos entre las víctimas.

M. Kahana - AFP

«¿Han visto lo que pasa en un ataque, han visto la confusión, el caos? ¿Lo han visto? ¿Lo han visto?», pregunta a gritos el capitán Cohen a una audiencia aturdida. «No disparamos por disparar, nuestro objetivo es proteger vidas, defender a los débiles de los terroristas», señala en tono más conciliador al grupo que le rodea a la espera de la siguiente actividad. El ex militar habla y habla. «Estamos para salvar vidas, no para matar, estamos para…» y cuando va a terminar la frase uno de los monitores, armado con un cuchillo de plástico, amaga con apuñalar a la abuela del grupo al grito de «Alau Akbar» (Dios es grande). El resto de militares le inmoviliza de forma inmediata ante el estupor de la anciana, del pequeño Abraham y del resto de participantes, que se han vuelto a llevar un enorme susto ante el realismo de la escena.

Después de los dos sobresaltos, los ánimos se relajan con la exhibición de un perro de ataque, pero el termómetro no tarda en volver a subir con el ejercicio más esperado: la práctica de tiro. El grupo se divide en columnas y primero ensaya con armas de madera las distintas posiciones. Cuando llega el momento de disparar, todos gritan «¡Esh, esh, esh!» (fuego en hebreo). Hasta Abraham tiene su propia escopeta de madera. «Tienen que aprender desde pequeños, es importante que sean conscientes de los peligros desde muy chiquitos», explica Toni Mustri, empresario mexicano que se toma muy en serio cada minuto del entrenamiento. Alguno bromea con la escopeta de madera y el monitor ordena a todo el grupo una serie de flexiones como castigo.

Sin imágenes del tiro real

Los exmilitares indican al periodista que no está permitido tomar imágenes de una práctica de tiro que se realiza con rifles estadounidenses Ruger del calibre 22. «Es un arma de pequeño calibre que en Israel usamos cuando no queremos hacer mucho daño al enemigo, para disparar a las piernas, por ejemplo», explica Flayshman en el transcurso de un ejercicio en el que todos, también los pequeños con sus escopetas de ‘paint ball’, ponen toda su atención.

Cuando callan las armas es momento para el resumen final. «Usar la fuerza es una pena, pero es nuestra obligación» o «fuera de este tipo de cursos, mucha precaución si tienen que empuñar un arma», para concluir con la pregunta: «¿Han disfrutado?». A la que todos responden, con sus diplomas bajo el brazo que acreditan su paso por el curso anti-terrorista: «Siiiiiiií». Algunos más que otros. Abraham por fin se relaja y se adormila en los brazos de su madre. Parece que los sustos han terminado. La realidad es aún mucho más cruda.

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