La pesca con dinamita y las drogas amenazan a los gitanos del mar en Birmania

Varios muchcahos moken se disponen a bucear. / Ye Aung THU (Afp)

La tribu marítima nómada de los moken practica la espectacular técnica desde hace cientos de año

COLPISA / AFP

En las aguas turquesa del sur de Birmania, los "gitanos del mar" siguen pescando con arpones e inmersión en apnea, como hacían sus ancestros, aunque ahora no hay más que un cementerio de corales con cada vez menos peces. La tribu marítima nómada de los moken practica esta espectacular técnica de pesca desde hace cientos de años alrededor de las 800 islas del archipiélago de Mergui, en la frontera entre Birmania y Tailandia.

El mar siempre fue su medio y su forma de subsistencia: los peces y los crustáceos para alimentarse, y las perlas para revenderlas a cambio de combustible y de arroz. "Cuando éramos jóvenes, un padre podía mantener fácilmente a su familia", recuerda Kar Shar, uno de los líderes moken de la localidad de Makyone Galet, en una de las islas del archipiélago.

Pero poco a poco su modo de vida se fue derrumbando, con la aparición de la pesca intensiva, a partir del uso de dinamita o de barcos de arrastre, que causan estragos. Pobres, apátridas y con un acceso restringido al mercado laboral, los jóvenes moken empezaron a sumergirse para las empresas de pesca en los años 1990. Y siguieron haciéndolo tras volverse sedentarios, obligados por la antigua junta de esas islas.

Su capacidad para sumergirse en apnea a decenas de metros de profundidad es usada en la actualidad para la pesca con explosivos o para desenterrar los pepinos de mar, exportados a la vecina China.

"La pesca con dinamita es algo corriente", explica Jacques Ivanoff, etnólogo del Museo del Hombre de París, que pasó varios años estudiando los moken. "Algunos de ellos, abandonados y sin un verdadero salario, no tienen realmente elección en la actualidad para ganarse la vida", añade. Es un trabajo arriesgado e ilegal. Los pescadores se sitúan frente a las islas alejadas y desérticas, donde es menos probable que sean vistos. Ahí, los buceadores buscan los mejores lugares para hacer explotar la dinamita.

Hay quienes usan tubos de plástico conectados a compresores de aire, pero muchos se sumergen sin equipo. Y una gran cantidad están ahora lisiados o no pueden caminar, como consecuencia de los descensos o subidas a la superficie sin respetar las pausas de descompresión. Otros, incluso, no regresaron nunca a la superficie.

Pero sigue habiendo muchos que aceptan la inmersión, pues un buceador puede ganar de media más de 100 dólares en una noche, mientras que el salario diario en las islas es de unos 3 dólares.

Para soportar el estrés, cada vez más buceadores caen en las drogas. Win Myat era apenas un adolescente cuando su tío murió de sobredosis. Era adicto a las pastillas de metanfetamina, conocidas como "yaba", que le ayudaban a aguantar las largas noches.

"Gastaba todo su dinero en droga", explicó el joven, de 20 años. "Al final estaba muy débil y se ponía muy nervioso cuando no podía conseguir sus pastillas. Creó muchos problemas en la familia", narró Win Myat, quien pidió que no se usara su nombre real. La adicción al yaba, el opio o la heroína, drogas producidas en grandes cantidades en el sur del país, son frecuentes en esta zona.

Según expertos, la población moken se redujo a 2.000 o 3.000 personas, frente a los 5.000 de hace algunos años, debido a las numerosas muertes por sobredosis y los accidentes causados por la dinamita. También porque las parejas "mixtas", en las que uno de los cónyuges no es moken, que cada son vez más frecuentes, no se contabilizan.

La reducción drástica de las reservas de peces también fue desastrosa para este pueblo. Según un estudio noruego realizado en el archipiélago de Mergui, entre 1980 y 2013, un 90% de la biomasa de los peces de océano desapareció debido a la pesca intensiva.

Ademas de los grandes barcos de pesca, en estas aguas hay unos 8.000 de menor tamaño, según Robert Howard, quien trabaja para la ONG Flora & Fauna International. "Si esto continúa, la actividad pesquera podría desplomarse", advierte.

Un verdadero peligro para los moken, entre los que cada vez hay más que abandonan su modo de vida ancestral. Nadie ha construido un kabang, su barco tradicional, desde hace 10 años. "Cuando vivíamos en los barcos, podíamos movernos cuando el lugar ya no era fértil. Pero ahora ya no podemos hacerlo", lamenta Kar Shar.

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