Cuba, sin los Castro

Raúl Castro./Jacky Naegelen/AFP
Raúl Castro. / Jacky Naegelen/AFP

La elección como presidente de Díaz-Canel es un relevo más generacional que político, que debería propiciar reformas de calado

El Norte
EL NORTEValladolid

Por primera vez en seis décadas, un Castro Ruz deja de estar al frente de Cuba. Ese hecho convierte en histórico el relevo en la Presidencia de la República que aprobará hoy la Asamblea Nacional del Poder Popular, surgida de un simulacro de elecciones que ni engañan ni aspiran a engañar ya a nadie con pretendidos ribetes de democracia. Raúl Castro, el superviviente de una dinastía que ha gobernado la isla con pulso firme y mano de hierro, cede el cargo tras diez años a su 'delfín' Miguel Díaz-Canel, a quien supervisará hasta 2021 desde la secretaría general del Partido Comunista. Se trata de un relevo más generacional que político. El hasta ahora primer vicepresidente es un disciplinado y fervoroso prohombre del régimen, del que no cabe esperar un brusco giro de timón. Aunque quisiera impulsar las profundas reformas que tanto necesita Cuba, está por ver si la permanencia de su mentor como guardián de la más estricta ortodoxia le permitirá hacerlo o, por el contrario, será la garantía de una línea férreamente continuista; al menos, a corto plazo. Pese a las dudas que suscita, la juventud de Díaz-Canel respecto a los usos más recientes del régimen –cumplirá 57 años mañana–, su temperamento y la capacidad de saber esperar que ya ha exhibido alimentan en algunos sectores del país la confianza de que lidere lo que, de uno u otro modo, parece inevitable antes o después: una apertura democrática. La mejora de la ínfima calidad de vida de los cubanos deberá ser una de las prioridades del primer presidente nacido tras la Revolución de 1959. Ese objetivo exige profundizar las tímidas reformas económicas iniciadas por Raúl Castro, congeladas desde hace tres años. Cuba fue en su día ajeno al hundimiento de los regímenes comunistas del Este de Europa. Desde entonces, en una creciente soledad aliviada por la Rusia de Putin, se ha mantenido como ha podido y ha aprovechado con cierto éxito la acertada decisión de Barack Obama –congelada por Trump– de terminar con el aislamiento diplomático norteamericano a la isla en la esperanza de que el gesto contribuiría a la normalización y ayudaría a una eventual democratización. Ese momento no llega con el mero relevo de Raúl Castro. De nuevo habrá que esperar.

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