Ruanda: la perla de África

La Kigali City Tower preside la moderna capital, imagen de un país rico en su entorno. China construye el tren que la enlazará en 2018 con las capitales vecinas. Ruanda tiene las mejores tasas de natalidad de su zona.
La Kigali City Tower preside la moderna capital, imagen de un país rico en su entorno. China construye el tren que la enlazará en 2018 con las capitales vecinas. Ruanda tiene las mejores tasas de natalidad de su zona. / D. Carty-A. Corbillón-P. Moore y T. Karumba
  • De la mano de la ayuda internacional y los inversores chinos ha superado el genocidio y se ha convertido en la economía más boyante del continente negro

En la «Suiza africana», la mitad de sus doce millones de habitantes tienen menos de 15 años y el té y el café han sido sustituidos por el turismo y las nuevas tecnologías.

A sus 33 años y en un país con la insultante juventud de Ruanda, Josh Bizimmungu hace tiempo que dejó de ser joven. En realidad, nunca lo fue. Tenía 11 años cuando el horror del genocidio rompió todas las compuertas. «Mataron a toda mi familia, a mis padres, a mis tres hermanos. Me quedé solo», relata con la distancia del tiempo. A los ruandeses no les gusta hablar de aquella matanza que, en apenas 100 días (abril-julio de 1994) regó las cunetas con casi un millón de cadáveres en la venganza tribal de los hutu: eliminaron al 75% de la minoría tutsi. Josh habla porque está contento. Recorre las calles de la impoluta capital Kigali con los papeles de su nuevo trabajo bajo el brazo. Con su buen dominio del inglés y el francés, será guía en la creciente industria turística que está despegando en el país, cuyas autoridades venden como «el de las mil colinas».

Con un tamaño similar a la Comunidad Valenciana, este país insertado en la región de los Grandes Lagos, una de las zonas más conflictivas del África Subsahariana, ha logrado atraer las miradas de todo el mundo. El despertar ruandés ha agotado las comparaciones. Los analistas hablan de la «Suiza africana» por su interesada neutralidad en los conflictos de Sudán del Sur o la República del Congo, sus vecinos. Los expertos del Banco Mundial la han bautizado como la «Singapur de África» por tratarse de un ‘miniestado’ que atrae a los inversores occidentales y chinos. Y su presidente, el exlíder guerrillero tutsi Paul Kagame, siempre pone como ejemplo a Lee Kuan Yew, el visionario dictador que convirtió a la colonia asiática en un referente financiero.

Con su nuevo horizonte laboral, Josh podrá ayudar a su único hijo de 4 años a labrarse un futuro. Porque aquí la madurez no espera. La mitad de sus 12 millones de habitantes tienen menos de 15 años y solo el 10% supera los 50. Cuando acabaron las masacres en julio de 1994, la mitad de la población había huido o muerto. Solo quedó un escombro de país formado por mujeres y niños. Su increíble juventud ayuda a mirar hacia adelante: el 60% de los ruandeses no había nacido o tenía menos de la edad del crío de Josh cuando acabó aquel horror.

La nueva Ruanda que está construyendo con mano férrea Paul Kagame tampoco olvida su tenebroso pasado. El 14 de abril finalizó la semana de homenajes nacionales en el Memorial del Genocidio. Sobre los pulcros túmulos del santuario del barrio de Gisozi, que reúne las tumbas de unas 250.000 víctimas, las familias no dejan de llevar flores, abrazarse y llorar sobre los interminables listados de nombres, sagas enteras. A Vedaste, uno de los guías, le gusta recordar aquel día en que una horda de matones hutus exigió a los niños de una escuela que se diferenciaran de los tutsis: «Los asesinaron a todos porque todos decían que eran iguales, que eran ruandeses». Real o recreada, el Gobierno levanta sus cimientos sobre esta épica. Grandes carteles en las calles o en las sedes de las empresas, todas de capital extranjero, llaman a ‘luchar contra el genocidio ideológico’.

La caída en las tinieblas se precipitó el 7 de abril de 1994. La noche anterior, un misil derribó el avión del presidente hutu, Juvénal Habyarimana, durante su regreso al país. La radio oficial daba la noticia e incitaba a la venganza: «¡Matad a las cucarachas tutsis!». La milicia de los Interahamwe, una especie de frente falangista de los hutu, inició una razia que se detuvo exactamente cien días después. En los poblados, las iglesias o los barrios de Kigali y otras poblaciones menores acabaron con la vida de un millón de tutsis o de hutus sospechosos de no secundar los crímenes. Diez mil muertos diarios, siete cada minuto. La más rápida y eficiente matanza del siglo XX necesitó pocas armas de fuego. Bastaron miles de machetes. Las venganzas aún continuaron durante años.

Presidente bajo sospecha

Nunca lo dicen en público, pero muchos ruandeses creen que las prisas de su presidente por conquistar el futuro tienen que ver con un olvido interesado del pasado. Paul Kagame y cuarenta de sus hombres fueron procesados por la Audiencia Nacional por genocidio, acusados de la muerte de cuatro millones de personas durante los años noventa, entre ellos nueve misioneros españoles. En octubre pasado, el Tribunal Supremo archivó temporalmente el caso. «Ni el Tribunal Internacional de Ruanda ni los tribunales populares (los gacaca) examinaron nunca un solo caso de crímenes cometidos por los actuales dirigentes contra miembros de la mayoría hutu», denuncia en su blog ‘Bitácora africana’ el exmisionero comboiano en la zona José Carlos Soto. Kagame, muy activo en redes sociales, escribió en Twitter este 7 de abril: «Los que han contribuido directamente al genocidio de Ruanda y se niegan a asumir la responsabilidad permanecen en el lado equivocado de la historia y de la justicia».

El presidente de EE UU Bill Clinton resumió en su visita a Kigali en 1998 la mala conciencia occidental, incapaz de utilizar a los cascos azules de la ONU. «No hicimos todo lo que pudimos». Aquel momento ha pasado a la historia como ‘la disculpa de Clinton’. Un fracaso que se fue ‘lavando’ con una inyección de fondos internacionales que están en los cimientos de esta resurrección. La fundación del expresidente americano financió la construcción del Memorial del Genocidio y es uno de los principales canalizadores de los dólares que, en los primeros años de reconstrucción, representaron el 70% de la riqueza nacional.

Kagame se codea con magnates como Bill Gates, cuya fundación apoya programas de salud y construye el Centro de Convenciones más moderno de África. El ‘premier’ gestiona su país como una empresa y con el aval de victorias electorales siempre por encima del 90%. Él mismo preside el Consejo Ruandés de Desarrollo, dedicado a cazar inversores.

Los resultados impactan cuando se recorren las calles de Kigali. Avenidas bien pavimentadas, un tráfico fluido en el que nadie pierde los nervios, un parque móvil a la europea y unas calles impolutas en las que está prohibido vestir harapos, practicar la mendicidad, ir descalzo o llevar bolsas de plástico (proscritas por ley desde 2007). En cada esquina se levantan nuevos proyectos entre los que sobresale la bandera de China. El té y el café han dado paso al turismo y a las nuevas tecnologías y en 2020 se espera que el 95% de los ruandeses tengan wifi. Todavía el 45% de sus habitantes sufre pobreza, pero ha pasado del puesto 158 al 32 del Banco Mundial por la facilidad de crear empresas. Transparencia Internacional le acaba de puntuar con un 5,3 en los niveles de corrupción, solo seis décimas más que España.

A la paz social se añade la religiosa. «La tercera parte de los ruandeses son musulmanes, gente muy pacífica y honrada. Aquí no entran los discursos yihadistas como pasa en mi país», explica el keniata Erik Kipyegon, que trabaja como agente de seguridad en Ruanda.

Theobald Hategeka no disimula su orgullo por dirigir el Hospital Central Universitario de Kigali, el mayor centro médico del país. La mortalidad infantil se ha reducido a un tercio de la que sufrían en 1990, el sida se bate en retirada desde 2005 y presenta la mejor evolución del África negra. Donde más se detiene Hategeka es en su unidad de prematuros. «Antes perdíamos a dos de cada tres. Ahora recuperamos a casi todos». Son el nuevo latido de Ruanda.