El Norte de Castilla

Wyoming se pone serio

Wyoming, con su libro en Madrid
Wyoming, con su libro en Madrid. / ÓSCAR DEL POZO
  • José Miguel Monzón cuenta en sus memorias de adolescente el drama de su familia. Su madre sufrió una grave depresión y recibió ‘electroshocks’

El Gran Wyoming, de 61 años, ya ha cumplido esa edad en que a cada rato se comenta: «Todo esto era campo». En realidad, esos chascarrillos de jubilado ya los venía diciendo desde hace tiempo. Sin embargo, José Miguel Monzón -así le bautizaron- no es hombre de añoranzas ni cree que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque sí está persuadido de que a sus hijos les tocará vivir tiempos aciagos en lo que atañe al terreno laboral. Wyoming ha escrito unas hilarantes memorias, ‘De rodillas, Monzón’ (Planeta), que abarcan desde su infancia en el barrio madrileño de Prosperidad hasta los 18 años. En el primer tomo de su autobiografía, el presentador de ‘El intermedio’ acredita por qué es un tipo de verbo mordaz y satírico, pero también muestra un rictus de amargura por un doloroso episodio de su infancia: la depresión clínica de su madre. Él no ha tenido necesidad de terapeutas del alma. «Mi psicoanálisis es el rock and roll», dice. Su madre padecía un tipo de depresión que luego, cuando estudiaba Medicina, supo que era una enfermedad diagnosticada como «muy grave». La recuerda viniendo del sanatorio, que era como llamaban en su casa al hospital donde estaba ingresada. Cuando preguntaban a la familia por su estado de salud, los Monzón se atenían a un protocolo especial, porque entonces hablar de enfermedad mental equivalía a locura. A sus cinco o seis años, el que sería músico y estrella de los informativos satíricos veía a su madre muy bien, a pesar de los ingresos periódicos. «La medicación fue aumentando y empezaron con tratamientos de ‘electroshocks’. Nunca se recuperó. Sufrió un deterioro progresivo que la incapacitó del todo», escribe en su primer libro autobiográfico.

Wyoming, de niño, junto a su madre

Wyoming, de niño, junto a su madre. / ARCHIVO PERSONAL

Wyoming se considera miembro de la última generación cuya infancia fue realmente feliz. Después de comer daba un portazo y no regresaba a casa hasta la hora de la cena. «Crecíamos salvajes. Hoy todo está planificado y la paternidad es un proyecto de vida; antes era un apéndice», explica. De sus cuatro hermanos prefiere no hablar para no juzgarlos.

El comediante argumenta que el mundo ha cambiado en los últimos 30 años más que en los 5.000 anteriores. «Mi abuela era un personaje de la Edad Media. Yo siempre la vi vestida de negro». Porque llevaba luto por sus padres, hermanos, sobrinos y primos. Entonces la España de los años sesenta no distaba mucho de la que pintó García Lorca en su inmortal ‘La casa de Bernarda Alba’.

En La Puebla del Salvador (Cuenca), bajo un sol que caía a plomo, el niño Monzón pasó días dichosos. Y eso que era un poblachón manchego en medio de la nada. Por no haber no había árboles, solo unas acacias que flanqueaban la calle principal. Allí se divertía destripando bichos y destruyendo nidos.

De crío no era recomendable llevarle la contraria. Sus padres lo hicieron y su respuesta fue mearse en el mostrador de la farmacia familiar. En la botica se vendía agua mineral y se trasvasaba el alcohol de un gran recipiente a otros más pequeños. «Aquellos efluvios alcohólicos explican por qué soy como soy», bromea.

Wyoming, en sus años ‘hippies’

Wyoming, en sus años ‘hippies’. / ARCHIVO PERSONAL

Aunque presume de ser un cabezón, no por obstinado sino por su generoso cráneo, lleva mal que se lo recuerden a menudo. Sin embargo, pronto dio muestra del acorazamiento de su testa privilegiada. Como era reacio a negociar con sus progenitores, protestó de forma expeditiva. Tomó carrerilla y se lanzó de cabeza contra la pared. «Retumbó el tabique y caí al suelo grogui, con gran susto de mis padres, que pensaron que se habían quedado sin niño».

No lleva mal ser famoso, aunque, eso sí, no soporta hacerse incontables fotos con los admiradores. Cada vez que termina un programa de ‘El intermedio’ se tiene que hacer una foto con todos y cada uno de los espectadores. «A mí nunca se me ocurrió sentarme en un restaurante a la mesa de Jesús Hermida cuando estaba con su familia y pedirle que se hiciera una foto conmigo».

Sus tres hijos pertenecen ya a otro mundo. Para ellos salir en televisión, como hace su padre, es lo más normal del mundo. Sin embargo, hace poco les llamó muchísimo la atención que apareciera fotografiado con el rapero Kase. O, de Los Violadores del Verso.

En su programa sufre mucho cuando tiene que entrevistar a un político. «Sé que me están contando una milonga y no puedo reaccionar», apostilla.