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En las elecciones presidenciales de Estados Unidos más extrañas que se recuerdan asistimos a un recorte de la considerable distancia que separaba en las encuestas a Donald Trump de la favorita, Hillary Clinton. Algunos sondeos indican empate o incluso un pequeño "sorpasso" del magnate.

Está claro que la aspirante demócrata pierde terreno cuando todavía queda mucho partido por jugar. El cambio de tendencia se ha producido tras la metedura de pata de Hillary Clinton en un mitin de hace una semana, en el que despreció a los votantes de su rival y les llamó "deplorables". A continuación, no informó sobre la neumonía que sufría, hasta que le causó un desvanecimiento al terminar la conmemoración de los ataques terroristas del 11-S y tuvo que desaparecer y cuidarse unos días.

La ex secretaria de Estado acredita una probada capacidad de autodestrucción como candidata y todavía dispone de varias semanas para hundirse ella sola. Arrastra dos asuntos tóxicos, el caso del uso de su correo electrónico privado durante su etapa en el Gobierno y el de la gestión de su fundación familiar, afectada por distintos conflictos de intereses.

A estas alturas, Clinton todavía no ha planteado su campaña como una explicación de los valores en los que cree, su trayectoria vital y política y qué quiere hacer por su país desde la Casa Blanca. Le cuesta salir de la sombra de Barack Obama, un formidable orador en campaña y un verdadero activo para su victoria.

A cambio, Donald Trump ha empezado a leer algunos discursos, se enfada menos en público, viaja a México y se fotografía con su presidente sin insultarle y tiene un director de campaña más profesional. El neoyorquino espera que el extendido sentimiento anti-Washington le lleve al poder en volandas. Este tipo de votante olvidado por el establishment no le exige detalle en sus propuestas o que no sean contradictorias.

En muchos ciudadanos prevalece un deseo de cambio tras ocho años con un presidente demócrata y Trump se ofrece como única alternativa. Es cierto que en la votación del 8 de noviembre el republicano debería alzarse con cinco o seis Estados en los que por ahora no gana (Florida, Ohio, Pensilvania, Michigan y Wisconsin). Para ello tendría que movilizar a casi todos los blancos sin estudios universitarios y conseguir que le apoyaran en masa.

El caso de Florida es singular y muy interesante: los numerosos hispanos no son trumpistas, pero les cuesta ir a votar, mientras que la gran mayoría de jubilados blancos prefieren a alguien distinto de Hillary y no se pierden unas elecciones. El primer debate entre los dos candidatos tendrá lugar el 26 de septiembre en Long Island. Para entonces sabremos si el avance electoral de Donald Trump ha sido flor de un día y si Hillary Clinton ha salido del bache con alguna lección aprendida.