Espiral proteccionista

Donald Trump./EFE
Donald Trump. / EFE

La generalización de barreras comerciales desencadena consecuencias negativas para la inversión, el empleo y la recaudación

El Norte
EL NORTEValladolid

El informe del Banco Central Europeo publicado ayer da rango de autoridad a la creciente preocupación que el proteccionismo anunciado por los Estados Unidos de Trump ha ido suscitando en los gobiernos y en las economías del mundo, en tanto que induce reacciones defensivas por parte de sus competidores nacionales, que podrían interactuar con los aranceles norteamericanos hasta lastrar el crecimiento a nivel global. La espiral que conformaría la emulación de medidas proteccionistas entre países clave en el comercio mundial describiría, simultáneamente, un círculo viciado que al aumentar los precios de los productos de importación incrementaría también los costes de producción hasta retraer el consumo. La generalización de las barreras comerciales desencadena un clima de incertidumbre de consecuencias negativas también para la inversión, el empleo y la recaudación pública. Está demostrado que la apertura de la economía anima la inversión y contribuye al bienestar general de las poblaciones partícipes en ella. Aunque las restricciones arancelarias avanzadas por la Administración Trump afecten a determinados productos –acero, aluminio e importaciones desde China– es la cadena de valor global la que tiende a resentirse. Sobre todo cuando las medidas adoptadas contravienen la lógica económica para proteger sectores nacionales de una competitividad a la baja, y consagran por esa vía la arbitrariedad por parte de los centros de poder político que pueden permitírselo. La globalización constituye un desafío para la producción y el comercio locales, para las economías de proximidad. Pero lo que el 'proteccionismo Trump' trata de salvaguardar son los intereses de 'sus' grandes corporaciones frente a las grandes corporaciones de otros países. Siempre con el cuestionable argumento de que el empleo patrio depende de que las empresas contratantes cuenten con una prima arancelaria para evitar la entrada en el mercado nacional de productos de distinta bandera. Tras la crisis financiera de 2008, la «refundación del capitalismo», anunciada por el entonces presidente francés Nicolas Sarkozy, está desembocando en una situación en la que la economía mundial ha pasado a moverse en tres planos: el de las finanzas sin mayor supervisión que hace diez años, el de las grandes tecnológicas fuera de la capacidad de sujeción de las instituciones, y el de la producción entendida como nacional y susceptible de ser preservada mediante aranceles.

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