Las lecciones de Abengoa

Plataforma solar Solúcar instalada en Sanlúcar la Mayor, Sevilla.
Plataforma solar Solúcar instalada en Sanlúcar la Mayor, Sevilla. / Reuters
  • En 'El ocaso del imperio del sol' se cuentan las intrigas y ambiciones de la que podría ser la mayor quiebra de la historia de España

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Abengoa, la mayor empresa española de energías renovables, presentó preconcurso de acreedores en 2015 cuando acumulaba deudas por 25.000 millones de euros. No llegó a quebrar, pero la empresa ahora está en manos de sus acreedores financieros, mientras que los accionistas de esta multinacional sevillana, que cotizaba en Bolsa y llegó a estar valorada en 4.000 millones de euros, lo perdieron casi todo. Además de un futuro incierto, la Audiencia Nacional juzga la actuación de los antiguos administradores -entre ellos de su presidente Felipe Benjumea- por presuntos delitos societarios. ¿Qué ocurrió para que un coloso de las energías renovables, una ingeniería puntera en el mundo con 30.000 empleados iniciara su hundimiento? Una historia en la que se mezclan desencuentros familiares, ambición empresarial y falta de prudencia en la asunción de riesgo.

El periodista Lalo Agustina en su libro ‘El ocaso del imperio del sol’ explica cómo la expansión desmedida de la empresa, basada en un endeudamiento enorme y en una agresiva internacionalización, casi acaba en la quiebra, sólo solventada con la transmisión de la compañía a los acreedores. En 2013 Abengoa llevaba 17 ejercicios consecutivos encadenando incrementos de facturación superiores al 10%. Tenía un equipo de 781 investigadores, destacaba en patentes y obtenía muy alta rentabilidad. La empresa convirtió un negocio tradicional en un negocio financiero y a través de filiales -con precios que fijaba ella misma- construía y ejecutaba el proyecto, se encargaba de su mantenimiento y de su venta. Y todo el proceso estaba basado en el apalancamiento. Cuando llegó la crisis, y con ella los recortes a las primas de las renovables, Abengoa ya no podía encontrar compradores con tanta facilidad.

Felipe Benjumea culpa a los bancos y a los cambios regulatorios de lo sucedido con la empresa. Admite no haber valorado en su justa medida el riesgo regulatorio que estaba asumiendo y no haber acudido al mercado para capitalizar la empresa. Con el fin de mantener el control de Abengoa en manos de la familia, se descartaron ampliaciones de capital muy dilutivas, fusiones o cruces accionariales con otras empresas. Eso provocó una insuficiente dotación de recursos propios (capital y reservas) de Abengoa. Agustina explica el peculiar modo de dirigir la empresa que tenía Benjumea: exigía directivos y consejeros dóciles, si no los despedía. «A la hora de la verdad, el consejo no pudo o no supo actuar como tal,no se atrevieron a plantarse ante la peligrosa deriva de los acontecimientos y fueron incapaces de exigir a su presidente o trasladar a los accionistas la necesidad de acometer un cambio profundo de rumbo».

Abengoa es un ejemplo de una época en la que el crecimiento de las empresas estuvo basado en un endeudamiento fuera de toda lógica. Pero también hubo responsabilidades de terceros. El autor advierte que «Abengoa traspasó todos los límites ante la pasividad de las autoridades políticas, la CNMV y su auditor, que nunca vieron o quisieron ver lo que ocurría».