El Norte de Castilla

En el Gran Premio de Mónaco de 1970, su última carrera de F1, George Servoz-Gavin, sentado en el March, conversa con Ronnie Peterson. El Norte
En el Gran Premio de Mónaco de 1970, su última carrera de F1, George Servoz-Gavin, sentado en el March, conversa con Ronnie Peterson. El Norte

coches, pilotos, historias

Servoz-Gavin, a su aire

  • Era uno de los pilotos más dotados de la época, pero pensó que aquellos tiempos ya no eran los suyos y se marchó en su gran premio número trece

Vivía en un barco en el Sena, a la vista de la Torre Eiffel, y un día tiró al agua todos los trofeos y recuerdos de su vida en las carreras. Pocas cosas le ataban salvo la vida, vivir a su aire.

Esto no quiere decir que no le gustasen las carreras, todo lo contrario, le apasionaban. Esa pasión le nace viendo por televisión correr a Jim Clark. En una entrevista, en el año 1990, reconoce su admiración por el escocés, como piloto y como persona: «Era un gran señor que, cuando ganaba un dinero en las carreras, lo empleaba en comprar corderos para su granja. Una sencillez extraordinaria».

Un día le preguntó al piloto Lucien Bianchi, compañero suyo en el equipo Citroën de rallyes, cómo se podía llegar a piloto de Fórmula 1. «Tan solo hay veinticinco en todo el mundo, no hay que soñar», le contestó el belga. Y para Servoz-Gavin aquellas palabras supusieron la mayor de las motivaciones.

Era uno de los pilotos más dotados de su generación. En tan solo cinco años y medio en los circuitos dejó un buen palmarés : campeón de Francia de Fórmula 3 (1966), campeón de Europa de F2 (1969), y en su segundo Gran Premio, Mónaco 1968, segundo mejor tiempo en entrenamientos y líder de la carrera durante varias vueltas. Eso sin contar su brillante trayectoria en Sport-Prototipos. Nacido en Grenoble, se iniciaría muy pronto en el esquí, de ahí su excelente capacidad para trazar las curvas.

«Adoraba subirme en mi coche, pilotar». Pero odiaba las relaciones públicas, los negocios y contratos en torno a la vida de un piloto. Eso le pesa a él que ama la vida y las chicas. En realidad el nombre de Johnny se lo puso una chica, pues el suyo auténtico era George. La chica se fue pero el nombre quedó. Muchas chicas, tantas que cuando terminó escribió sus memorias, las quiso titular ‘Gracias, señoras’. Pero el editor se negó.

Gastaba lo que tenía para disfrutar cada día. Viajaba de circuito en circuito en un Bentley, pero más por provocación que por presunción.

Participó en el rodaje de la película Le Mans. Y se hizo muy amigo de Steve McQueen. El actor había visto como Servoz-Gavin cruzaba su Matra en la curva de Les Hunnaudieres y le dijo «tu has entendido esto, lo importante es el espectáculo». A punto estuvieron de montar un equipo para correr la Can-Am, campeonato en que el piloto francés logró muy buenos resultados

Pero en 1970 una serie de circunstancias lo cambiarían todo. Los pilotos McLaren, Courage, Rindt, Dayan y Salomon, se mataron. Los dos últimos el mismo día en el circuito de Rouen. Servoz-Gavin tenía un terrible recuerdo de ese trazado. En 1968 le habían llamado para pilotar el Honda de F1 pero él siguió al volante del Matra. En Rouen, Servoz-Gavin pincha y se sale de la pista entre varios árboles, salvándose milagrosamente. Al tiempo, en el otro extremo del circuito Schlesser muere abrasado dentro del Honda. Servoz-Gavin está impresionado de tal forma que se va del circuito y deambula por todos los bares de la ciudad hasta la madrugada.

El francés tenía miedo, no a matarse («irse haciendo lo que a uno le gusta es fantástico», comentaba), sino a hacerse daño. Y sobre todo había algo que le pesaba cada vez más. Él llegó a las carreras en un momento en que todo cambiaba. En la década de los sesenta se pasó del amateurismo al profesionalismo. Y el no pudo integrarse. Admiraba a Stewart, compañero suyo en Matra y March, pero confesaba que él no era capaz de negociar hasta el último penique de un contrato y a continuación subirse en un coche y ganar como hacía el escoces. A Johnny le gustaba divertirse, antes, durante y después de las carreras. En un Gran Premio de los Estados Unidos, Ken Tyrrell (que entonces había montado un equipo con los Matra) le puso un mecánico en la puerta de la habitación del hotel para que no saliera por la noche. Pero también logra buenos resultados, como su segundo puesto en el GP deItalia del año 1968, tras Hulme.

Y algo que le gustaba con locura era afrontar nuevos retos. En 1970 en Matra le ofrecen pilotar el V12 con Beltoise de compañero. Pero prefiere irse con Stewart a March. Un coche nuevo es un desafío irresistible. En el Jarama, en Gran Premio de España de 1970, que ganó Stewart, Servoz-Gavin es quinto. La siguiente cita del mundial era Mónaco y allí no logra clasificarse en los entrenamientos y anuncia que se va de las carreras. Ken Tyrrell conversa varias horas para convencerle que cambie de opinión. Pero el francés está seguro de lo que quiere, o al menos de lo que no quiere. Después de los coches vendrá el campo y los barcos. .

Una vez su barco ardió y sufrió graves heridas. El corazón también le dio problemas hasta que un 29 de mayo de 2006 dejó de latir tras una embolia pulmonar: tenía 64 años. Para algunos Servoz-Gavin pasó por las carreras como una estrella fugaz. Pero a él lo que le importaba era vivir cada día de forma diferente. Podía dedicar un año a cuidar un potro lesionado y otro a seguir a Dalí o a navegar. Un piloto de talento, sin duda, pero que le tocó una época que ya no era la suya. No era cuestión de perder el tiempo y se fue a vivir su vida, no la de otros.