De niña prodigio del pádel a doctora Ortega

La madrileña compagina la exigencia de WPT con sus estudios de Medicina y en 2017 ha levantado su primer título profesional

Marta Ortega/
Marta Ortega
JUAN ÁNGEL MÉNDEZValladolid

Fuera de la pista destila dulzura, vive con la sonrisa desabrochada, derrocha bondad. Nació el día de los enamorados hace veinte años (Madrid, 14 de febrero de 1997) y eso se nota. Nunca tuerce el gesto, la educación como estandarte, pero cuando cruza la puerta de la cancha su ternura muta en un gen competitivo que ha cincelado una carrera deportiva intachable. Y lo que le queda por vivir. Empuñó su primera pala con seis años y a los nueve ya lucía simpatía en lo más alto del Campeonato de España alevín. Desde entonces, su progresión ha sido meteórica. Ha ganado el título nacional en todas las categorías inferiores, solo le falta el entorchado absoluto, y en su vitrina duermen todas las medallas de oro internacionales posibles. No ha pisado un Campeonato del Mundo sin concluirlo en el primer escalón del podio. Tampoco de Europa.

Martita Ortega ha dejado de ser la niña prodigio del pádel mundial para ser doña Marta. O más bien, la doctora Ortega, título que coserá a su apellido cuando concluya sus estudios de Medicina. La madrileña es incansable, una luchadora infinita que ha concluido 2017 sentada en la cuarta butaca del ranking mundial y su paletero cargado con su primer título profesional, el Santander Open, y un más que brillante subcampeonato en el Estrella Damm Master Final.

Con seis años, Martita Ortega escribía el encabezado de su sobresaliente expediente académico mientras encestaba sus primeras canastas en el equipo del colegio Estudio, en Aravaca, pero su familia, sin duda el pilar sobre el que se edifican sus valores, ya disfrutaba con el pádel, que despuntaba entonces como deporte de moda en la sociedad española. «Me apunté a mis primeras clases en un cursillo de verano y luego comencé a practicar una vez a la semana. Me encanta el deporte y por mí habría seguido con el baloncesto y el pádel, pero como los entrenamientos coincidían el mismo día de la semana tuve que elegir. Y me decidí por el pádel porque mis padres jugaban y yo también quería jugar con ellos», recuerda.

Una vez aparcado el balón de baloncesto, Martita Ortega entró de lleno en el mundo del pádel para comenzar a soñar con llegar algún día a jugar en el circuito profesional. «Mis ídolos eran Juan Martín Díaz, Bela, Bebe Auguste, Alejandra Salazar, Carolina Navarro. Les seguía en todo lo que hacían y jamás me podía imaginar que algún día podría compartir circuito con ellos. De hecho, aún guardo una foto que me hice con ellos en 2008. Hace un par de años, repetí la foto, pero ya como compañera en WPT», apunta.

Los datos que jalonan su vida deportiva son estratosféricos. Con catorce años disputó su primer torneo del circuito profesional. «Fue en Fuengirola, en Reserva del Higuerón. Recuerdo que estábamos jugando en la pista secundaria. En la central, Agustín Gómez Silingo chocó contra un cristal y lo rompió. Se hizo varios cortes y el partido se suspendió, lo que hizo que todos los aficionados que llenaban las gradas de la central se vinieran a ver mi partido. Era la última ronda de la previa y si ganaba me metía en mi primer cuadro final. Perdí, pero recuerdo que me salió todo, hicimos un partido muy bueno y jamás podré olvidar aquel momento», recuerda.

Desde aquel duelo de la previa del entonces Padel Pro Tour, hasta su primer galardón como jugadora profesional han pasado seis años. El futuro ha abandonado su condición de promesa por cumplir para convertirse en el más firme presente del pádel mundial. Cada punto que consigue, cada ronda que avanza, cada reto que supera, cada carrera y cada entrenamiento. Todo sale de su tenacidad. Cualquier persona en su lugar ya se habría dejado caer en los brazos de la fama y el estatus económico que brota de su imagen. Martita Ortega, no. Cada día amanece a las 6.45 y a las 8.00 ya está sentada en el aula del Gregorio Marañón, donde cursa tercero de Medicina. Termina las clases a las 14.00 horas y nada más comer comienza con su preparación para ser la número uno del universo pádel, al que dedica al menos tres horas diarias. Cuando llega a casa, fundida, todavía tiene voluntad para seguir estudiando. «Si no lo hago, luego cuando llegan los exámenes me cuesta el doble», matiza. «He sacrificado muchas cosas, pero ha merecido la pena porque estoy viviendo un sueño», enfatiza.

Su vida transita entre los libros de Medicina, la pista de pádel y el gimnasio. También la familia y amigos, pero solo cuando sus obligaciones le dan tregua. Le sobra tesón y humildad para mantener firme su sonrisa y no decaer. Mientras algunas de sus compañeras de circuito comenzaron las merecidas vacaciones tras el Máster, Martita Ortega hincó los codos para apurar las últimas horas antes de enfrentarse a su último examen del año, de Anatomía Patológica. «Me salió bien, pero con todo el lío del torneo no sé cómo habrá ido. Espero que me salga como el que hice el lunes nada más llegar de Bilbao y después conseguir la medalla de oro en el Campeonato de Europa. Entonces, aprobé. Ahora, no sé». A poco que le haya salido como ejecuta la bandeja o pelea hasta la última bola, seguro que aprobará. Es Martita Ortega, un ejemplo para los niños que sueñan con el éxito deportivo y olvidan frente a la consola o la comodidad la importancia de ser también número uno en valores y expediente académico.

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