El segoviano que pasa 250 días al año en la montaña

Elías de Andrés, en la cima del Mooses Tooth, en Alaska. /Elías de Andrés
Elías de Andrés, en la cima del Mooses Tooth, en Alaska. / Elías de Andrés
ALPINISMO

Elías de Andrés guía expediciones para una gran firma estadounidense

LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

Cuando Elías de Andrés analiza su vida en la montaña, repite una frase muy ilustrativa: «Yo no juego a la ruleta rusa». Suya es la decisión más dura: olvidar todos los preparativos, las semanas en la tienda de campaña y darse la vuelta. Entender que no es el día, que la montaña dicta todas las sentencias. Le toca como alpinista y, sobre todo, como guía. Este segoviano lleva más de una década despertando a 18 bajo cero en las Montañas Rocosas de Colorado (EE UU) y guía expediciones para una de las principales empresas del mundo.

Elías salió de una familia de herreros segoviana y pasó su infancia en el barrio de San Lorenzo. Su tío le llevaba al Guadarrama con ocho años a pescar y coger setas y lo suyo fue amor a primera vista. «Yo siempre miraba al monte como si fuera otro mundo». Incluso prohibido. Era un prometedor atleta y se marchó al centro de tecnificación de Valladolid. El alpinista que calcula cada paso al milímetro era entonces todo adrenalina y explosividad propias de un campeón regional de 400 metros vallas. La beca exigía la contrapartida de no jugarse el tipo en la montaña. Hasta que a los 22 años dejó las vallas por una lesión en la espalda y convirtió el contratiempo en una oportunidad vital.

Su vida habría sido muy diferente si no hubiera conocido a su esposa, una estadounidense que estudiaba en Segovia, a las cuatro de la mañana a la puerta de la discoteca Vertical. Elías era entonces un autodidacta que empezaba a recibir formación reglada con la Federación de Escalada; dos años más tarde ya trabajaba en Colorado como guía principiante. Empezó a salir con alpinistas de prestigio como Dave Hahn –el que más veces ha subido el Everest sin serpa– y escaladores con primeras ascensiones en todas las cordilleras del mundo. Una década después es supervisor de RMI Expeditions, la empresa más longeva del sector en EE UU. Supervisa a 60 guías y planifica expediciones al Himalaya, los Andes Peruanos, Alaska o Patagonia. Pasa 250 días al año guiando a valientes por todo el mundo.

Él, que era de los que salían un día al monte a fijarse en los demás, entendió que la escalada «era mucho más que poner la cuerda en la pared para no caerte» y apreció el contacto humano y didáctico que implicaba. «Puedes ser el mejor matemático del mundo y ser un pésimo profesor. Necesitas cierto nivel de preparación física y conocer el medio en el que te mueves, pero yo me considero un escalador mediocre. Lo que me gusta es el hecho de tocar a otra persona con tu pasión».

Su empresa cobra unos 15.000 euros por una expedición de un mes a Nepal. Además de poder adquisitivo, los clientes deben tener disponibilidad. «Trabajo mucho con CEOs [directivos], médicos, abogados, pilotos... También tengo chavales de universidad que se tiran todo el año ahorrando para escalar una semana en hielo, y eso me llena mucho». La empresa tiene sus protocolos; un neófito no escala con ellos el Everest por el mero hecho de que tenga 30.000 dólares en el bolsillo. Deben probar su capacidad en todos los terrenos: roca, hielo, desde los retos más básicos hasta escalar varios ‘seismiles’. «No solo por la experiencia, sino por lo que conlleva tirarte un mes en una tienda de campaña con el mismo olor de pies, la misma comida y estar una semana a cubierto leyendo un libro porque no puedes salir. Necesitas conocer la monotonía de un campamento base».

La rutina marcada en los libros del buen alpinista convive con casos menos prudentes. Elías sube anualmente el Alpamayo, en los andes peruanos, con un par de clientes y coincide con varias empresas que fijan una cuerda a la pared y suben a ocho o nueve personas. «Para arriba como vacas. Comprometen la seguridad de mis clientes y es que los suyos no aprenden nada. Hay gente que no conoce esta cultura y solo quiere subir. Están dispuestos a coger el dinero de cualquiera y ponerles debajo de una montaña, pero eso no son guías. Y luego pasa lo que pasa».

Elías de Andrés hace escalada en Orlay, Colorado (EE UU)
Elías de Andrés hace escalada en Orlay, Colorado (EE UU) / Elías de Andrés

La montaña es un cementerio de temerarios. Incluso el Monte Rainier, en el estado de Washington –se compara con el Mont Blanc por ser una primera prueba seria para quien aspira a metas mayores–, se cobra una decena de vidas todos los años. El trabajo de Elías, de 39 años, es medir cada paso. «A mi me pagan por tomar decisiones porque yo tengo la experiencia y sé cómo responde el cuerpo. Yo me tengo que asegurar que el tío tiene todos los ases en la manga para llegar arriba, pero mi principal trabajo es la seguridad».

El año pasado guiaba en el Shisha Pangma –lo coronó sin oxígeno con su mujer en 2011– el más bajo de los ochomiles. Los habitual en el Himalaya es que los serpas, más aclimatados genéticamente pero menos formados técnicamente, vayan por delante de la expedición y lleven los bártulos. El viento movió una placa de nieve y se llevó la vida de uno de ellos mientras Elías evaluaba la pendiente con su grupo. «Queremos pensar que si la hubiéramos visto nosotros no nos habríamos matado», apunta el segoviano.

La montaña transmite la vulnerabilidad en una sociedad basada en la comodidad. «Por mucha experiencia que tenga, sé que es un medio hostil. Yo voy allí a sentirme vulnerable, para apreciar que puedo sobrevivir a ello y cuando vuelvo a la civilización valorar la vida». Él asume la consecuencia, pero no la busca. «Es como cuando se cae un avión, sabes que la consecuencia es la muerte. La gente les miraría como si estuvieran locos cuando empezaron a volar hace un siglo. Si me pasa algo a 100 kilómetros de la civilización probablemente no haya ayuda, y esa es mi elección, pero yo confío en que mis conocimientos sean los adecuados para evaluar si me va a venir una avalancha o se me va a caer la montaña encima».

Su madurez como alpinista es una suerte de madurez personal. Con 25 años se sintió más fuerte que la montaña –subió muy rápido, sin aclimatarse– y rozó un edema cerebral en los Andes. No coordinaba ni para atarse las zapatillas. Su mujer se echó el macuto y pudieron volver. «Cuando era joven me metía en fregados así, en rutas con la roca podrida. Entonces lo que contaba era subir. Hoy, lo que importa es poder contártelo. Esto no es cumbre o muerte».

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