El triunfo entre lágrimas

por donde pasa el pisuerga

El triunfo entre lágrimas

  • Mayte Martínez cimentó sus éxitos en el esfuerzo y coraje para superar las lesiones: «El atletismo me ha hecho estar en el cielo y en el infierno. Fui inmensamente feliz a nivel deportivo, pero pasé momentos muy duros, de no poder más. Sufría yo y veía sufrir en silencio a los míos…»

«¡Pero no puedes ir andando como tus amigas que siempre vas corriendo!», le espetaba Tere, la madre de Mayte Martínez, cuando esta iba a por el pan y la leche o los domingos, incluso con el vestido, no paraba de correr y saltar camino de misa. Y es que María Teresa Martínez (17 de mayo de 1976) era una niña nerviosa, movida, que «aprendió antes a correr que a andar» como le escuchaba también decir a su madre y que ahora ve casi un fiel reflejo en Carmen, su pequeña de tres añitos. «Para mí era una forma de expresarme e incluso ahora, voy a los sitios corriendo», comenta. Por eso el paso natural era que con 11 años comenzara en el atletismo como actividad extraescolar en el colegio de Santovenia, lugar donde vivía desde los cuatro.

Sus amistades del pueblo eran más sedentarias que deportistas y en épocas de ir a la discoteca de Valladolid, ahí estaba su padre para recordarla que había adquirido un compromiso y una responsabilidad. A base de todo eso, Mayte fue creciendo en este deporte de forma natural y entrenando primero con Pujana, en el colegio León Felipe, y luego, a los catorce años, con Elías Reguero. Fue en su etapa infantil, cadete y junior, ya inmersa en carreras de 2.000, 1.000 y 800 metros, y en muchos ‘crosses’ importantes, donde ya asomaba sus facultades, disputaba campeonatos de España y lograba las primeras medallas: «Elías me llevó con mucho mimo y cuidado, pensando más en el futuro que en el presente». En 1993 logró el campeonato de España junior de 800, su prueba, y tres años después comienza a entrenar con Juan Carlos Granado.

Como ella señala, quizás fuera la presión, el miedo a fallar o el estrés, lo cierto es que empezó a tener problemas de tiroides. «En un campeonato de España estaba como una moto en semifinales, pero tuve una contractura en el muslo… Mi cuerpo dio un cambio drástico y comencé a perder capacidad aeróbica (fondo). No se me daba bien ni física ni sicológicamente». Mayte confiesa que en esa época se sentía cada vez más cansada. Estaba delgada, no tenía fuerzas ni para subir cuatro escaleras. Tenía taquicardias, anemias. Nieves Palacio, endocrina en el CSD, comenzó a llevar su seguimiento. Tomaba hasta doce pastillas diarias, aunque la doctora tenía dudas de si con estas alteraciones en el metabolismo, la atleta podría volver a competir en la élite. Pero lo logró, aunque estas circunstancias ya influirían en toda la carrera deportiva de Mayte.

Con Juan Carlos Granado comenzaron también entrenamientos adaptados, más de velocista, con pesas, fuerza, casi impropios del medio fondo. «Tenía que compensar todas esas carencias ya que mi cuerpo no era capaz de entrenar como debiera», señala. Desde el año 2000, año en que acude a los JJOO de Sídney y con infinita paciencia y estudios, Granados fue capaz de perfilar esa extraordinaria atleta que Mayte tenía dentro sin desanimarse por los problemas generados con el tiroides. «Me conocía perfectamente, sabía mis limitaciones y virtudes. Además siempre prevaleció en él la persona a la atleta y eso siempre se lo agradeceré», indica.

Con el nuevo milenio empieza a encadenar títulos en los Campeonatos de España de 800 hasta lograr 17 oros, el último de ellos, en 2010 en Gijón, pero en la distancia de los 400 metros. «Llegué justa de entrenamiento por las lesiones. Decidimos pedir permiso a la Federación para hacer el 400 ya que pensé que podría estar entre las primeras. Hice una recta final casi épica, ganando en los cuadros de meta. Ha sido el campeonato que más me ha costado porque era una disciplina que no era la mía».

Durante estos años, su jerarquía nacional fue total. Mayte era una atleta que competía a nivel internacional con las mejores. Fue dos veces subcampeona de Europa y otras dos, medalla de bronce en los Campeonatos del Mundo. Entre medias, contrariedades como un dolor de espalda que la impidió participar en el Mundial de París en 2003, justo un año después de que conquistara uno de sus mayores éxitos: la plata en el Campeonato de Europa de Múnich, donde solo cedió ante la rubia eslovena Ceplak (luego sancionada 2 años por EPO). Era su primera gran medalla que, ahí está la anécdota, perdió ese mismo día. «Cuando íbamos a coger el autobús, estuve haciendo unas fotos con amigos y la debí dejar olvidada en un jardín… Vaya disgusto, movilizando a la federación para que apareciera».

Si otro de sus mayores éxitos fue la tercera plaza en el Campeonato del Mundo de Osaka en 2007, con 1.57.62 su mejor marca personal, para Mayte lo que más le llenaban era correr ante su público y en pruebas grandes como la medalla de plata del Europeo de Madrid en 2005 o el Mundial de Valencia. «Correr en España, con la gente animándote y coreando tu nombre, me ha gustado mucho. Era más presión, pero prefería eso a no tenerla porque no pasaba una ronda. Me sentía querida por el público».

Precisamente en Valencia (2008) en Pista Cubierta llegó arrastrando problemas de fascitis plantar de las dos últimas campañas. «Quedé cuarta y porque la carrera fue lentísima. Llevaba dolores, lo recuerdo porque no podía ni calentar. A lo largo del tiempo, te comienza doliendo un poco, luego más, más y te ves coja. De hecho, tuvieron que anestesiarme el pie antes de correr y lo hice con él hinchado, amoratado. Iba corriendo y se me saltaban las lágrimas», señala. Parece que la operación iba a ser más sencilla pero tuvo que ser intervenida de nuevo y se perdió los Juegos. Luego llegarían los problemas en el gemelo y en 2011, la lesión de rodilla, que se sumaban a las anemias «que iban de forma paralela a mis carreras».

Mayte no se pregunta hasta dónde podría haber llegado si su salud, o sobre todo sus entrenamientos, hubieran sido mejores o de más calidad y no supeditados a lo que su cuerpo podía y permitía. Tampoco, si a eso le sumas una época en la que el doping estaba candente y que atletas aparecían un año con marcas de 1,56 y al año siguiente desaparecían. Siempre sacando la parte positiva, matiza que «quizá todo ello me llevaba a un mayor esfuerzo, coraje y ganas de comerme el mundo. Ese plus para tener mi carácter ganador».

Su último cartucho fueron los JJOO de 2012. Con ellos quería cerrar una etapa y retirarse, sin embargo, no fue posible porque detrás de una recaída siempre venía otra. Ya estaba cansada de caerse y levantarse. Un día Juan Carlos le mandó hacer velocidad en un entrenamiento pero Mayte le dijo: «No quiero ponerme las zapatillas. No puedo. Lo odio». Había explotado. Entrenaba con dolor, lágrimas y lloros. Era una persona triste y esto contagiaba a su entorno. «El atletismo me ha hecho estar en el cielo y en el infierno. Fui inmensamente feliz a nivel deportivo, pero pasé momentos muy duros de no poder más. Sufría yo y sufrían en silencio los míos». Aquello también supuso una liberación.

Todas estas enseñanzas de vida son las que ahora, Mayte intenta trasladar a los doscientos niños de la escuela de atletismo que lleva su nombre y que ha montado al lado de José Augusto Herguedas. En su manera de pensar, cada uno en su edad, los niños siempre deben tener presentes los valores de compañerismo, humildad y respeto. Primero, deben disfrutar y después, ya llegará el esfuerzo y las exigencias…

Pero Mayte tiene una cosa clara: si naciera de nuevo, volvería a correr por Santovenia.