El Norte de Castilla

Diego Alves, el hombre que no teme a los penaltis

Diego Alves, el hombre que no teme a los penaltis
  • Al cancerbero del Valencia le han tirado 45 penaltis en España y solo le han metido 21 goles.El domingo paró dos. Lo nunca visto. El brasileño, casero y religioso, deja en la portería una imagen de la patrona de su país

A Diego Alves (Río de Janeiro, 1985) le gusta hablar de intuición y de suerte cuando le preguntan por su ya proverbial habilidad para detener los lanzamientos de penaltis. Lo que jamás cuenta el portero del Valencia es que cada semana se va de un entrenamiento con un lapiz de memoria preñado de imágenes de los próximos delanteros a los que va a enfrentarse. El arquero, hombre hogareño, lo enchufa al ordenador cuando está en casa y analiza segundo a segundo cada movimiento. Cómo se coloca, cómo corre hacia el balón, si lo hace recto hacia la pelota (entonces se tirará al lado del pie de golpeo) o más abierto, más angulado (entonces se lanzará al flanco contrario), si mueve los brazos o las manos de alguna forma... Cada tic. Todo.

Todo eso no valdría de nada si luego no tuviera la sangre fría de aguantar de pie ante el lanzador hasta el último momento, interpretando ese lenguaje corporal que le anuncia por dónde irá el balón. Y luego, la agilidad para reaccionar velozmente al pelotazo. Esa minuciosidad le ha convertido, junto a la mencionada intuición y, quizá sí, una pizca de fortuna, en el mejor portero parando penaltis de la historia de la Liga. En el fútbol español se ha enfrentado al máximo castigo 45 veces y solo le han metido 21 goles. Alves detuvo 22 tiros, uno se fue al larguero y otro fuera de la portería.

El domingo, frente al Atlético, alimentó la leyenda de su prodigiosa habilidad y detuvo dos tiros en un partido. Lo nunca visto en la Liga. El primero fue asombroso. Hasta Simeone le felicitó. Aunque llama más la atención que sus compañeros se echaron las manos a la cabeza. Jaume, el suplente, alucinado, salió del banquillo y empezó a mover las dos manos.

Por el vestuario rebota el comentario de que en cuanto vio a Griezmann coger el balón se fue a por él y empezó su guerra psicológica. Alves se plantó delante de él, le miró a los ojos, se esforzó en dejar patente los doce centímetros de superioridad física y hasta llegó a preguntarle cómo se atrevía a tirarlo después de sus recientes fallos. Pasaron dos minutos y medio hasta que pudo patear la bola. Ciento cincuenta segundos con la mente expuesta a la intrusión de las dudas, de los miedos.

Lo más gracioso de su biografía es que de niño no quería ser portero. El pequeño Diego soñaba con ser un artista del balón, como tantos y tantos futbolistas en el país de Pelé, Garrincha, Zico o Ronaldinho, pero era tan malo que sus amigos se burlaban de él. Así que se refugió bajo el arco.

Allí encontró su sitio. Los orígenes de este cancerbero carioca están en el Club de Regatas, luego creció en el Botafogo. Su nuevo deseo era ser como Taffarel, el portero de la ‘verdeamarela’ cuando ganó el Mundial del 94... tras una tanda de penaltis en la final. Su debut en la élite ya fue con el Atlético Mineiro, en Belo Horizonte, en 2005. En dos años saltó a Europa.

Una cancha en casa

Antes de marcharse, su tía, mujer de profundas creencias religiosas, le regaló una medallita con la imagen de Nuestra Señora Aparecida, elevada a patrona de Brasil en 1930 por Pío XI, dos siglos después de que un pescador encontrara la figura de terracota en aguas de Guaratinguetá, en el estado de Sao Paulo. «Entonces pasaron muchas cosas buenas y comencé a conocer mucho más a la Virgen», cuenta siempre el brasileño, que llegó a dibujar la imagen en sus guantes y que antes de cada partido besa dos veces la medalla de su tía y la deja en la portería.

El éxito nunca le ha caído del cielo. En Almería, su primer destino en España –ahí se convirtió en el primer guardameta brasileño de la Liga–, se tiró varios partidos oliendo la hierba desde el banco. La primera oportunidad no llegó hasta diciembre. El titular, Coseño, cedido por el Sevilla, tenía una cláusula en su contrato que le impedía jugar contra el equipo hispalense. Y poco después, esta vez contra el Betis, Coseño fue expulsado. Alves ya no se sacó los guantes y firmó un récord de 677 minutos sin encajar un gol.

En Almería prendió la leyenda. Dieciocho penaltis y solo seis goles. Increíble. Cuando Emery, su entrenador en el Almería, recaló en el Valencia, pidió a aquel portento. Un gato bajo los palos que tiene sus punto débil en las salidas. El típico portero al que un día se le caerá el larguero en la cabeza.

En Valencia siguió con su ética de trabajo. En verano se marcha a Brasil y en el campo de fútbol que tiene en su casa contrata a un entrenador personal para seguir mejorando. Y nunca flaqueó su obsesión por lo que el llama «el duelo» entre portero y lanzador. Alves lleva tres paradas seguidas en dos partidos. Dice que eso aumenta su presión, que ahora esperan que los intercepte todos, pero reconoce que también crece su leyenda y que el rival lo siente.

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