por encima del aro

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Aunque haya más entrenadores vallisoletanos como Gustavo Aranzana y Hugo López haciéndolo muy bien en el extranjero, en esta ocasión quiero centrarme exclusivamente en la figura de Iñaki Martín.

La semana pasada le tuve muy presente, principalmente porque fue noticia al lograr un nuevo título, otro más en Mozambique, esta vez en su nuevo reto con el baloncesto femenino. Pero también lo hice al hilo de las malas noticias que protagonizaba el Club Baloncesto Ciudad de Valladolid, por el descontento de Paco García con algunas de las condiciones que soporta al frente del primer equipo de la ciudad. Y entonces, casi sin querer, me vino a la mente por lo que pasó el propio Iñaki la pasada temporada en esa misma posición y siempre desde el silencio.

No se trata de comparar a uno con otro, porque ni es mi intención ni tiene sentido. Son dos personas muy distintas, con circunstancias, trayectorias, y etapas profesionales muy diferentes. Pero el gran momento que vive Iñaki, y lo que está pasando por aquí últimamente, me han llevado a intentar aportar algo para dejarle en el lugar que se merece.

Vaya por delante que, desde mi humilde opinión, siempre pensé que Iñaki no era el más adecuado para hacerse cargo del primer equipo del nuevo club. Se lo hice saber personalmente. Yo no lo decía por su forma de trabajar, o por su capacidad de esfuerzo y entrega, que es enorme. Me refería a las circunstancias en las que tendría que trabajar y, sobre todo, a su carácter. Era muy arriesgado para su forma de ser. Pero una vez que aceptó el ofrecimiento había que apoyarle y ayudarle.

El Club Ciudad de Valladolid le causó un gran número de desgastes y disgustos a nivel personal, inmerecidos muchos de ellos. Su corazón es enorme y, a veces, se perdió en intentar complacernos a todos a la vez. No fue un año edificante para él en lo profesional, pero sí creo que hizo un máster sobre las miserias de este ‘mundillo’, y de la vida en general.

A los que estuvimos cerca de él durante esa difícil aventura, nos permitió conocerle en mayor profundidad. Y tengo muy claro que es imposible no apreciarle. Generoso hasta decir basta, fui testigo directo de gestos personales que me marcaron para siempre, con mi propia familia y con los demás. En especial esas palizas que se daba en la carretera para ir a Vigo siempre que podía, a pasar unos horas al lado del gran Quino Salvo, uno de sus maestros. En su último viaje estuvo de la mano con él en uno de sus últimos suspiros de vida, pocas horas antes de su fallecimiento.

Así que ahora, y a costa de no poder tenerle cerca, también me considero uno de los muchísimos que se alegra profundamente de que le vaya tan bien y que vuelva a ser feliz haciendo lo que más le gusta. Porque en lugares como en el que está actualmente seguirá haciendo historia, sentirá que respetan su valía profesional y su calidad como persona. Hoy vuelvo a decir lo mismo que le dije cuando nos despedimos: te echaremos de menos, pero no tengas ninguna duda que, aunque sea desde mucha distancia, tu bien será también el de todos los que tanto te apreciamos. Bravo por ti, ‘coach’.