El Norte de Castilla

Deporte extremo

Lebron James se aplica hielo en rodillas, cuádriceps y tobillos tras un partido de la selección de baloncesto de Estados Unidos
Lebron James se aplica hielo en rodillas, cuádriceps y tobillos tras un partido de la selección de baloncesto de Estados Unidos / AFP
  • La retirada del futbolista Álvaro Domínguez por una lesión de espalda reabre el debate sobre los efectos de la alta competición. Algunos médicos afirman que su práctica aumenta la esperanza de vida; otros la consideran «insana» porque los esfuerzos desmedidos acostumbran a pasar factura

No es de hoy, ni de ayer. El debate sobre los supuestos beneficios y potenciales riesgos del deporte de élite lleva décadas sobre la mesa, latente por épocas, aparentemente dormido hasta que alguien decide despertar la controversia. Lo ha hecho, se entiende que de forma involuntaria, el futbolista Álvaro Domínguez Soto (Madrid, 1989), que hace unas fechas anunció su decisión de abandonar el fútbol por una lesión de espalda que le ha minado la moral. El defensa del Borussia Monchengladbach, que defendió durante cuatro campañas la camiseta del Atlético de Madrid, se ha rendido a las «pésimas condiciones físicas» que arrastra después de dos operaciones. Renuncia con ello a la gloria y el dinero de la alta competición. «A nadie le gustaría ser un inválido con 27 años y ese es el precio que voy a tener que pagar», dijo Domínguez en una declaración un punto dramática, tal vez intencionadamente exagerada. Y así reabrió la polémica.

Cualquier moderador imparcial presentaría el debate con dos puntalizaciones que ninguno de los litigantes discutiría: una, que en condiciones normales siempre es mejor hacer deporte que no hacerlo y, dos, que los excesos tampoco son convenientes en esto. A partir de ahí las posiciones se van distanciando.

Puestos a abrir la exposición de argumentos por algún lado, puede resultar oportuno divulgar las conclusiones publicadas hace nada, la pasada primavera, por la francesa Juliana Antero-Jacquemin, investigadora del parisino Instituto Nacional del Deporte, que afirma con rotundidad que «los atletas de élite gozan, en promedio, de una esperanza de vida siete años superior a la de la población general». En su estudio, Juliana analizó a 2.814 deportistas de su país que fueron olímpicos en el lapso de un siglo, entre 1912 y 2012. «Unos dos años se ganan por el menor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, otros dos por la disminución de riesgo de cáncer y tres más por el menor peligro vinculado a otras causas», comenta la investigadora en el informe. Ya en 2013 un compatriota suyo, el profesor Jean-François Toussaint, del Instituto de Investigación Médica sobre el Deporte, aseguró que los ciclistas que toman parte en el Tour de Francia viven una media de seis años más que el resto de la población. Toussaint basa su afirmación en el seguimiento a 786 franceses que participaron en la carrera desde 1947.

En el mismo lado de la mesa de discusión se sienta Jesús Seco, profesor titular de Enfermería y Fisioterapia en la Universidad de León que atesora una larga experiencia con profesionales de la alta competición. «Son varios los estudios que coinciden en que el deporte profesional puede ser un factor de longevidad», apunta. En su opinión, «la sensibilidad de que a largo plazo esta práctica no es beneficiosa es una percepción sesgada, porque al final lo médicos atienden a los deportistas que padecen problemas».

«Personas sobreusadas»

Se sitúan enfrente de los postulados de estas tres voces algunas más. Manuel Leyes, jefe del equipo de Traumatología y Cirugía Ortopédica de la Clínica Cemtro y excolaborador médico en Cleveland Cavaliers, equipo de la NBA, es concluyente: «El deporte de élite no es bueno para la salud. Se ha demostrado que los deportistas de contacto en alta competición tienen un mayor índice de desgaste de la cadera y la rodilla».

Abunda en la idea alguien especialmente autorizado en la materia porque fue cocinero antes que fraile. El exjugador Juan Antonio Corbalán, base del Real Madrid desde principios de los setenta a la segunda mitad de los ochenta, 12 veces campeón de Liga, 7 de Copa del Rey y 3 de Europa; 178 veces internacional, plata en los Juegos de Los Ángeles’84 y en el Eurobasket del año anterior, habla desde su doble condición de atleta de élite retirado y cardiólogo especializado en medicina deportiva. Y lo que dice es lo siguiente: «El deporte profesional exige un requerimiento físico enorme. Nuestro organismo tiene mucha capacidad de adaptación, te acostumbras a ello de alguna manera, pero vas pagando un precio por no tener fases de reposo adecuadas. Y eso acaba provocando secuelas. Hay muchas incompetencias que requieren descanso y la competición te impide tenerlo, lo que acaba provocando sobrecargas». Aunque él no sufre secuelas de relevancia -apenas «molestias en las rodillas»-, entre bromas y veras, se define como «una víctima» de la alta competición. «Todas las personas que hemos jugado veinte años como profesional y más desde niños somos personas sobreusadas. Nuestro organismo tiene un desgaste biológico y mecánico. Sin duda, el ejercicio de alto requerimiento es un factor de riesgo más. Este es mayor en deportes que producen un efecto de martilleo, con saltos y carreras. Por muy fuerte que estés ese peso afecta a las estructuras óseas y a las articulaciones», detalla Corbalán a este periódico.

El también doctor Juan Gandía, tres décadas y media dedicado a la medicina deportiva, incide en lo mismo. «Presentan mayor riesgo los deportes de impacto, como el fútbol, baloncesto, balonmano, hockey... Quienes lo han practicado pueden empezar a padecer problemas articulares, degeneraciones y artrosis a partir de los 40 o 45 años. Un importante porcentaje de deportistas retirados tienen secuelas». Para distender el discurso, Gandía recuerda como en broma a «un traumatólogo alemán que dijo que el deporte profesional es una escuela de lisiados». Una hipérbole, sin duda. Lejos de esos extremos, el fisioterapeuta y osteópata especializado en Fisioterapia Deportiva Sergio Blanco, que lleva dieciséis años tratando a competidores profesionales, es también contundente. «He constatado que el deporte profesional no es saludable. A veces ves jugadores de cierta edad con lesión de rodilla o cadera y sabes que de mayores van a acabar con un prótesis de manera precoz», alerta. Luego veremos algunos casos.

Prótesis. Mejor si pueden evitarse, desde luego, pero una contrariedad nimia si la comparamos con la alarmante advertencia que, junto a otros colegas, lanza cada vez que tiene ocasión el cardiólogo Emilio Luengo, de la Fundación Española del Corazón. Luengo cree probable que los deportistas que hacen fondo durante muchos años, ya sea corriendo o con la bicicleta, entre otros, «tienen mayor facilidad para hacer fibrilación auricular, un determinado tipo de arritmia, a una edad temprana».

La NBA sufre del corazón

Como para cargar de razón al especialista español, diez figuras y secundarios de la NBA de los setenta a los noventa fallecieron repentinamente en el plazo de 360 días, de septiembre de 2014 al mismo mes de 2015. Así, de golpe. Todos de infarto agudo de miocardio y todos aún jóvenes. El mayor, Cadwell Jones, de 64 años; el menor, Anthony Mason, ¡¡de 48!! ¿Las causa? Expertos y forenses citan tres probables: el sedentarismo y el sobrepeso tras la retirada, las drogas y anabolizantes usuales en su época en el baloncesto estadounidense y la dureza de la competición. Estrellas como Darryl ‘Gorila’ Dawkins y Moses Malonen figuran en la infortunada lista.

El doctor Jesús Seco alude también al factor de riesgo que supone para un atletaretirado no mantener cierta actividad física y vigilar su dieta. Pero, sobre todo, el profesor de la Universidad de León, defrensor del deporte de élite como fuente de beneficios, incide en que las secuelas de los exprofesinales suelen producirse «por no respetar los procesos de recuperación de las lesiones» cuando competían. «Hay que cumplir con los periodos que cada dolencia requiere y no recortarlos, no forzar», zanja.

He aquí, por fin, un punto de encuentro entre las partes. Se trata del «descanso necesario» al que aludía Corbalán. Una obviedad. ¿O no? «Hay muchos ejemplos en el mundo del deporte donde la salud pasa a un segundo plano por los resultados; es complicado lidiar con el deportista de élite», afirma el traumatólogo y cirujano Manuel Leyes. «Muchas veces hace más las ganas del jugador de alargar su carrera que las medidas que nosotros disponemos», lamenta el fisioterapeuta Sergio Blanco. «A menudo se fuerza. Nosotros nos debemos al club, que es el que nos paga, pero también vemos que no se deben asumir riesgos que a veces se asumen. En ocasiones los médicos y nosotros nos vemos casi obligados a recortar los plazos de recuperación de una lesión y eso no es bueno», recalca. A modo de ejemplo, el especialista cuenta la ocasión en que un futbolista profesional, entrado ya en la treintena, le confesó que «no recordaba la sensación de jugar sin dolor. ‘Quizás a los veinte años’, me decía». Casos como ese hay cientos. Y se dan, evidentemente, porque en la alta competición actúan numerosos intereses: títulos, marcas, primas, patrocinadores... Todo lo que se resume en la dualidad gloria-dinero.

Batistuta se orina en la cama

«A pesar de que ahora ayudan mucho la nutrición, la diatermia y las analíticas, el cuerpo humano no está preparado para recuperar grandes esfuerzos en 24-48 horas», sentencia Blanco. Alguien hizo la pregunta clave para los actores de la alta competición: ¿En cuánto valoras tu salud, tu vida? Delicadísima cuestión. ¿Quién deja de exprimir su cuerpo, de llevarlo al extremo, cuando se juega contratos multimillonarios? Casos contados. Y también incide el propio amor al deporte, claro. Pau Gasol, el mejor baloncestista español de todos los tiempos, 36 años cumplidos el pasado verano, acumula cerca de 1.600 partidos en sus dieciocho años como profesional. La mayor parte, casi 1.200 a fecha de hoy, los ha jugado en sus dieciséis temporadas en la NBA, 192 con la selección y el resto en el Barcelona. Es un ejemplo de mimo y cuidados a su organismo, que custodia al detalle el fisioterapeuta Joaquín Joan. Otro estandarte, Rafa Nadal, de 30 años, se estrenó en el circuito en 2001. Desde dos años después hasta el presente ha sufrido al menos una lesión anual.

El delantero argentino Batistuta, máximo goleador histórico de la albiceleste, comenzó a sufrir de los tobillos apenas retirado, con 36 años. «No tenía ni cartílagos ni tendones. Casi no podía caminar, al punto de que una noche me oriné en la cama por evitar el dolor que iba a sentir si me levantaba para ir al baño», ha contado. Ahora, a sus 47, porta una fijación con tornillos que le permite hacer ejercicios suaves. Extremos que no quiere conocer el también futbolista Álvaro Domínguez, que ha dicho ‘Basta. Aquí me bajo’. Tan joven.