Cuando Cervantes vivía de alquiler en la calle del Rastro

Lectores en la Biblioteca de la Casa de Cervantes, en 1918. /
Lectores en la Biblioteca de la Casa de Cervantes, en 1918.

El 22 de abril de 1948 fue inaugurado el museo vallisoletano del autor de 'El Quijote', que recrea la vida del escritor pese a los escasos datos aportados por los documentos

ENRIQUE BERZAL

Era una cuenta pendiente que tenía Valladolid con Miguel de Cervantes: adecentar la vivienda que habitó en el llamado Rastro nuevo de los Carneros, entre 1603 y 1606, para revivir así sus momentos más íntimos. Aquella deuda quedó definitivamente saldada el 22 de abril de 1948, hace ahora 70 años, cuando, en medio de brillantes fastos cervantinos, se inauguró oficialmente el Museo de la Casa Cervantes.

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La empresa había movilizado meses atrás a la clase política local y nacional, pues venía a ser la guinda final al esfuerzo realizado en octubre de 1912 por el vallisoletano Benigno de la Vega-Inclán, primer comisario regio de Turismo y segundo marqués de su apellido. Fue entonces cuando, siguiendo la estela de lo realizado con la Casa del Greco en Toledo, don Benigno adquirió las tres viviendas que Juan de las Navas tenía en lo que hoy es la calle del Rastro, una de ellas alquilada a Cervantes, para salvarlas de la ruina. Contó para ello con la inestimable ayuda del rey Alfonso XIII y de Archer Milton Huntington, fundador de la Hispanic Society of America. Los tres hubieron de desembolsar 40.000 pesetas de la época.

Como señala la primera publicación oficial del Museo, editada precisamente el 22 de abril de 1948 por el Patronato de las Fundaciones Vega-Inclán, el marqués dinamizó el complejo cervantino instalando la Biblioteca y la Sala de América, e incluso «acumuló muebles antiguos de estilos varios y procedencias muy diversas, pero su temperamento de iniciador, fértil de ideas, no se avenía con el paciente perfeccionar de cuanto creaba». De modo que el edificio fue languideciendo hasta que el Patronato decidió acometer la instalación del Museo.

Alfonso XIII y el marqués de la Vega-Inclán salen de la Casa de Cervantes en 1921.
Alfonso XIII y el marqués de la Vega-Inclán salen de la Casa de Cervantes en 1921.

Tomó como modelo lo realizado en el despacho de Méndez Núñez, en la cámara de 'La Numancia' del Museo de Pontevedra, en las habitaciones del Marqués de la Vega-Inclán en el Museo Romántico y, sobre todo, en la Casa de Lope de Vega en Madrid. Pero, al contrario que en esta última, la morada vallisoletana de Cervantes apenas contaba con testimonios documentales sobre su disposición original, y tampoco el autor de 'El Quijote' había relatado esta circunstancia. De hecho, los encargados del proyecto, el académico Francisco Javier Sánchez Cantón y el arquitecto Constantino Candeira, asesorados por el profesor y erudito Narciso Alonso Cortés y el director de la Casa, Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña, solo disponían de cuatro fuentes directas: el registro de los muebles aportados al contraer matrimonio con Catalina Palacios de Salazar (agosto de 1586), la carta de pago de la dote de Isabel de Cervantes (noviembre de 1608) y los testamentos de ambas: 1610 en el caso de Catalina, y 1631 en el de Isabel. Las lagunas informativas, que eran muchas, las solventaron guiándose de los hábitos propios de la época.

El museo, ya concluido, pretendía «procurar la evocación de un interior castellano, modesto sin dejar de ser hidalgo, en el reinado de Felipe III, haciendo visible y hasta palpable lo que a duras penas adivinan quienes frecuentan los archivos y los textos viejos»; o, como escribía en este periódico el mismo Sanz y Ruiz de la Peña, evocar «lo que pudo ser el modesto hogar del genio, pero teniendo en cuenta noticias e inventarios que son pauta para el logro feliz de los matices».

Itinerario sentimental

Aquel 22 de abril de 1948, las máximas autoridades de la ciudad, guiadas por el alcalde Francisco Ferreiro y el gobernador civil, Juan Alonso-Villalobos, subieron desde el zaguán, con su famoso pozo, hasta el vestíbulo, más amplio que el original y provisto de muebles sencillos, de un retrato de Felipe III, cuadros de San Onofre y San Jerónimo, un 'Entierro del Señor' y un curioso marco que, entre dos árboles genealógicos publicados por Fernández Navarrete, exhibía un libro de 1648 sobre Nuño Alfonso con aportaciones a la genealogía de Cervantes.

Especial interés despertó en la comitiva el estrado donde las mujeres laboraban telas o puntillas, rezaban y conversaban, con su tarima adornada según lo consignado en los documentos familiares, lo mismo que el estudio que evoca el espacio de trabajo y meditación de Cervantes, presidido por un gran lienzo de la 'Batalla naval de Lepanto', que no era original de la casa, y amenizado con retratos de una Virgen y de San Juan, cinco mapas de tierras italianas, estantes con libros previsiblemente leídos por el escritor, un brasero de cobre con su caja, un arcón modesto y una papelera «como aquel escritorio de nogal».

Conectado con el estudio estaba el dormitorio, sin ventilación directa y con cama ajustada al documento de dote de Catalina Palacios de Salazar, presidido por un crucifijo y una tabla con la imagen de San Francisco, del que Cervantes era tan devoto. Cocina y comedor, también contiguos, completaban lo más sobresaliente de la visita inaugural: aquella con «tipos acostumbrados en Castilla (morillos, vasijas de cobre, de azófar y de barro, hermosa tinaja, alacena y taburetes)», y el comedor «vestido» con muebles, lozas talavereñas y lencería: «Cervantes, como el castellano de los primeros capítulos del 'Persiles', no poseía vajilla de plata ni siquiera de loza de Pisa».

De ropa de mesa los datos documentales hablan de manteles alemaniscos y de gusanillo; seguramente, mucho más ricos y primorosos son los dos lienzos deshilados que adornan la mesa y la alacena. En los muros, un país de Flandes recuerda el que menciona la carta de dote de Doña Isabel, y una placa de mármol con un ermitaño», señala el texto de 1948.

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