«El programador tiene que huir de lo que gusta masivamente al público»

Javier Martínez 'Varillas' hojea un ejemplar de El Comediante.
Javier Martínez 'Varillas' hojea un ejemplar de El Comediante. / Henar Sastre
  • Javier Martínez 'Varillas' / Director del Festival de Teatro y Artes de Calle (TAC)

  • Defiende la calle como mejor escenario posible porque "es transgresora, valiente, comprometida y más desnuda frente al público"

Fue en su caso la gallina antes que el huevo, ya que su querido Festival de Teatro y Artes de Calle (TAC) cumple dieciocho años cuando él hace ahora veintiocho que descubrió a Valladolid las artes escénicas bajo cero. Una cita que empezó instalada en pleno Carnaval -hay quien lo recuerda entre copos de nieve- antes de mutar a lo que hoy es referencia en el calendario internacional. Es tal su pasión por el TAC que ni siquiera la batalla contra una enfermedad le ha apartado de él, ahora que celebra su mayoría de edad.

‘Varillas’ volverá esta semana a caminar sobre el alambre, y en octubre se encerrará en su despacho para cerrar la programación del próximo año.

¿Es posible seguir sorprendiendo al espectador después de dieciocho años?

Hay una frase que me gusta mucho, y que dice que ‘aquel que no sabe donde va, acaba siempre en otra parte’. Y creo que el festival se apoya en tres claves fundamentales para sorprender. En primer lugar huir del concepto festivo e ir hacia algo más trascendente. Si eres capaz de buscar esa dimensión más alta que la propia cotidianidad, siempre vas a sorprender. En segundo lugar tienes que tener claro que no todo vale. Hay que cuidar al público, no se le puede engañar. Y en tercer lugar, la credibilidad. Hay que transmitir verdad y creer en lo que haces.

¿Qué diferencias más notables podemos encontrar entre los espectáculos que se hacían a principios de siglo y los de ahora?

Siempre he tratado de buscar un carácter cultural en el sentido más amplio. No busco algo estrictamente teatral sino que sea un espectáculo cultural. Y para eso hay que entender la calle como el espacio donde el individuo construye su vida cotidiana. La evolución, creo, se nota en que las nuevas formas de expresión sustituyen la estructura narrativa por la asociativa. Es decir, se sugiere los espectáculos y es el espectador el que construye la historia en su cabeza. Hemos pasado del concepto de los zancos y el fuego a sugerir cosas al espectador. Esto por un lado y el circo por otro. El circo ha pasado de ser un espectáculo de riesgo a contar cosas. Ahora incorpora, músicos, pintores, artistas, teatreros,... Ahora mismo es la madre de las artes escénicas.

Y sin embargo seguimos teniendo la sensación de que lo serio se hace en sala y lo que se hace en la calle es más lúdico, ¿por qué?

Creo que han hecho mucho daño ciertos actores del mundo intelectual que se agarraban a aquello de ‘el teatro es teatro, y el resto es otra cosa’. Creo que eso es una equivocación. Las artes de calle hablan de nuestro propio tiempo. Es fundamental entender el arte en general, entender el arte como la actitud que pasa del lugar más recóndito del corazón de una persona al lugar más recóndito del corazón de otra. Siempre me he planteado las artes de calle como un combate en el que debe triunfar el silencio frente al ruido, la complicidad frente a lo explícito, que triunfe lo singular frente a lo plural.

¿Es la calle el mejor escenario posible?

Definitivamente sí. La calle es transgresora, valiente, comprometida y más desnuda frente al público.

Al menos pueden presumir de acercar las artes al bolsillo del ciudadano...

En todos estos años he comprobado que hay gente que a través de las artes de calle ha conocido espectáculos que se hacen en sala.

Vayamos a la programación, ¿qué criterios utiliza y dónde pone el listón Javier Martínez?

Insisto en los criterios de calidad y del ‘no todo vale’. En verano viajo a todo tipo de festivales para ver espectáculos, luego me llega información desde todos los puntos del mapa sobre lo que se está haciendo en cada momento, y con tantos años como llevo en esto, tener ojos en todas partes a través de íntimos amigos, te facilita el trabajo. El peor enemigo del arte es el entusiasmo del público. Creo que el programador debe programar a contracorriente. Es decir, no hacer caso a lo que gusta masivamente a la gente. Hay que hacer caso a la verdad o no verdad que hay en cada espectáculo, porque es lo que va a quedar en el individuo. En ocasiones uno se olvida de que realmente lo importante es llegar al corazón.

Una premisa que, sin embargo, es asignatura pendiente y quiere recuperar ahora el festival.

Sí. Queremos contar más con el ciudadano y el tejido social. El hecho de contar con la experiencia de La Nave del Calderón, en el que van a trabajar 70 personas que nunca han tenido relación con el mundo del espectáculo, me parece muy importante. Como lo es lo que va a hacer el colectivo Indignado en la playa Las Moreras. Y como lo es también el curso de poesía que Teatro Corsario va a convertir en un espectáculo en el Campo Grande. O la colaboración con Impro.

La segunda espina es la de promocionar fuera el festival.

Es nuestro caballo de batalla. Valladolid está ahora mismo en un punto álgido, diríamos que de luna de miel, pero nos falta dar ese estirón y apostar fuerte con una campaña nacional.

¿Gozan de buena salud las artes escénicas?

Tienen buena salud, pero lo que me parece vergonzoso es que se esté cobrando un 21 por ciento a la cultura y la pornografía tenga un 4%. Esto no ayuda nada al crecimiento de la persona.