En el teatro hay que mojarse

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'El pequeño circo de la pobreza' de Mercucho, en San Andrés. / JAVIER AGUIAR

  • El doble compromiso, social y con el público, de los artistas hizo que el TAC sobreviviera a las tormentas

Hacia la una de la tarde de ayer Cia. ES acababa de suspender en La Rinconada su espectáculo por la lluvia y Compagnie Mobil aguantaba como podía en la Plaza Mayor, con la grada cuajada de paraguas, las arremetidas de la tormenta primaveral. Justo al lado, en Fuente Dorada, un espontáneo del TAC, cuyo exiguo público se refugiaba en los soportales, afirmaba bajo el agua: «Este es el típico espectáculo en el que hay que mojarse». La ingeniosa frase del malabarista, aunque fuera de programa, sirve a la perfección para explicar lo que ayer sucedió en el Festival. Todos se mojaron. El que no lo hizo en sentido figurado, mostrando el compromiso social de sus propuestas, lo hizo en el literal, plantando cara a una climatología que intentó cargarse la jornada central de un Festival que resiste con bizarría la adversidad.

Entre los primeros siempre está Mercucho. Lo hizo el año pasado con los desahucios y ‘Sofá de escai’ y lo ha vuelto a hacer este con ‘El pequeño circo de la pobreza’. Su breve caravana de los desheredados, casualidades del destino, partía de un rincón casi enfrente de la sede de Cáritas, como para no poder obviar que los seres que representan existen y están muy cerca de todos nosotros.

El montaje de los vallisoletanos no se anda por las ramas, va directamente al tema. Y ese quizás sea su mayor defecto, la falta de delicadeza, de sugestión. Todo se nos da de forma palmaria, evidente. Puede que intencionadamente. Que alguien pensara que no es tema para sutilezas. Con todo, su desfile de desarrapados, las maletas, los carros, los rostros desesperados con la ‘Zarabanda’ de Haendel de fondo musical, a modo de marcha fúnebre, es uno de los momentos de este TAC y es teatro de calle en estado puro.

El globo terraqueo que enarbolan, y que inevitablemente remite al ‘Gran dictador’ de Chaplin, es el mundo que dominan los depredadores y que alberga ese gran circo de la pobreza que «la caridad no puede destruir», como dice esa voz en off que también recuerda al cine mudo. Pero sin duda la imagen que evocan las figuras que comparten las miserias de la miseria, pelean, lloran y danzan van más allá de la indigencia y resultan de una actualidad demoledora. Son los refugiados que huyen de la muerte y a los que Europa prefiere ignorar.

En la mañana de tormentas intermitentes los Boozan Dukes se llevaron una de las peores partes en su rincón de Platerías, pese a lo cual no perdieron el ánimo ni el buen humor en su número de fanfarria musical cosmopolita, que aúna acordes de blues, calipso y swing. A los vallisoletanos se les iban los pies bajo los soportales de la plaza del Ochavo con melodías tradicionales y alguna que otra versión de ‘Les Oignons’ o ‘Shag’, temas popularizados por Sidney Bechet.

La japonesa Yukiko Nakamura fue de las que salvó el espectáculo. Su ‘Volte face’ basado en las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki volvió a sobrecoger al público del Atrio de Santiago, tanto que algunos no pudieron verlo completo.

La compañía española El Punto! Danza Teatro participa en la Sección Oficial con ‘El Olimpo no es aquí’, una colección de bailes gimnásticos con fuerte hincapié en el deporte y el mundo de las olimpiadas. Distintas variantes de géneros urbanos como el hip-hop se encadenaron en San Pablo a cargo de los tres intérpretes; Daniel Gómez, Manuel Acuña y Sergio Fuentes.

El TAC cerró la mañana del sábado con espectáculos de compañías españolas de la sección OFF, como Zangania y su aplaudido ‘Tu vuelo, mi vuelo’ en la calle Santiago, o D’Click en ‘L’Avant Premiére’, un multipremiado montaje que combina circo, bailes y humor aderezado con grandes melodías del siglo XX, del ‘Vals nº 2’ de Shostakovich a ‘La vie en rose’, pasando por la banda sonora de ‘Pulp Fiction’.

Calidad y originalidad

Una de las grandes sorpresas de esta edición del TAC ha sido la compañía danesa Sisters y su ‘Clockwork’, que ayer debía haber cerrado la jornada, tal y como lo hizo los dos días anteriores, con enorme éxito. Sus tres protagonistas, como en un clásico del chiste, un francés, un danés y un español, ayudados por el coreógrafo griego Dimitris Papaioannou, han compuesto un espectáculo de altísima calidad, que aúna, al margen de unas fabulosas dotes físicas, originalidad, humor y una cuidada y novedosa puesta en escena. Algunas de sus piezas son verdaderos portentos técnicos y físicos, mientras otras rebosan originalidad y humor. Estos tres artistas son capaces de trasladar al espectador a una jungla o a un mundo imaginario poblado por seres fantásticos. Una auténtica delicia.

Por la tarde, la compañía Vaques brindó un espectáculo de humor, música y equilibrios imposibles. El trío de artistas compuesto por Jorge Albuerne, José Luis Redondo y Xavi Elicagaray se desenvolvió en San Benito con ‘Yeorbayu’, un número que arrancó risas y aplausos entre ‘sketches’ armonizados por sonidos de granja y temas bien reconocibles para el gran público, como ‘Light my fire’ de The Doors o nuestras ‘La bien pagá’ y ‘La falsa moneda’. El músico marcaba el tempo de los dos artistas visuales, el equilibrista y el humorista, que en paños menores desarrollaban sus ardides progresivamente alocados. Mantener en pie un castillo de fichas de dominó o retirar botellas de champán bajo las respectivas patas de una mesa sobre la que hacían equilibrios fueron sus dos puntos más fuertes, que les granjearon ovaciones y vivas de los espectadores.