Compagnie Mobil y una de sus ‘catastróficas desdichas’ sobre su divertido vehículo.
Compagnie Mobil y una de sus ‘catastróficas desdichas’ sobre su divertido vehículo. / HENAR SASTRE

Risas, prodigios y piezas de arte

  • El humor y la danza ganan terreno con actuaciones tan destacables como la de Yukiko Nakamura

. Si la finalidad del arte es provocar emociones el TAC está en el buen camino. Ayer, mientras cientos de personas se partían de risa en la Plaza Mayor, a un centenar de metros una mujer desnuda arrastraba su drama por el suelo. Radicalmente contrarias, pero emociones, al fin, que nos distinguen como seres humanos. No deja de ser hermoso que en un mundo tan individualista, de repente algo una a unos cuantos cientos de personas que no se conocen y las haga compartir abiertamente esos sentimientos.

En el gran espacio junto al Ayuntamiento, otra vez abarrotado de público, abría plaza Compagnie Mobil con su ‘Sulky M1’, una deliciosa comedia sobre un hombre enamorado y torpe al que se le acaban frustrando todas sus estrategias de seducción. Este holandés en exceso engominado es de esos personajes cuya sola presencia ya provoca la risa. Pero además su montaje, en el que el simpático cochecito actúa como un auténtico compañero de reparto, es divertido, tiene ritmo y encierra algunos gags originales y también eficaces.

La historia es tan sencilla como encantadora. El protagonista se ha organizado un picnic campestre con una bella espectadora. Lo tiene todo preparado en el coche y nada puede fallar... o sí. Golpes, averías, alarmas, incendios llevan al traste su plan, aunque, como en las comedias románticas, al final la heroína termina conduciendo el auto hacia la felicidad. Entrañable.

Mientras, en el Atrio de Santiago los sentimientos eran radicalmente contrarios. La japonesa Yukiko Nakamura protagoniza un espectáculo desasosegante. Los primeros veinte minutos discurren sin apenas movimiento y con ruido de temporal de fondo. Lentamente se pone de puntillas o alarga un brazo hacia el público. Todo medido y concentrado. Poco a poco inicia una lenta marcha, casi ciega, ya sin temporal, que semeja una agonía que acaba con ella arrastrándose desnuda por el suelo hasta el suplicante final.

Nakamura se entrega en cuerpo y alma al público y a la danza. Es la verdad hecha expresión artística. Su lento y doloroso recorrido y su trágico final son un ejercicio total de ofrenda. Su blanca desnudez arrastrada por el sucio suelo componen una imagen de tal fuerza que el público, abstraído, no sabe hacia dónde ir y se olvida de abrirle paso a la artista. Consigue algo tan difícil como el silencio. Su cuerpo, a los pies de los espectadores, es a la vez frágil y resistente. Celebra un sacrificio, una ceremonia impresionante que deja al espectador conmocionado.

Buscando emociones menos radicales y de vuelta a la Plaza Mayor, los franceses de Le Grand Jeté y su danza circense con un enorme aro, dieron cuenta de un elegante espectáculo en el que la rueda forma parte del duelo y ayuda a los artistas a volar, a jugar, a rodar...

‘Ekilibuá’

Dos ruedas unidas a un tronco. Es todo lo que necesita Maintomano para hilar un espectáculo que recrea duelos de pulsos en una tasca de mala muerte, un lanzamiento de cuchillos circense o un naufragio en alta mar. La compañía francoespañola regaló su número ‘Ekilibuá’, con el que recibieron el Premio al Mejor Espectáculo de Calle en la Feria de Teatro de Castilla y León en el año 2014.

Una pareja que trata a su colección de leños rodantes como si fueran mascotas arrancó ovaciones y gritos en la plaza de San Miguel. Comenzó el dúo su función rodando a la vez que sus artefactos de madera, por encima y por debajo, alternando sus distintas acrobacias con saltos, cabriolas y ostentaciones de fuerza y equilibrio. El juego de alturas, competiciones de fuerza y complicidad aeróbica se apoya en otros elementos como cuerdas, globos o flores que esconden cuchillos, en un número plagado de equilibrios sobre las circulares plataformas y excelentes toques de humor.

Naoto Okada, artista japonés y campeón mundial de yoyó, acercó a la plaza del Salvador una breve muestra de su arte. El nipón desplegó su repertorio de danzas y acrobacias en las que los yoyós se deslizan sobre su cuerpo, ejecutan piruetas imposibles e incluso rasgan el aire desafiando a la misma gravedad. Números como ‘el perrito’, ‘el dormilón’ o ‘el columpio’ se le quedaron cortos al virtuoso, arropado por un público que disfrutó de un baile final con un pequeño diábolo que abandona las cuerdas y regresaba a voluntad de Okada.

En Portugalete la compañía guipuzcoana Shakti Olaizola brindó su apuesta ‘Irrakuriz’, protagonizada por una contorsionista que sale de un mueble a un mundo lleno de libros. La artista lee unos volúmenes, camina por encima de otros para evitar pisar el suelo y baila con una almohada. Los niños, ávidos de interactuar y entrar en este muscular desafío de formas y figuras, fueron los principales cómplices del espectáculo, dirigido por Lucio Baglivo.

En la Plaza Zorrilla, Collectif Bonheur Intérieur Brut ejecutó ‘La montaigne’, un estreno en España en el que seis personajes salen de una montaña a enfrentarse con el miedo a la realidad. Cuando la montaña se divide en tres, disgregando a los espectadores por toda la plaza, los héroes disfrutan de sus nuevas rampas con optimismo y vitalidad.