El don de la sobriedad de Ignacio Elguero

Ignacio Elguero, en primer término, posa a las puertas del centro e-LEA de Urueña en compañía de Arancha Bermejo y Suria Pombo. /Henar Sastre
Ignacio Elguero, en primer término, posa a las puertas del centro e-LEA de Urueña en compañía de Arancha Bermejo y Suria Pombo. / Henar Sastre

El escritor y periodista madrileño evoca a Claudio Rodríguez, su padrino poético, y repasa sus cinco poemarios en la Octava Velada de Urueña 'A la sombra del ciprés'

Luis Miguel de Pablos
LUIS MIGUEL DE PABLOSValladolid

Dice el verso que «siempre la claridad viene del cielo; / es un don: no se halla entre las cosas / sino muy por encima, y las ocupa / haciendo de ello vida y labor propias. / Así amanece el día,...». Lo dejó escrito Claudio Rodríguez hace sesenta años en su ‘Don de la ebriedad’, y aquel poema, escrito a apenas 70 kilómetros de Urueña, llevó ayer en volandas a Ignacio Elguero en la octava de las Veladas Poéticas ‘A la sombra del ciprés’ que organizan la Diputación de Valladolid y El Norte de Castilla en la Villa del Libro. No pudo encontrar en su momento mejor padrino el escritor y periodista madrileño, que ayer reconoció en el zamorano la vela que iluminó su camino hacia el mundo de la poesía, allá por 1983, cuando vestía calcetines largos y asistía a la entrega del Premio Nacional.

Elguero (Madrid, 1964) se inspiró en esa profundidad que caracterizaba a Claudio Rodríguez para volver a respirar por la herida, seis años después de aparcar su último poemario. Jefe de programación de RNE, Elguero hizo una selección de sus cinco poemarios publicados para dotar a una noche que se tornó cobriza de ese «sentido del sinsentido» que decía San Juan de la Cruz. Echó mano de ‘El dormitorio ajeno’ con el que se presentó hace ahora diez años en Urueña con motivo del nacimiento de la villa, y también del argumento amoroso que tanto ha guiado su trayectoria poética.

Con una escenografía perfectamente cuidada, gracias al acompañamiento de la voz de Arancha Bermejo y la música de Suria Pombo, el polifacético protagonista dio comienzo a su recital acudiendo a la infancia, y a la compleja visión que tenemos de los miedos infantiles. En ‘La tormenta’ el autor gira la vista al trauma por la muerte de los padres, y especialmente a ese momento que define de «ruptura del cordón umbilical» cuando la pérdida es de la madre. «Por qué mamá no está / Mi miedo era antes el suyo, ¿qué herencia me ha dejado», exclamó Elguero antes de enlazar con el segundo de los poemas de la noche, ‘Cicatriz’, esa suerte de marcas que nos va dejando la vida en su trayecto.

Público asistente al cento e-LEA Miguel Delibes de la Villa del Libro.
Público asistente al cento e-LEA Miguel Delibes de la Villa del Libro. / H. Sastre

El Elguero escritor, más activo en los últimos años que el Elguero poeta, volvió ayer a respirar por la herida –parafraseando a Leopoldo de Luis–, y lo hizo rescatando del cajón poemas como ‘Marea alta’, ‘Humano’, ‘La tierra encendida’ o ‘Insomnio’, en el que desgrana todo tipo de silencios, desde el más atroz que es la muerte hasta ese incómodo cuando estás con otra persona, o el silencio fatal por una ausencia de respuesta. Un hilo argumental como el amoroso que es universal y que presenta tantos matices como colores tiene la paleta del pintor. Todos esos interrogantes y alguno más los desgrana Elguero en ‘Siempre’ y ‘Dudas’, poemas que encuentran su cuadratura en ’Sensaciones’.

Ante un aforo que colgó el cartel de lleno, y entre los que se encontraban el presidente de la Diputación, Jesús Julio Carnero, la diputada de Cultura Inmaculada Toledano y el alcalde de Urueña, Francisco Rodríguez, entre otros, Elguero completó el repaso a su obra con un guiño –a quien si no– a su padrino poético, dando lectura a ‘Materia’ con el que precisamente se hizo con el Premio Internacional Claudio Rodríguez en 2007, año en el que visitó por primera vez Urueña en el nacimiento de la Villa del Libro. El Elguero poeta convertía esa piedra que glosa en ‘Materia’ en el aplauso del público presente.

...Y mientras tanto, «la noche cerraba el gran aposento de sus sombras», que diría Claudio.

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