Seminci

El día en el que... la Seminci pidió a los espectadores que no protestaran en el cine

López Vázquez y Pedro Olea, en la Seminci de 1970.
López Vázquez y Pedro Olea, en la Seminci de 1970. / ARCHIVO MUNICIPAL
  • SEMINCI 2016

  • El director de cine Pedro Olea reconoció en 1970 el miedo a presentar su largo: «Me habían dicho que aquí no había película que no se pateara»

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«Tenía mucho miedo porque me habían dicho que aquí no había película que no se pateara», decía el director de cine Pedro Olea a El Norte de Castilla en 1970. Había venido a Valladolid para presentar su película ‘El bosque del lobo’(aquí se estrenó como ‘El bosque de Ancines’) y la fama quejosa, tiquismiquis, de exigencia extrema del público pucelano había llegado mucho más allá del Pisuerga. ¿En Valladolid? Uf, como no les guste la peli: pateo.

La situación tuvo que llegar a tales extremos durante aquella Seminci de 1970 que la organización se vio obligada a emitir un comunicado que El Norte de Castilla publicó en el periódico del 23 de abril. Decía:

«La Comisión Permanente de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, en su larga gestión de quince años, no pretende haber acertado en todas y cada una de sus gestiones en la selección y programación de los films. Cree, sin embargo haber cumplido dentro de sus posibilidades su misión. Por lo mismo, está dispuesta a aceptar cualquier crítica que, con lealtad y buena intención, se le haga llegar».

«Sin embargo –continuaba el escrito–, creyendo su deber defender un elemental derecho de convivencia, pide a los asistentes a la Semana que eviten cualquier manifestación intempestiva y pública de su opinión, libre y respetable como la de todos, durante la proyección de las películas. Parece a esta Comisión que el respeto a los autores, a la obra en sí y a los demás asistentes no es compatible con cuanto dificulte, de una forma u otra, la perfecta visión y audición de los films».

«Por su parte, la Comisión pide disculpas por las posibles y eventuales deficiencias de la proyección, que serán corregidas lo antes posible. Esperamos de todos los semanistas –concluía el escrito– la mejor colaboración, que no exlcuye, como defimos, la posibilidad de una crítica leal a los defectos de la Semana».

El temor de Olea fue infundado. No hubo pateos para su película, sino «prolongados aplausos» durante la proyección. Al final, la película se llevó el premio San Gregorio. «Satisfacción en la mayoría», decía la crítica de El Norte, que calificaba la cinta como un filme «desigual, en el que junto a aspectos de verdadera calidad, de fuerza, de categoría, se mezclan aspectos fallidos que limitan la obra como conjunto». El crítico de El Norte reservaba el último párrafo para José Luis López Vázquez, famosísimo actor cómico que hacía sus pinitos en el mundo de ‘lo serio’. «Magnífico, impresionante actor dramático por desgracia poco aprovechado por nuestro cie en esta faceta. Un actor de una categoría excepcional, dúctil, expresivo, verdaderamente sensacional», remachaba la reseña del periódico.

Y con estas palabras, también se daba respuesta a las inquietudes del actor, manifestadas a su llegada a Valladolid, el 22 de abril de 1970.

–¿Cómo aceptará el público esta nueva vertiente suya?–, le preguntaron a López Vázquez recién bajado del tren.

–Depende de lo que interprete–, respondía el protagonista de ‘El bosque de Ancines’–. Un actor es el resultado de una serie de cosas: de una obra, de un espectáculo al servicio de una naración, de una fotografía, de otros actores, y de todo lo que en sí es una película.

Y sí. López Vázquez vino a Pucela en tren para participar en aquella edición de la Seminci. «Un actor de cualquier otro país habría llegado en coche y con chófer. Nosotros somos más modestos». La verdadera razón, exponía después, es que se había sometido a una operación de oído el martes y el médico le había recomendado que no condujera. Por eso pilló un ferrocaril que le dejó en la Estación del Norte. Al actor y a su equipaje, porque con él trajo una maleta, maletín, sombrero (a punto de caérsele), un neceser y una bolsa de plástico donde había metido un abrigo negro. La duda parecía evidente. ¿A qué se debía la operación de oído? «A las bofetadas que me ha dado la vida».

Pero lo de pateos ha seguido coleando y no se libró de ellos ni Spielberg. Pero eso lo contamos mañana.