De ruta por los estudios de cinco pintores de Valladolid

Teresa Martínez Sanz explica aspectos de su obra en su estudio de la Plaza Mayor./Henar Sastre
Teresa Martínez Sanz explica aspectos de su obra en su estudio de la Plaza Mayor. / Henar Sastre

Varias visitas guiadas descubren al público el trabajo de los artistas en el hábitat donde crean, venden y exponen sus cuadros

JESÚS BOMBÍNValladolid

Sus vidas transcurren en paralelo al mundo que atrapan con el pincel. Viven entre óleos y acuarelas que colman paredes y suelos en espera de comprador o de una exposición. Todos ellos son veteranos, con años a cuestas en concursos de pintura y certámenes, y algunos imparten clases a niños y mayores interesados en aprender a pintar. Durante tres días han abierto las puertas de sus estudios para hablar de por qué pintan, dónde ponen la mirada para filtrarla en formas y colores o cuanto cobran por uno de sus cuadros.

La iniciativa se enmarca en el Día Europeo de la Creatividad Artística que se celebró ayer organizado por la red CreArt y la Fundación Municipal de Cultura, que han diseñado rutas por la creatividad oculta de la ciudad de la mano de cinco pintores de Valladolid. En una de estas visitas guiadas un grupo de quince personas sube las escaleras de un segundo piso en los soportales de la Plaza Mayor. Allí imparte clases de pintura Teresa Martínez Sanz (Valladolid, 1960), rodeada por decenas de cuadros que dejan claro que naturaleza y bodegones son su especialidad. «Veo un paisaje en una foto y lo interpreto, saco su esencia», cuenta esta graduada en publicidad, participante habitual en concursos de pintura rápida.

«¿Tienes buena venta?», le preguntan entre el grupo de visitantes. «Pues no», responde Teresa Martínez Sanz. «Hoy pinta mucha gente y eso hace más difícil que la pintura se venda; además, han cerrado muchas galerías, las salas de exposiciones del Banco Bilbao, de Cajacírculo, de Calderón.... eso impide que podamos exponer y repercute en que vendamos menos», se lamenta.

Pascual Aranda enseña algunas de sus obras a los visitantes en su local de la calle Dos de Mayo.
Pascual Aranda enseña algunas de sus obras a los visitantes en su local de la calle Dos de Mayo. / Henar Sastre

Otra mujer se interesa por el precio de una acuarela de pequeño formato, una escena en tonos pastel con dos niños que juegan con cometas en una playa: Sesenta euros. «En la habitación de mi nieta quedaría muy bonita, le preguntaré y, si le gusta la idea, se la regalaré», se compromete.

Los jubilados son mayoría en las visitas de la mañana. Por la tarde hay un público más joven, y parejas con niños con inquietudes por el dibujo y la pintura, un mundo al que decidió lanzarse en 2013 Jesús Ezequiel (Valladolid, 1969), dejando trabajos en empresas de diseño e imprentas para intentar vivir del pincel por su cuenta. «Es difícil y tengo que tirar de mis ahorros; si gano algún premio me hace el apaño algún mes, pero está muy difícil vivir de esto, me gustaría que hubiera más cobertura para el arte en la ciudad».

Jesús Ezequiel muestra sus cuadros en su estudio en un décimo piso de la calle Tudela.
Jesús Ezequiel muestra sus cuadros en su estudio en un décimo piso de la calle Tudela. / Henar Sastre

Desde un décimo piso de la calle Tudela este graduado en dibujo publicitario y diseño intenta ganarse la vida con su arte, plasmando a golpe de pincel escenas urbanas, viñedos y riberas de aire impresionista. Encargos de retratos y paisajes de particulares que después recomiendan a conocidos nutren algunos de los pedidos. A la entrada del estudio y en las paredes se acumulan decenas de óleos. «Hasta que mis ahorros puedan aguantar viviré de la pintura, lo intentaré». El precio medio de sus obras, entre 150 y 200 euros, aunque lo fija en función del trabajo que exija la pintura, que puede ocuparle desde una hasta doscientas horas, como el trabajado óleo de una casa Laguna de Duero cuya fachada de minúsculos ladrillos requirió un minucioso trabajo de cirugía artística.

En el ascensor los visitantes comentan las obras que les han gustado y alguno dice que volverá para comprar. «En Castilla y León no tenemos costumbre de visitar al artista en su hábitat, de hablar con él, interesarse, nos da como reparo», comenta Pascual Aranda, pintor que además ejerce de guía de la ruta y encamina al grupo hacia el taller de Isabel Polo Represa (Valladolid, 1960), en la Plaza de la Cruz Verde. Recibe en bata blanca, volcada como está en las clases de pintura y dibujo que imparte desde hace veinte años. «Mi pintura es muy figurativa, pero los trabajos de mi última muestra son muy oníricos», explica al público.

Le preguntan los visitantes por sus alumnos e interviene Pascual Aranda para hablar de la conveniencia de cambiar de maestros de vez en cuando. «Es bueno, porque si no, el alumno se queda estancado; tiene que coger lo mejor de cada profesor», alega.

En Oviedo nació Segismundo Fernández Álvarez (1947), aunque la mayor parte de su vida la ha pasado en Valladolid. Jubilado, cigarrillo en mano, comenta al grupo que comparte con otros ocho pintores su estudio en un octavo piso de la calle Panaderos. «Vender no se vende nada; hay pocos que puedan decir que viven de la pintura», afirma rotundo mientras retoca un retrato femenino de pequeño formato. Echa de menos los años de bonanza, en los que regentaba una tienda de enmarcado y material de manualidades. «Entonces vivía de la pintura, pero no de lo que pintaba, sino de lo que otros necesitaban para pintar en una época en la que se hacían muchas exposiciones», añora.

Pasión por pintar al aire libre

De lo que no puede tener queja este año Pascual Aranda es de presencia pública. Ha colgado sus lienzos en el Palacio Real, en la Casa de las Artes de Laguna de Duero y en el Centro de Personas Mayores de San Juan. Además, su local en la calle Dos de Mayo es amplio, un bajo con dos ventanas desde las que se aprecian las obras que cuelgan en el interior, paisajes rurales buena parte de ellas. Su pasión es pintar al aire libre. Yconcursar. «Voy a los sitios y hago óleo, acuarela, acrílico, y mucho tema figurativo, aunque tengo algo abstracto, pero es mejor decantarse por un estilo y que te identifiquen con él».

Los concursos de pintura son muy codiciados en el gremio. Tanto, que lamenta que este año el Ayuntamiento de Alaejos ha convocado el suyo en San Pedro Regalado, el mismo día que Valladolid. Jubilado tras una vida laboral dedicada al diseño industrial, presume de haberla acompasado con su pasión por el pincel. «El trabajo nunca fue un freno, no me impidió exponer en Francia, Italia o Portugal», dice mientras muestra sus obras, con precios que van desde los diez euros de un grabado de la iglesia de San Pablo a los cien de una acuarela de 41 por 31 centímetros o un óleo de un formato mayor que tasa en 500 euros.

Pasa la mañana y con ella el tránsito de los visitantes por plazas, portales, ascensores y escaleras que conducen a estudios repletos de caballetes, pinceles, cuadros en los que se cobijan quienes han hecho de la pintura eje de su existencia.

La visita concluye en torno a un vino de mistela y unas pastas en el estudio de Pascual Aranda, que fue refugio de los bombardeos durante la Guerra Civil y ahora cuelga en sus paredes pinturas de bosques otoñales, pinares, riberas, tiempos pasados de siega y rincones de pueblos castellanos.

Teresa González, jubilada que sigue atenta la visita, cuenta que ha conocido la obra de Velázquez y Vermeer por una de las clases del centro de mayores Esgueva, y que le ha encantado acceder a los espacios de pintores que desconocía de la ciudad en la que vive. «He disfrutado con este recorrido», cuenta. «Ha sido un gusto tratar a esta gente, deberían ser más conocidos y tener más oportunidades de relacionarse con el público».

Mientras, a Pascual Aranda le comunican por el móvil que hay avalancha de peticiones para visitar estudios de artistas. «Hay curiosidad, pero temo que esto se desborde», comenta con un deje de satisfacción porque ahora la obra de estos pintores está un poco menos escondida entre las calles de la urbe.

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