El Norte de Castilla

Debutantes con conciencia social

Debutantes con conciencia social
  • Tres de los cuatro directores noveles que compiten por el Goya de esa categoría apuestan por el cine social y de denuncia en sus arriesgados debuts

No es el cine un amplificador fiable de los problemas de la sociedad. Su compleja financiación exige un plan de rentabilidad, y las butacas se llenan mejor cuando encaran la felicidad antes que la desgracia. Y sin embargo tres de las cuatro películas que se han seleccionado para la categoría de noveles ofrecen, cada una a su manera, una lectura de las malas condiciones de vida que arrastra este país. Que los directores debutantes pongan el ardor de su esperada primera película en los barrios marginales, en los desahucios, en las trampas de los bancos, da qué pensar. Mucho.

Es el caso meridiano de ‘Techo y comida’, de Juan Miguel del Castillo. El director y guionista tiene claro lo que quiere: denunciar los desahucios. Y también cómo lo quiere: cine austero, directo, ceñido al problema que agobia a la protagonista. Escoge una vida entre tantas, en Jerez de la Frontera: una madre sin pareja que vive con su hijo de ocho años, en paro crónico, sin ayudas, malviviendo de chapuzas muy ocasionales que hay que completar con la búsqueda en la basura y la solidaridad de los vecinos. Las esperanzas de cambio se van cerrando. No hay culpables visibles, cada cual defiende lo que tiene, desde el casero que se cansa de esperar (una interpretación de altura para Gaspar Campuzano, del teatro La Zaranda), el encargado del supermercado que vigila los hurtos o la vecina habladora que vende rifas. Y la película se cierra sobre un final amargo. Una obra valiente, con un presupuesto que ajusta como puede la fotografía y el sonido, y que gana lo que tiene en la verdad de sus interpretaciones.

Daniel Guzmán también sube a los menos afortunados a la pantalla en ‘A cambio de nada’, una película de quinquis y de extrarradios que recuerda obras anteriores de Saura, Fernando León o Achero Mañas. El director cuenta con la ventaja de conocer bien el ambiente de barrio. Entrega lo que vivió en sus años jóvenes en esos descampados manchegos que la capital ha ido absorbiendo, y lo que fue aprendiendo a base de meter la pata y rozar la delincuencia entre buscadores de chollos y tramposos de tres al cuarto. Una autobiografía de formación entre amistades y padrinos que muchos chavales podrían reconocer, aunque posiblemente sin la suerte del protagonista, que se salva de la quema en un final un poco dulzón.

‘El desconocido’ se coloca muy lejos de Jerez de la Frontera o Madrid: en La Coruña. Y se aleja de los barrios marginales desde la primera secuencia: familia en chalé con jardín en plano cenital, coche todoterreno, hijos en colegio privado con uniforme, padre jefazo en un banco. Pero la podredumbre de fondo golpea en la superficie bien pronto. Al principio de manera indirecta, oyendo a los banqueros hablar de dinero sucio. Y pronto con un puñetazo a la mandíbula: esas maniobras de los bancos han dejado sin un euro a familias que terminan por destruirse, y llega la venganza enloquecida de uno de esos desheredados. Dani de la Torre cuenta con un guion muy cuidado y una realización dinámica que transforma las calles coruñesas en una urbe americana. El montaje de las persecuciones y el espléndido sonido de voces y móviles tiene al espectador en vilo, sin que se pierda ese fondo de engaño bancario que el epílogo se encarga de ajustar, con el trabajador despedido, sin ínfulas de corbata y coche vulgar; solo faltó que sus hijos buscaran un colegio sin uniformes.

Desparpajo

‘Requisitos para ser una persona normal’ se sale, ya desde el título, del desgarro realista de las anteriores. Leticia Dolera es la directora debutante, que también escribe el guion y se encarga del personaje principal en un armazón de comedia y de ocurrencias. El intento de la protagonista por llevar una vida convencional, de cumplir los requisitos que se supone a los seres felices, es narrado bajo una serie continua de chistes y ocurrencias bastante afortunadas, en los que el desparpajo de la protagonista rompe cualquier efecto de realidad: miradas a cámara, imágenes partidas, títulos superpuestos, efectos de montaje, colores atrevidos… El problema de este atiborramiento es el equilibrio que impida la saturación y deje avanzar la narración hacia el presumible broche sentimental. Y todo envuelto en la nube de Ikea, auténtico motor decorativo del interesante debut de Leticia Dolera.

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