Zuloaga prefiere escuchar a juzgar

Diego Fernández Magdaleno y Pedro Zuloaga, /Henar Sastre
Diego Fernández Magdaleno y Pedro Zuloaga, / Henar Sastre

El pianista deja la presidencia del jurado del concurso internacional de piano que lleva el nombre de su dúo con Frechilla y le sucede Diego Fernández Magdaleno

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

«Será una delicia escuchar a los concursantes sin notas, sin deliberaciones, sin obligaciones que impidan el disfrute de la música», dice Pedro Zuloaga. El músico vallisoletano, que preside el jurado del Premio Internacional de Piano Frechilla-Zuloaga desde que murió su compañero en 2001, deja la silla a uno de sus alumnos y amigos, Diego Fernández Magdaleno. Casi cuatro décadas separan estas dos biografías, con muchos puntos coincidentes, que se han sucedido en dos Españas musicalmente bien distintas.

Tanto Diego como Pedro han compaginado la docencia con la vida concertística, ambos han sido directores del Conservatorio de Valladolid y han cultivado inquietudes intelectuales colindantes a su trabajo público. Fernández Magdaleno (Medina de Rioseco, 1971) buscó desde niño a esos dos pianistas que tocaban desde Moscú hasta Nueva York, quería aprender con Miguel Frechilla y Pedro Zuloaga de quienes atesoraba recortes de prensa y discos. Y acabó sentado al piano con el primero y en la clase de Historia y Estética de la Música del segundo. «En ambos había un enfoque más allá de la pura interpretación, había pensamiento musical y una necesidad estética detrás», explica el alumno, ahora profesor.

Pedro Zuloaga (1930) nació «de casualidad» en Palencia, «mi padre era abogado del Estado y pasó allí un año. Él quería que yo estudiara Derecho también. En seguida vio que mi vocación musical era muy fuerte y fui a la Universidad por si acaso se truncaba el piano. Entonces en España ser músico era sinónimo de muerto de hambre». Zuloaga, como Tomás Marco o Jesús López Cobos, tuvo la experiencia universitaria que agradece, «me sirvió de mucho, te deja huella». Hasta llegó a impartir varias conferencias sobre los compositores que habían estudiado Derecho, «hay muchos, entre ellos Händel y Schumann».

Pedro y Miguel se conocieron en el tren a Madrid, viaje que hacían dos veces por semana. «Yo iba a clase con Aroca y él, con Cubiles. En el tren se fraguó la idea del dúo. En ese momento en España no había ninguno, un poco antes estuvo el de Javier Alfonso y una alumna, y después de nosotros, tardó en haber otro a pesar del gran repertorio para dos pianos que existe. Nos gestionábamos los conciertos. Entonces no había sociedades filarmónicas con dos pianos, así que decidimos comprarnos uno y siempre viajábamos con él. En el conservatorio nos daban facilidades para poder actuar».

Diego, en cambio, tiene agente. «El mercado de la música es tan grande y complejo que es mejor estar en manos de quien lo conoce». Enseña en Valladolid, toca en toda España y parte de los países vecinos y sigue viviendo en Rioseco. «Me permite mantener mi forma de vida. Mi trabajo público es tocar y a eso dedico buena parte de mi tiempo, a estudiar repertorios nuevos, a estrenar obras y trabajar con los compositores. Aunque mi estudio diario siempre comienza con Bach, hay un componente esencial de mostrar lo nuevo en mi carrera. Yademás necesito leer y escribir». Ninguno de los dos han sido ‘carne’ de concurso, esa efeméride que les vuelve a unir. En 1996 se creó el Premio Nacional Frechilla-Zuloaga, con el apoyo de la Diputación de Valladolid y convocatoria anual. «Fue, junto con el Premio Castilla y León de las Artes, las dos alegrías de Miguel, y mías, antes de que él muriera». Luego se convirtió en internacional y bienal. «Ahora es un premio de gran prestigio, con el O’Shea y el de Jaén».

Celebrar desde el nombre

Tanto Pedro como Diego reconocen a «los profesionales de los concursos, pianistas que necesitan medirse, competir». Sin embargo, Zuloaga apunta que «no son necesarios, aunque sí ayudan a darse a conocer. Desde que comenzó el premio se ha elevado mucho el nivel. Son tan buenos técnicamente que no se ponen nerviosos, no podrían tocar esas obras si no». Y la pregunta es inevitable, ¿cómo se elige entre interpretaciones impecables? «Es difícil, tiene que ver con lo que no está escrito en la partitura, con la expresión, la musicalidad. No se puede saber cómo tocar una obra, cada pianista en cada ocasión lo hace diferente».

Esa tarea le corresponde ahora a Fernández Magdaleno, quien recoge, honrado, el guante. «No es costumbre que celebremos a quienes han aportado tanto a nuestra cultura. Así que está muy bien que el concurso sea referencia de estos dos grandes músicos».

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