«Somos seres sociales, no estrellas»

Maria Joao Pires, durante el ensayo en el Delibes. /Alberto Mingueza
Maria Joao Pires, durante el ensayo en el Delibes. / Alberto Mingueza

Maria Joao Pires, que toca hoy con la OSCyL, cumplirá con sus citas en París, España y Japón antes de dedicarse a sus proyectos

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

Basta con echar un vistazo a las portadas de sus discos para constatar su camino. Maria Joao Pires ha ido despojándose de sus rizos, los pendientes se han minimizado, el atuendo se ha convertido en un discreto hábito de tejidos naturales sobre el que destacan alegres fulares. El enfado con el mundo, que le ha durado hasta antes de ayer, se ha transformado en paulatina renuncia a los oropeles y ha abierto nuevas formas de entender el mundo musical. La Pires que hoy vuelve al escenario que estrenó hace diez años, el del auditorio Miguel Delibes, y al ‘steinway’ que lleva su nombre, es una mujer más sonriente. Ha cambiado el concierto del programa porque uno de sus nueves nietos se puso muy enfermo y estuvo dos meses a los pies de su cama lo que le impidió estudiar el ‘Quinto’ de Beethoven. Algo tan sencillo de decir hubiera sido secreto inconfesable en otro tiempo, cuando su vida estaba en un sistema del que ha ido descolgándose. El público de la OSCyL disfrutará de ‘Concierto nº3’, del compositor alemán.

La pianista portuguesa más célebre da por terminada su carrera en Europa aunque mantendrá sus compromisos en París, España y su gira por Japón. «Nunca encontraba el momento de dejarlo, hace ya cinco años que quería hacerlo. Así que me puse el límite de diciembre de 2017. Tras las citas que finalizan en mayo, tendré tiempo para tocar por razones especiales», explica esta vegetariana amante de la velocidad.

Nueva etapa

«Siempre hay distintas razones para tomar una decisión tan seria. Pero la principal es que llevo 70 años sobre el escenario. Y no lo dejo para tener una vida feliz y tranquila, sino porque creo que me he ganado el derecho para hacer y pensar lo que quiera. Hace tiempo que no disfruto en el escenario.De hecho, nunca me gustó, me he forzado durante muchos años. En la primera parte de mi carrera, cuando era una pianista más, disfrutaba de mi profesión. Pero en la segunda parte, cuando ya mi nombre era conocido, fue distinto. No entiendo la parte positiva del éxito, no me gusta porque cambia nuestra vida, la visión de lo que hacemos, se pierde pureza y la espontaneidad. No te mueve la alegría de descubrir como es natural en cualquier actividad humana. Somos seres sociales, no estrellas. Es bonito ser normal y siempre tuve que hacer un esfuerzo por estar en este mundo», dice en voz queda, como si no quisiera que su palabra llegue más lejos que su brazo.

«Tuve entonces que luchar por mi alma, por mantenerme viva, por ser misma y no cambiar. Me forcé a ser pura, a mantener mi forma de estar en la música. Eso es luchar contra el sistema hasta que me hice mayor y me di cuenta de que no puedes cambiar el sistema y entendí que debía organizar mi vida para crear nuevos caminos, alternativas para desarrollar tu trabajo según lo que crees. Esa es la gran razón de dejar los escenarios. Ahora no quiero luchar más, quiero un poco de paz, trabajar con la música y con otras cosas, ser más creativo en vez de asumir lo que hay. Prefiero inventar y ser útil a otra gente».

Habla mientras come un helado de postre, sin perder la sonrisa a pesar del ariete que conforman sus argumentos contra el mundo musical en el que ha vivido siete décadas. Pires llegó al piano con tres años, cuando aprovechando los silencios de su hermana mayor, a la que iban dirigidas las clases en la casa familiar de Lisboa, se encaramaba a aquella banqueta. Aún hoy la deja en la altura en la que le cuelgan las piernas. Sus pequeñas manos no parecían idóneas para recorrer las 88 teclas, pero su voluntad se impuso. Esa tenacidad sumada a una musicalidad que la convirtió en la pianista por excelencia de Mozart, la acompañó en todos los campos de su vida. Estrella de las salas de conciertos, talento transformado en superventas por Deutsche Grammophon durante 30 años, Pires escapó a la estandarización retirándose al campo portugués, cultivando sus alimentos, viviendo al ritmo del sol. En los noventa puso en pie el Centro de Belgais para el Estudio de las Artes, en su granja de Castelo Branco, un proyecto con pata lusa, salmantina y brasileña. Pero sintió que el Gobierno luso no le apoyó y se exilió en Salvador de Bahía. Después a Bélgica y ahora, reconciliada con Portugal, vive a caballo entre Belgais y Suiza. Ha reabierto su granja, «hay un aceite muy bueno». Allí quiere desarrollar talleres de su proyecto Partitura «Su filosofía es considerar la música como un mensaje, algo que une a la gente y que puede ayudarla. La hacemos fuera de las salas de conciertos, para quienes no tienen acceso a nada», explica contenta. La iniciativa suma a músicos profesionales formados para ser la elite. «La gente que es feliz así, que siga. Pero puedo ayudar a músicos que son infelices porque no quieren concursar, pagar el alto precio de desaparecer como artista para ser mejor que el otro. No me puedo imaginar a un músico sobre el escenario sin tener en cuenta su responsabilidad social sobre el medio ambiente, sobre los millones de esclavos que trabajan en él o las muertes por hambre. Vivimos en una dictadura financiera contra la que no podemos luchar pero sí ser conscientes. La gente puede influir en los otros».

Hace cinco años, cuando la protesta femenina-artística no estaba de moda, Pires escribió una carta a Deutsche Grammophon para protestar por el uso de los jóvenes músicos, más ellas que ellos. Rompió con el sello amarillo «por la explotación y la estandarización de la forma de tocar, vestir y comportarse, todo para vender. Dejó de importar la calidad y el alma del músico. Cuando el mercado es más importante que nuestra integridad, algo está mal». Da por bueno lo vivido, pero quiere seguir caminando. Hoy quizá, por la orilla del Pisuerga.

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