Jazz sinfónico en el Miguel Delibes

Wayne Marshall, director y pianista. /Henar Sastre
Wayne Marshall, director y pianista. / Henar Sastre

Wayne Marshall dirige a la OSCyL en un programa monográfico dedicado a Gershwin y Bernstein

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑO

Tenía ocho años cuando empezó a tocar el ‘Concierto para piano’ de Gershwin. Wayne Marshall se convirtió en organista, pianista y director y no ha dejado de interpretarlo. Esta semana lleva a la Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCyL) a su territorio, a la música americana de Gershwin y Bernstein, un híbrido entre el jazz y la clásica que deslumbró a Europa. El ritmo es su obsesión, transmitir el espíritu de esas partituras que popularizaron bandas sonoras y musicales y lograr que la orquesta le siga como una única voz son los retos que siempre se plantea el director angloafricano cuando pisa un nuevo podio.

Wayne Marshall estuvo en enero de gira por España con la Orquesta Radiofónica de Colonia, de la que es director titular, pero no ha frecuentado las ibéricas. Tan solo la Sinfónica de Euskadi y ahora la OSCyL. Está impresionado por el auditorio y los músicos, solo un pero «¡no hay órgano!». Desde los tres años toca el piano. Creció en una familia muy religiosa de Manchester e iba con sus padres todos los domingos a rezar desde el órgano parroquial. Y siempre ha estado ahí. Ahora, cinco décadas después, los domingos que está en Malta, su lugar de residencia, vuelve a sentarse al teclado eclesial. Enseguida se interesa por el órgano de la Catedral de León, quizá hoy lo visite.

El ritmo medular

Pero no le ha traído a Valladolid ni Bach ni Messiaen, sino los compositores con los que se le identifica en el circuito internacional. «Desde que conocí el concierto de Gershwin en mis años escolares sentí afinidad por esa música.Escuchaba grabaciones de las grandes orquestas americanas que llevaban a las salas sinfónicas esa mezcla de jazz y clásica a gran escala. Ysiempre he vuelto a ese repertorio. A veces tenía que sufrir desde el piano a directores que no lo sentían como yo hasta que luego tuve la oportunidad de dirigir y tener el control total de la interpretación», dice este expresivo director que ha heredado ademanes de Bernstein. Mantiene, como él, un contacto directo con el público, al que habla con regularidad.

«Todos los estilos tienen que ver con el ritmo, desde Beethoven a Wagner, Mozart o Brahms. Cada matiz en estas obras tiene un por qué, una razón, algo que decir. Pero en concreto este repertorio estadounidense debe hacerse desde la base, como en una banda de jazz. La notación está clara pero hay muchas otras cuestiones que hay que acordar porque no son tan obvias», explica Marshall. Dirigirá el concierto desde el piano, «estoy acostumbrado, como toco el 50% del tiempo, la orquesta aprende a funcionar como un gran ensemble de cámara, escucharse y estar muy atentos». Sigue los pasos de alguien que le entró por los ojos en la televisión de los ochenta, André Previn dirigiendo este mismo concierto con la London Symphony y él como solista.

El tono del programa lo dará la obertura de la ópera cómica ‘Candide’ (1956), de Bernstein. Inspirada en la novela homónima de Voltaire, la obra explicita la interpretación estadounidense del mundo europeo que se cierra al final de la velada con ‘Un americano en París’, de Gershwin. Ambos compositores trabajaron con un pie en el teatro y otro anhelando la seriedad de las salas de concierto. Su senda de creación más comercial fue la que les popularizó, la comedia musical tanto para teatro como cine.

«Es cierto que la obra maestra de Bernstein es ‘West Side Story’, como la de Gershwin es ‘Porgy y Bess’, aunque de este último lo que más conoce el público son sus canciones», aclara el director británico que, sin embargo, propone una selección menos estandarizada. Tras la brillantez y potencia de ‘Candide’, el ‘Concierto para piano’, compuesto por Gershwin, un descendiente de emigrantes rusos, cuando ya había triunfado en Broadway junto a su hermano Ira (firmaban las canciones con The Gershwin’s) y anhelaba un hueco en los auditorios serios, en la música menos sujeta a la volubilidad del público, con voluntad de permanencia. Fue un encargo de Walter Damrosch y Gershwin incluye en el tercer movimiento una cita de ‘Un americano en París’.

El tejido de la música

Precisamente ese director estrenará esta segunda obra tres años después (1928) en el Carnegie Hall. Sueño cumplido pues, el compositor lleva el jazz que «corre por las venas de cualquier estadounidense» a sus más altas cotas sinfónicas. Y en medio, la OSCyL afrontará el ‘Divertimento para orquesta’ de Bernstein, una obra que celebró el centenario de la Orquesta de Boston.

Wayne Marshall está contento con su trabajo con la OSCyL, con la que tiene un ritmo similar de ensayos a Alemania, más que en los que le permiten las orquestas inglesas. «Es necesario ensayar para meterse en el tejido de al música, en su núcleo. Así lo hago en Colonia, donde tenemos la suerte de que todo el trabajo se graba para difundirlo después por la radio, eso hace que los músicos estén muy concentrados, a fin de cuentas es un documento de nuestro trabajo». Le decepciona la política de su país, tanto en el referéndum del ‘brexit’ como en el último de Theresa May. «Los políticos no tienen un plan ‘b’».

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