Fito Cabrales: «Yo no uso las redes sociales y sigo sin entenderlas»

Fito, retratado durante uno de sus característicos saltos../Ignacio Pérez
Fito, retratado durante uno de sus característicos saltos.. / Ignacio Pérez

El roquero, que ofrece el viernes un concierto en la Feria de Valladolid con las entradas agotadas, se muestra satisfecho de su «madurez infantil»

CARLOS BENITO

Fito Cabrales es una estrella del rock por ventas y poder de convocatoria. Con las entradas agotadas, el viernes 18 de mayo volverá a demostrar en la plaza de la Feria de Valladolid esa capacidad de reunir a un público masivo y variopinto, que a menudo no tiene muchos puntos de contacto más allá de la devoción por Fito & Fitipaldis. Pero, además, el músico es una estrella en un sentido más clásico, infrecuente en nuestro entorno: no hace falta haberle seguido con atención para conocer por encima los trazos generales de su vida y su carrera, que se han incorporado de alguna manera al dominio público. Sus orígenes, su trabajo como camarero en la barra americana que regentaba su padre, la juventud impetuosa y excesiva al frente de Platero y Tú, su arriesgada apuesta por reciclarse como solista e incluso su vida familiar, con esa hija que ahora tiene 3 años y a la que sigue llamando Coyote. Y lo más asombroso es que todo eso, esa popularidad con la que otros no pueden ni soñar, no parece haber cambiado un ápice su talante cercano y su naturalidad a prueba de aduladores. De Valladolid, la ciudad donde hizo el servicio militar, recuerda con frecuencia anécdotas de sus andanzas por los bares de Cantarranas.

–Entre la caja que editó el año pasado y el repertorio de grandes éxitos de la gira, está en un momento de repaso. ¿Se le pone el ánimo tristón al volver la vista atrás?

–Quizá al repasar la vida sí que te entran nostalgia y esas cosas, pero al volver la vista atrás sobre mi carrera no tengo ese sentimiento de 'qué tiempos aquellos'. Al revés. Cuando hacemos 'Rojitas las orejas' en directo, me vienen muchos recuerdos y me asombra cómo han pasado los años.

– Tiene 51. ¿Ha sufrido la crisis de los 50?

–Yo creo que fueron peores los 40, porque sí me jodió pasar de ser un treintañero a ser un cuarentón, pero los 50 me han dado igual. Vamos a cumplir 150, si hace falta. De todas formas, esas crisis pasan rápido: puedes pensar durante tres segundos en los años que tienes, pero la vida te ataca por todos los lados y tus ilusiones no te dejan pensar.

–¿Cómo ha vivido la experiencia de ser padre a una edad tan...?

–¡Tan respetable, ja, ja...! Mola mucho ser padre a esta edad, porque te ha cambiado la visión y le haces mucho más caso. Ahora ya no estás tan atrapado, el ego ya se fue y priorizas más: yo me he volcado más con la niña que con mis dos hijos anteriores, porque entonces tenía más disperso el horizonte, más cosas en la cabeza. Ahora el Coyote está en el pódium.

–¿Qué le gustaría que aprendiese de usted y qué preferiría que no hiciese igual?

–Hostia, qué maldad... De los tres hijos que tengo, ninguno se parece a otro. Hombre, lo fundamental es que busque la felicidad, que sepa que puede hacer cosas que la hagan feliz. Y que sepa también que, si te preocupas por los demás, te suele ir mejor. En cuanto a lo malo, conmigo mismo tengo una contradicción: no mola ser obsesivo, en mi caso con el trabajo, pero también creo que no hay otra forma de hacerlo. A toro pasado, te dices 'solo pensaba en la música, no tenía otro proyecto, me he perdido cosas', pero a la vez me parece que tienes que pagar ese precio.

–Le hemos visto hacerse mayor, pasar de una juventud más alocada a una madurez... ¿Cómo describiríamos su madurez?

–¡Infantil, ja, ja...! Hay ciertas vocaciones que mantienen a nuestro Peter Pan, y la música es una de ellas, no la más ejemplar. Durante una gira tienes ese síndrome maravilloso: el escenario te rejuvenece, aunque seas un señor de 50 años que se levanta a las ocho de la mañana porque se levanta su hija.

– ¿Y la madurez brinda material válido para el rock and roll?

– Sí que sirve, porque miras por el retrovisor y puedes contarlo todo. No tienes que estar todo el día intentando que te ocurran cosas, porque ya te han ocurrido muchas: puedes aplicar tu punto de vista actual a cosas pasadas. ¡Eso es lo bueno de la vida! No me parece muy acertado mantener una visión inamovible, porque entonces ha pasado el tiempo en vano, no has aprendido nada.

–¿El 'running' es hoy su vicio?

–Es lo bueno de los que nos enganchamos a todo, que nos pasa tanto con las cosas que no nos han hecho mucho bien como con las que nos vienen estupendamente.

– Ya, no existe una línea roquera de 'running'.

– Y eso tiene sus ventajas: cuando estoy de gira, salgo todas las mañanas a correr, esté donde esté, y es el único momento en el que no me conoce nadie, porque vamos todos disfrazados.

–Entre Platero y Fitipaldis, ¿ve más ruptura o continuidad?

–La verdad es que yo no lo veo como un salto. Hay un momento en el que tu cabeza hace clic y ya no quieres cantar canciones escritas por otros, aunque sean buenas. Te cuesta mucho. Incluso te da apuro defender canciones que no te molan demasiado. La putada es que las cantas tú: también el batería tiene que sentir cierto amor por las canciones, pero el cantante tiene una implicación muy grande. A partir de ese momento, solo quieres cantar lo que sientes de verdad, y te das cuenta de que a lo mejor no estás preparado para seguir en una banda. Pero hay más continuidad que ruptura.

–¿Qué música se ve haciendo dentro de quince o veinte años? ¿La misma, o puede haber algún giro?

–¡Ojalá pudiera hacer giros inesperados! Para eso hace falta talento, y el mío llega hasta un límite, ja, ja... Ahora simplemente intento hacer canciones que me enamoren, que me den ganas locas de enseñárselas a la gente. Eso ya es un reto. Me conformo con tener esas ideas que me ilusionan.

–Es uno de los pocos artistas que hablan sin remilgos de sus bloqueos creativos. ¿Ahora está en sequía o en racha?

–Seguimos bajo mínimos, ja, ja... Lo digo porque no creo que sea ni bueno ni malo: esto no es una cadena de montaje y sería horrible tener que mentir a mi edad. Me encantaría tener una libreta llena de canciones y poder ir grabando, pero no, cada vez se me ocurren menos: la música sucede más a menudo, pero los textos se me resisten.

–También es muy abierto para hablar con naturalidad de su vida: otros artistas se exhiben en las redes sociales pero luego se vuelven pudorosos.

–Yo no uso las redes sociales y sigo sin entenderlas: no sé por qué todo es tan importante. Todavía no tengo WhatsApp, mis amigos se parten el culo cada vez que les mando un mensaje. Pero, si me preguntan por algo, contesto, ¡porque hablar sí me gusta! Soy un poco el chapas.

– Ha recorrido un montón de veces toda España. ¿Le llaman más la atención las diferencias o los parecidos entre unas regiones y otras?

–En los conciertos somos todos bastante parecidos, pero también es verdad que el cordobés y el asturiano que vienen a vernos tienen un denominador común: les gusta lo que hacemos.

–Claro, los dos son de la 'nación Fitipaldi'.

–Eso. Desde el punto de vista musical, todos sabemos que un malagueño tiene un arte diferente a un cántabro o un vasco. Y eso es maravilloso: es verdad que en el sur son más efusivos, no has tocado una nota y ya están cantando, pero también me gusta la sensación de que me observen con más frialdad, como ese público norteño que no se involucra tanto pero da aplausos de verdad.

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