La profesora Ana María López Encinas.
La profesora Ana María López Encinas. / Ricardo Ota

Una flota de órganos que pide organistas

  • Ana Mª López Encinas ha estudiado
    la organería del XVIII en la provincia de Valladolid en una tesis presentada en la UVA

Estaba estudiando órgano en Madrid cuando un accidente de tráfico rompió sus piernas y la obligó a un quiebro en su relación con el instrumento. Ya no podría ser concertista así que Ana María López Encinas terminó el grado medio y trascendió teclado y pedalero para observar otros aspectos de esa máquina que la hipnotizó desde pequeña. Cuando su abuela la llevaba a misa en Antigüedad (Palencia), «no podía dejar de mirar hacia atrás, buscando el órgano. Yclaro solo recibía capones». De aquellas reprimendas a la tesis que presentó hace una semana en la Universidad de Valladolid han pasado décadas de estudio y docencia en el Conservatorio de Valladolid, donde es profesora de Fundamentos de la composición. Hace once años que inicio la investigación que ha desembocado en ‘La organería en Valladolid y su provincia en el siglo XVIII’.

«En ese momento la demarcación provincial era más amplia que ahora y aunque me he limitado a la actual, son 8.100 kilómetros cuadrados en los que he encontrado órganos en los sitios más insólitos. Además del siglo XVIII, la edad dorada del órgano barroco, hay archivos civiles y eclesiásticos, mucha documentación. En el Archivo Diocesano hay censados 250 pueblos, en los pequeños había un solo órgano pero en los grandes como las Medinas o Tordesillas hay varios y muy importantes. En ese archivo estuve cinco años y medio; cuatro en el diocesano y otro año y medio en el de la Curia», explica López Encinas. Otros dos años de consultas en el Archivo Históricos de Valladolid y varios viajes a los de Medina, Burgos, Ávila o Palencia completan el periplo archivístico. En total ha estudiado 257 órganos y catalogado restos de otros 80. «Me he centrado en los que no se conocían, casi todos en el mundo rural. Es curioso porque muchos pueblos pequeños tenían órgano como reacción a la iniciativa del vecino. Es lo que pasa en los que rodean a Tamariz de Campos».

En concurso de acreedores

Para abastecer todas esas demandas, había cuatro organeros en Valladolid capital y otros en Peñafiel. «En aquel momento un órgano pequeño costaba aproximadamente lo mismo que una casa, entre 6.000 y 7.000 reales los pequeños. Los grandes llegaban a los 30.000 y 35.000 reales. Los párrocos pedían ayuda a los feligreses, a veces duques o condes hacían una aportación particular. Era la última pieza de la dotación de una iglesia; el retablo, el suelo, la bóveda y se completaba con el órgano». Desde Valladolid se producían instrumentos para toda Castilla y León. «Joseph Álvarez de Villa, Manuel Benito Gómez, los Ballesteros y Antonio Ruiz Martínez trabajaron en la capital. En Peñafiel estaban Antonio Celio, Gabriel López Ortega, que heredó el negocio del anterior, Ambrosio Fernández Quintero y Manuel Miguel Sancho, estos dos trabajaron para la zona de Segovia».

Los protocolos de los órganos, una suerte de escrituras, son los que permiten seguir el rastro a los trabajos de los distintos talleres. «Es curioso porque los hay que entran en concurso de acreedores, como si el organero se comprometiera a más trabajo del que podía sacar. Es sorprendente la cantidad de instrumentos que llegaron a construir algunos. También se constata un abaratamiento de los materiales para lograr las adjudicaciones», explica la musicóloga. Uno de los organeros que se arruinó en Valladolid fue el burgalés Antonio Ruiz haciendo el órgano de San Miguel de Medina del Campo. «Trabajaba en Rodilana cuando le embargaron todo. De él es el órgano de la catedral de Valladolid, el de Geria y el de La Seca, el más espectacular de la provincia. Tuvo que volverse a su pueblo». También en municipios más pequeños hubo taller, como en Cervillego de la Cruz, «el nieto del organero recupero el oficio pero le tocó la época de vacas flacas y en la partida de defunción se especifica que ‘murió pobre’».

En su indagación López Encinas se ha topado con un órgano en Portugal de un organero que los portugueses afirmaban que era luso y sin embargo era vallisoletano. «Manuel Benito Gómez era sacerdote. Hizo el órgano de San Pedro de Tordesillas con la peculiaridad ornamental en la zoquetería de unos ángeles soplando por cada tubo (imagen de la izquierda). Eso lo vi en Portugal, idéntico adorno pero en otra disposición».

Los sacristanes o los organistas de estos pueblos tenían unas fanegas de trigo y un minisueldo para mantener el instrumento vivo, loando a Dios regularmente. «Ahora tan importante es restaurar como recuperar la figura del organista.De los 257 órganos catalogados, solo 23 están en uso. Los hay incluso muy cuidados, pero nadie los toca».