El Norte de Castilla

Maruchi Fiz, Ricardo González y Chema del Fraile.
Maruchi Fiz, Ricardo González y Chema del Fraile. / Henar Sastre

Enganchados
a la Sinfónica

  • Tres fieles de la Sinfónica
    de Castilla y León desde su comienzo en 1991 cuentan su experiencia en la semana del ‘Homenaje al abonado’

La fascinación de su hijo desde los tres años o el gusto musical del marido hizo que estas dos parejas se engancharan a la Orquesta Sinfónica de Castilla y León desde su nacimiento en 1991. En la semana que se celebra el ‘Homenaje al abonado’ Ricardo González, Inés Monjas, Chema del Fraile y Maruchi Fiz pueden presumir de serlo aún antes de que existiera esa categoría.

«Empezamos a ir a los conciertos porque Roberto (concertino de la Orquesta de la Accademia Nazionale di Santa Cecilia en Roma, de la Winterthur de Zurich y de la Sinfónica del Festival de Verbier) mostró un temprano interés por la música. Entonces no había abono y como el niño era muy pequeño, buscábamos siempre los mismos asientos, –atrás, en la parte de arriba por si él incomodaba a alguien o quería salir, aunque nunca pasó–. Los que queríamos determinados sitios hacíamos unas colas larguísimas. Mientras yo esperaba, Inés se lo llevaba a merendar», explica Ricardo, que aunque en casa escuchaban música no eran especialmente melómanos. El «salto a la música sinfónica en directo» vino por su hijo.

Chema del Fraile siempre fue cantarín, primero en su Palencia natal, luego en Valladolid. Fue durante la carrera enBarcelona cuando el entonces aspirante a arquitecto cató a grandes orquestas y ballets. Cuando se casó con Maruchi hizo proselitismo. «A mí me gusta el teatro, al principio no me hacía mucha gracia, pero si no iba con él, me aburría», confiesa ella. «Ahora me encanta. No me lo perdería. Cuando vamos de viaje siempre buscamos la programación del lugar para ver a otras orquestas». Él terminó arquitectura y construyó el barrio Valparaiso. «Quería hacer algo para que los jóvenes se aficionaran al teatro, a la música, al cine. Proyecté un semisótano como centro social pero no hubo manera de sacarlo adelante, pese a que era poca la inversión por vecino. Acabé fundando una coral con el nombre del barrio, Valparaíso». Es una de las asiduas de los conciertos participativos del auditorio Miguel Delibes.

Estos abonados han acompañado a la OSCyL en sus mudanzas, del Carrión al Calderón, de allí al Miguel Delibes. Han ido echando de menos a los músicos que se fueron y hasta los que se cogen excedencias –«¿dónde está el contrabajo de los rizos?», pregunta Chema refiriéndose a Ximo Clemente–. Ricardo, también fotógrafo, ha desempolvado un trabajo sobre un ensayo de la debutante OSCyLen noviembre de 1991. «Hay una mutación de gente mayor de lo que creía. Y en cuanto a sonido, ha mejorado exponencialmente. Los 25 años no han pasado en balde».

Recuerdan a los directores, a los solistas y cómo se ha ido elevando el nivel. «Me sorprende siempre la gran cantidad de directores y músicos jovencísimos y guapos que hay ahora», dice Maruchi. «Solo falta que el público sea también joven», apunta Ricardo. Sobre la relación juventud-música clásica planea la cuestión cultural, la económica, la social. «No creo que sea tanto un problema de acceso económico como cultural», dice Ricardo. «Hay que motivar a los niños. Tengo cinco nietos y estoy esperando que uno que parece que le gusta cumpla los ocho años para traerle a los conciertos», anuncia Maruchi. «Me aficioné porque en el colegio mayor cada día del fin de semana había o música-fórum o cine-fórum, además de literatura. El hecho de ver y oír te va educando el gusto en la diferencia de lo que pruebas», apunta Chema.

Impuestos bien pagados

Respecto al precio, «nunca lo consideramos un handicap porque preferíamos gastar en vivencias aunque tuviéramos una caja de cartón por mesa en el salón», recuerda Maruchi evocando su juventud. «Siempre pensé que invertir en conciertos era la parte más interesante del pago de mis impuestos. Los precios son similares a los del fútbol», apunta Chema del Fraile. «Aunque el fútbol desgrava en Hacienda y la música no, es una vergüenza», apostilla Maruchi Fiz.

Si pudieran escribir la ‘carta musical a los Reyes Magos’, Ricardo querría volver a ver a los violinistas Leonidas Kavacos o Janine Jansen con la OSCyL. «Si es alguien que no haya estado, voto por Lisa Batiashvili. Sería un reto también oír a la OSCyL dirigida por Gerguiev». Los coros rusos dejaron huella musical en el oído de Chema cuando estuvo en San Petersburgo y le gustaría que vinieran. Por su parte Maruchi es más de tenores, «son todos tan buenos...».