El Norte de Castilla

De izquierda a derecha, Fernando Sánchez, Emilio Mitre y José Ramón Santos pasean por una calle de Valladolid recordando las audiciones musicales que organizaban.
De izquierda a derecha, Fernando Sánchez, Emilio Mitre y José Ramón Santos pasean por una calle de Valladolid recordando las audiciones musicales que organizaban. / Henar Sastre

Conniff, Ellington, Bach

  • Las audiciones musicales reunían en la década de los sesenta a decenas de vallisoletanos en torno a un tocadiscos para escuchar melodías clásicas, jazz o temas populares del momento

Es una tarde de domingo a comienzos del otoño, y José Luis ha ido a recoger a su novia Julia para su habitual paseo por la ciudad de Valladolid. Mientras caminan, hablan de cómo ha ido la mañana, de los meses que han pasado juntos y de sus planes de futuro, hasta que la pareja se detiene en la calle Ruiz Hernández. «Te invito a algo», le dice él volviéndose con una sonrisa pícara, de esas que a ella le enamoraron mucho antes de lo que está dispuesta a reconocer. En ese momento suenan cinco campanadas desde La Antigua. Julia, como toda señorita bien de 1964, no tiene que volver a casa hasta las ocho de la tarde, de modo que accede, intrigada, pese a que la invitación ha tenido lugar lejos del bar Montesol… José Luis se ha parado frente a la Congregación de los Luises.

José Luis guía a Julia por unas pequeñas escaleras hacia el salón. Allí, a mano derecha, se dirigen hacia la Sala Pequeña de la Congregación Mariana Universitaria, donde ya esperan Emilio Mitre, Fernando Sánchez Carrasco y José Ramón Santos; los tres responsables de las llamadas Audiciones Musicales que se celebran cada domingo en Ruiz Hernández, sesiones semanales gratuitas en las que los tres jóvenes comparten su conocimiento, sus discos y, sobre todo, su pasión por la música, en una de las actividades más rompedoras para el ámbito cultural vallisoletano de la época.

A la hora de sentarse en las sillas de madera, José Luis lamenta que en esa ocasión el grupo no haya podido disponer del salón de actos del piso de arriba, con butacas más cómodas, un escenario con su estrado y sus sillones, notablemente formal, y una escalera de acceso señorial mucho más impresionante. Julia, por su parte, no puede dejar de admirar la esforzada decoración de las paredes, repletas de fotos de grandes músicos y carátulas de los grandes discos propiedad de los tres muchachos.

La pareja recibe un programa de la sesión del día. Cada uno de los amigos se ha especializado en un género diferente: Mitre, en la música clásica; Santos, en el jazz, y Sánchez Carrasco, en las melodías y bandas sonoras de cine más populares del momento. Los dos últimos son, además, propietarios del cuarto protagonista sobre el escenario: un tocadiscos Dual fabricado por la entonces todopoderosa Industrias Bettor.

José Luis y Julia escuchan, entusiasmados, la Sinfonía 45 de Haydn, la 5ª de Beethoven y dos Danzas Húngaras de Brahms. A Julia no se le escapa que Santos mira ocasionalmente al público y toma pequeñas notas en su guion; ella no lo sabe, pero está registrando el número de gente que había al comenzar, los que han ido llegando y los que quedarán tras finalizar la segunda parte, dedicada esa tarde a tres conjuntos musicales de moda: Los Agaros, Los Estudiantes y Los Ángeles Azules, que solo dos años después eliminarían el color de su nombre para alcanzar el estrellato como, simplemente, Los Ángeles.

La Audición Musical termina a las dos horas y José Luis acompaña de vuelta a Julia hasta su casa, sin dejar de prometerle durante el camino que regresarán a la congregación de los Luises el próximo domingo. A lo largo de este curso, en los meses más fríos de Valladolid, los jóvenes de la ciudad se empaparán de la música de Mozart, Bach y Wagner; de Bessie Smith, Duke Ellington y Louis Armstrong, de Ray Conniff y Paul Anka, en una suerte de modesto experimento emprendido por tres jóvenes entusiastas, a medio camino entre lo lúdico y lo pedagógico, que sus artífices recuerdan con cariño aún hoy, después de más de cincuenta años.

Historia con música clásica

Las sesiones de música clásica con breves pinceladas de la Historia de entonces solían ser las primeras en escucharse en una tarde de audiciones musicales. Era Emilio Mitre (1941) el encargado de desempeñar este formato sobre el que vuelve la vista en 2016, inevitablemente, con ojo de historiador: «El atraso bajo el que nos movíamos era evidente », declara este profesor, quien más tarde llegaría a ser catedrático de Historia Medieval por la Complutense de Madrid.

Como Santos y Sánchez Carrasco, Mitre formaba parte de las Congregaciones Marianas Universitarias de Valladolid, los Luises, una agrupación religiosa que vio el inicio de su ocaso en los mismos años que se desarrollaban las audiciones, cuando el Concilio Vaticano II marcó la nueva postura de la Iglesia Católica, más aperturista hacia las diferentes ramas religiosas; una perspectiva que chocaba con la férrea actitud de tradicionalismo y rigidez propia de estos jesuitas.

En este contexto desarrolló Mitre una breve historia de la música clásica vinculada a todo cuanto sucedía en el mundo por aquellas fechas, con el viejo continente aún sanando de los estragos de su última Guerra Mundial. El Romanticismo como base del nacionalismo musical, con las incorporaciones de Liszt y Tchaikovski, y autores alemanes de la talla de Bach, Händel o Mozart, construyeron una serie de programas donde el plato fuerte fue la ‘Heroica’ de Beethoven, con el director Wilhelm Furtwängler conduciendo a la Filarmónica de Berlín, «todo un lujo para aquellos años». El material era su fondo de discos personal, adquirido en el desaparecido establecimiento Música y Quinielas, situado en la esquina de las calles Santiago y Zúñiga.

Al repasar hoy sus antiguos textos, el profesor Mitre recuerda al joven Emilio como «una persona con formación de historiador, un poco verde todavía, católico conciliar y no postconciliar, y que, aunque políticamente independiente, veía con abierta admiración lo que estaba logrando la Europa del momento». Entre sus obras de cabecera destacan ‘La decadencia de Occidente’, de Oswald Spengler y dos textos de Arnold J. Toynbee, ‘Estudio de la Historia’, que rebatía el libro anterior, y ‘La Europa de Hitler’, editado a mediados de los 50 y uno de los primeros cauces por los que la masa española comenzó a conocer, de verdad, las atrocidades nazis contra el pueblo judío, tanto en Alemania como en países bajo el dominio del Reich. «No sé hasta qué punto éramos conscientes de lo que pasaba en el resto del mundo», señala, para luego asentir a una frase de su amigo Santos al respecto: «Estando dentro del ajo es imposible tener sentido crítico».

A lo largo de su carrera como medievalista, Mitre no ha dejado de lado su pasión por la música clásica, y atesora desde la capital de España distintos recuerdos melódicos de Valladolid, al margen de las audiciones musicales, como los espectáculos melódicos del Colegio Mayor de Santa Cruz o un concierto de la Sinfónica alemana de Bamberg en el Teatro Carrión, dirigido por Joseph Keilberth en 1966.

En pos del verdadero jazz

Pocos eran en el Valladolid de los sesenta quienes conocían a fondo a los grandes del jazz, nombres tan reconocibles hoy como los de Ray Charles, Louis Armstrong o Ella Fitzgerald, entre muchos otros. José Ramón Santos (1942) era un miembro de aquella minoría de conversos tempranos al jazz, atraído ya por el ritmo y la vitalidad de este género musical en las décadas anteriores por los entusiastas comentarios de su hermano mayor, Vicente, que escuchaba en la radio algunas piezas de Sleepy John Estes, Count Basie o Sidney Bechet: «Hay una esencia en ese swing, en su sentimiento o en el alma negra fundida en sus acordes que nos produce un sentimiento especial», sostiene Santos.

Su bagaje comenzó a construirse a partir de una decisión clave junto a su amigo Fernando Sánchez Carrasco: la adquisición a plazos del tocadiscos Dualette 55 que protagonizaría las posteriores sesiones de las audiciones musicales. Durante un año, cada joven aportaba 30 pesetas al mes y se turnaban el ‘juguete’ cada quince días. ‘Los grandes del jazz’ fue el primer disco de una vastísima colección que pronto superó los dos centenares en este formato, la treintena de EP y el centenar en formato CD, además de otra treintena de libros especializados en el jazz. «Ese disco fue decisivo para mí», admite. Además de las canciones del LP, Santos se fijó en los comentarios críticos firmados a su reverso por el presidente del Hot Club de France y experto en jazz Hugues Panassié, quien terminaría de iluminar su vista hacia esta música a través del libro ‘Historia del verdadero jazz’.

En distintas sesiones, Santos dio a conocer los orígenes del jazz a partir de los góspel y los blues (entonces pronunciados ‘blúes’), su emersión con Duke Ellington, Jelly Roll Morton y Joe King Oliver, la consagración de maestros del jazz como Louis Armstrong o Ella Fitzgerald; del swing, como Earl Hines y Mezz Mezzrow, y las grandes orquestas de Fletcher Henderson y Lionel Hampton. Pero además mecanografiaba los programas, a dos dedos, en su Remington portátil magenta, donde también confeccionaba las previas y reseñas de las audiciones que enviaba a los periódicos que se editaban en aquellos días en Valladolid: la publicación de la Asociación de la Prensa ‘La Hoja del Lunes’, el clerical ‘Diario Regional’, el falangista ‘Libertad’ que fundara Onésimo Redondo y, claro, el liberal El Norte de Castilla.

La posterior evolución del jazz hacia el bebop de Dizzie Gillespie y Charlie Parker, el cool de Miles Davis y el free de John Coltrane no logran conmover a Santos: «Se han dejado llevar por un culto al virtuosismo de los diferentes instrumentos en detrimento del espíritu vivaz del jazz tradicional de los primeros años». Los alardes a la trompeta o los rápidos toques de saxofón le resultan, a su juicio, desprovistos de esa alegría y del sentimiento de «los grandes del verdadero jazz».

Ficción y música popular

En el reencuentro de los tres amigos para este reportaje, celebrado proverbialmente en el Hotel Mozart de la calle Menéndez Pelayo, ninguno se empaña más de la emoción que Fernando Sánchez Carrasco (1945). Pese a que ha mantenido un contacto regular con Santos, lleva 21 años sin ver a Mitre, quien le introdujera en los Kostkas, donde se encargó del servicio de bibliotecas y el mural de noticias de la agrupación. Ese sentimentalismo entronca con el carácter bohemio que dio a sus audiciones musicales, al estilo de radionovelas en directo, en las que los protagonistas eran los temas musicales y populares del momento.

«Lo más recurrente eran las historias sobre el muchacho solitario», recuerda en voz alta, ese ‘Lonely Boy’ de Paul Anka con el que Sánchez Carrasco se identificaba y narraba historias amorosas, llenas de pinceladas autobiográficas y melodías románticas de películas como ‘Despertar a la vida’ o ‘Las pícaras doncellas’: «Siempre terminaban fatal», asume con una media sonrisa.

«Éramos una mezcla de tres estilos diferentes», asiente con respecto a las audiciones. «Sí que buscábamos enseñar algo, mucho más que oír música». Rememora que en el pacto de turnarse el tocadiscos que tenía con Santos «pasaba las dos semanas restantes deseando que llegase el día del relevo», y cómo se encargaba de los dibujos que encabezaban los programas de cada sesión; motivos decorativos en forma de instrumentos musicales que confeccionaba a mano, en ocasiones mediante plumilla, y a veces con punzón.

Otro de sus ardides en las audiciones fue bautizado como la ‘Pequeña vuelta al mundo con música’, donde vertebraba una amalgama melódica de temas que en sus títulos rescataban países de todo el mundo: ‘Madison in France’ de George Jouvin, ‘African beat’ de Bert Kaempfert o ‘Mar abierto’ de Santo & Johnny, entre otros muchos discos de su colección, que incluían a The Ventures, a Ray Conniff y a los Spotniks.

Su gran debilidad fueron las bandas sonoras de películas de John Wayne, de ‘¡Hatari!’ a ‘Los comancheros’, y de largometrajes como ‘Los cañones de Navarone’ o el tema de James Bond: «Muchas grandes películas, como ‘La fiera de mi niña’, adaptan para su trama la música, y como resultado la melodía es olvidable. Ya nadie la recuerda. En cambio, hay otras como ‘Raíces profundas’ que, además de acompañar a una buena película, son estupendas piezas sonoras».

¿Y qué fue de los Beatles, los grandes olvidados en las Audiciones? «Quedaban un poco fuera de juego junto al rock y sus derivados, en esos años empezaban a causar furor, pero en la España del momento no creo que gozasen de un masivo predicamento», duda Mitre. «Entonces no nos gustaban, nos parecían pueriles, aunque ahora decimos ‘chapó’ si los comparamos con cuanto ha venido después», opina Santos. Sánchez Carrasco mira un momento al aire y, tras suspirar largo y tendido, concluye: «Algunas orquestas sinfónicas han hecho versiones preciosas de los Beatles. Supongo que, si hoy repitiéramos las audiciones musicales, tendríamos que meter algo de ellos».