Montserrat Torrent, organista,
Montserrat Torrent, organista, / Henar Sastre

«La vejez derrumba
la humanidad, prefiero que me oigan a que me vean»

  • Montserrat Torrent, decana de los teclistas

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No se dejen engañar por su apariencia de abuela afable. Ha cumplido los noventa y es amabilísima, pero la cabeza de Monserrat Torrent alberga una lúcida inteligencia y su sordera la convierte en una sagaz monologuista. Pide perdón por ello, aunque incluso así, su verbo es provocador, agudo, inquieto. Hace poco solicitó en unos grandes almacenes «ropa como para ir al Parlamento, fea, porque ahora si vas bien vestido te miran mal».

Torrent aprecia mucho el trabajo de los organeros, en este caso el de JoaquínLois. Estudia todos los días cuatro horas y cuando está de viaje, también. Ayer ensayó por la mañana, aprovechó una misa para el descanso y participó de la siguiente. ¿Tocar música litúrgica incidió en su fe? Y Torrent sonríe. «Sí, y escucharla, también. Me gustaría morir escuchando la ‘Pasión según San Mateo’, de Bach, pero como es fácil que me pille sin el audífono, la tendré que escuchar dentro. Tengo un gran poder evocador (se pone a cantarla). Si quiero, ahora suena. Te hace sentir que alguien más que un hombre inspiró esta música». Montserrat para brevemente y sigue. «Dicen que los animales tienen una gran inteligencia y que han fabricado útiles para favorecer su alimentación. Pero ¿han logrado componer algo así? No es comparable la inteligencia animal con la humana. Habrá inteligencia, no digo que no, pero también un abismo».

Hace tiempo dio un concierto en Barcelona al que asistió su hermana. A la salida, le informó de que «todos los asistentes tenían los ojos llorosos. Por favor no más repertorio tan triste, me pidió. Y es que acaba de quedarme viuda y yo estaba triste. Si estoy así, toco así, te fundes con la música. No puedes tocar alegre con lágrimas en los ojos». A partir de entonces decidió infundir alegría a sus programas, lo que deseaba para el corazón de los demás fue calando el suyo. Las obras elegidas para el concierto de hoy, organizado por la Asociación Manuel Marín, obedecen a ese espíritu. «Tocaré música antigua española aunque me ha parecido bien ampliarlo con un compositor italiano que he descubierto hace poco, Tarquinio Merula. Es interesante su tipo de escritura porque no tiene nada que ver con nuestra música, aporta alguna novedad en cuanto a la sensibilidad. Es ya música tonal. Y también algo de Marin Marais, que lo ha tocado mucho Savall en sus bandas sonoras. Es una obra para orquesta que transcribió un holandés para órgano y que versa sobre mitología. También tocaré algo de Elías, aunque pongo en cuarentena que la obra sea suya porque es muy dinámica y no tiene nada que ver con su estilo, mucho más reiterativo. Acabo con música española, una pavana, una suite y una chacona, para que mi hermana no diga que hago llorar al público, para no quedarme sola en la iglesia».

Sus órganos preferidos

Torrent es hija de madre pianista y anduvo media vida justificando la traición, «cambiar un instrumento ‘sensible’, como es el piano, por una ‘máquina’, que era el órgano. Siempre he luchado por demostrar la capacidad expresiva musical de esa máquina, su sensibilidad. Y algo debí conseguir si hice llorar como decía mi hermana». Esta catedrática del Conservatorio de Barcelona desde 1956 es conocedora de buena parte de los instrumentos españoles. Si tiene que elegir uno en la tierra del órgano barroco, se queda con el de SanAndrés, «y no es coba». Si amplía el arco, el de Tamara de Palencia. Ha tenido buena relación con los organeros, el martes pasará en tren por Torquemada que para ella es sinónimo de Acitores, y con sus colegas organistas. «Es un gusto ver que la semilla plantada da fruto, otros la fertilizaron después de mí. Nadie es fruto de un único maestro. Hay grandes organistas como Roberto Fresco, De la Rubia, Candendo. Son virtuosos, capaces de tocar limpio y brillante y a la vez hacer sentir la música». Junto a sus alumnos, ha cultivado la relación con los compositores. Mompou, Montsalvatge, Ginastera, Marco, han compuesto para ella. Ahora anda encantada con las obras de un joven italiano, Matteo Bonfiglioli

No le gustan los auditorios, prefiere tocar en sitios más íntimos «donde no se me vea», dice coqueta. «Cuando la vejez derrumba la humanidad, es mejor que me oigan. Es bonito ver tocar a un joven, a un viejo no». Entre crucigramas y diarios, sigue estudiando para un próximo concierto en la iglesia de Santa María de Jesús, en un homenaje que le hacen en su barrio, Gracia.