La madura juventud de Bob Dylan

  • El cantante cumple 75 años inmerso en la eterna gira sin fin y con el público rendido a su forma de entender la música

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75 años no es ná, que diría el castizo. O es una vida entera. Todo depende de cómo se mire. Para Bob Dylan, que este 24 de mayo entra en el club de los que ya han vivido un cuarto de siglo, probablemente sea más lo segundo que lo primero. Él, que siempre fue un obsesionado por la muerte, reconoce que cuando estuvo a punto de ver a Elvis como consecuencia de una infección en el pericardio cambió su manera de afrontar la vida. Aquello ocurrió en 1997, poco después de cumplir los 56, y cuando su carrera musical había entrado en una barrena aparentemente irrecuperable. Pero aquella infección, provocada por inhalar las esporas de un árbol durante uno de sus paseo en moto por las orillas del Missisippi, fue como la catarsis que necesitaba. Ya había dejado grabado ‘Time out of mind’, el álbum que le devolvería el favor del público, pero que estuviera a punto de morir los días previos a su publicación le aportó el imprescindible halo de culto.

Dylan siempre ha sido un obseso de la muerte. Siempre está presente en su obra. No directamente la mayoría de las veces, ciertamente, pero sobrevuela constantemente sus composiciones. «Cuántas muertes más serán necesarias para darnos cuenta de que ya han sido demasiadas». Este verso de la mítica ‘Blowind’ in the wind’ ya avanzaba en 1962 lo que significaba la parva para el jovenzuelo de Duluth que brujuleaba por las calles del Greenwich Village. Luego llegaría ‘A hard’s rain a gonna-fall’ o tantas y tantas canciones en las que, bajo el aura de la denuncia social, subyacían historias de muerte. El fin de la vida fue la correa de transmisión que agitó el universo de Dylan –y por extensión el de todo una cultura en los 60 y 70-, y cuando con el paso del tiempo se centró en cosas tan ajenas a él como el cristianismo comenzó el declive. Un declive que solo la proximidad de la muerte terminó por frenar y facilitar el cambio de situación. «La muerte no llama a la puerta. Está ahí, presente a la mañana cuando te despiertas. ¿Te has cortado alguna vez las uñas o el pelo? Entonces ya tienes experiencia de la muerte». A Dylan, que ha pronunciado y escrito billones de frases de esas que se llaman redondas, el sintagma se le olvidó. Y casi lo paga con su muerte artística.

Bob Dylan cumple 75 años

Un estudio de la investigadora Dianna Kenny, de la Universidad de Sydney, concluía que las estrellas de la música, da igual el género siempre que no sea clásica, viven de media 25 años menos que el resto de las personas. Kenny analizó la muerte de 12.665 músicos estadounidenses que murieron entre 1950 y junio de 2014 y obtuvo esa conclusión. Las causa son fácilmente imaginables: «La 'escena' de la música no proporcionan límites para esperar un comportamiento aceptable. En realidad, hace lo contrario: valoriza la conducta escandalosa y la actuación de los impulsos agresivos, sexuales y destructivos que la mayoría de nosotros sólo se atreven a vivir en la fantasía», en palabras de la autora del estudio. Para algunos canciones como 'Mr. Tambourine Man' o 'Visions of Johanna' tienen en ese espiritu su génesis.

Hay que suponer, por tanto, que Dylan, que sale de la media en muchos casos, también va por fuera del percentil en este asunto de abandonar el mundo de los vivos. 75 años son muchos años para el frenético mundo de la música moderna. Si damos un repaso a los mitos pop que cumplieron o han de cumplir tres cuartos de siglo en este año tenenos a:

Neil Diamond, que pese a un leve resurgimiento hace un luestro, no ha vuelto al primera plano de la escena musical; Eric Burdon, el líder de ‘The Animals’, prácticamente retirado; Joan Baez, coetánea de Dylan, de la que apenas se oye hablar ya; David Crosby, Paul Simon y Paul Anka, tres grandísimos autores que hace mucho tiempo que no escriben ni componen para ellos.

A Dylan la edad parece haberle perdonado. Es cierto que apenas canta, y prácticamente solo recita, pero quizá su secreto, como tantas veces, esté en su capacidad para saber elegir los músicos que han de acompañarle. Él sabe que el día que no pueda componer, que no pueda subirse a un escenario, acabará muriendo. Eso sí, ese día respirará. Ya lo adelantó: «Cuando yo muera, la gente va a interpretar todo de mis canciones. Van a interpretar hasta la última puñetera coma. Ellos no saben lo que significan las canciones. Mierda, ni yo mismo sé lo que significan». Pues si ni él lo sabe, oigámoslas y disfrutémoslas. Lo demás es accesorio.