Ana Martínez: «En el franquismo se quemaron muchos fondos»

Ana Mertínez Rus, antes de iniciar la conferencia en la Casa de Cervantes
Ana Mertínez Rus, antes de iniciar la conferencia en la Casa de Cervantes / Henar Sastre

La historiadora disertó ayer, 15 de junio, sobre la lectura popular y las bibliotecas entre 1869 y 1936

JESÚS BOMBÍNValladolid

«La biblioteca del Museo Casa de Cervantes fue inaugurada en 1916 y tuvo gran éxito hasta 1936, llegando a contar con 92.000 lectores al año». Ana Martínez Rus, profesora de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid, impartió ayer la conferencia ‘De la lectura popular a la lectura pública, 1869-1936’ en la Casa de Cervantes, en la que hizo un recorrido por la creación de bibliotecas populares y su papel relevante en la alfabetización en España.

En gráficos y fotografías apoyó su conferencia la investigadora por la Escuela de Estudios en Ciencias Sociales de París, remontándose al sexenio democrático entre 1868 y 1874 con la creación de las primeras bibliotecas populares, que fueron un fracaso para fomentar la lectura, indicó, porque «el origen de esas iniciativas tenía más que ver con un intento de salvar el patrimonio bibliográfico procedente de las desamortizaciones de edificios religiosos, a lo que se unió la falta de voluntad política y de presupuesto». Relató que así fue como se crearon con esos fondos bibliotecas provinciales que, dijo, «en muchos casos no tenían ni edificio propio, de modo que se utilizaba una sala de los colegios de enseñanza secundaria o de las universidades en las grandes ciudades».

Si la situación en dotación de libros e infraestructuras era precaria en las urbes, en el mundo rural se agravaba aún más la ausencia de material. «De ahí -añade- que el objetivo inicial del sexenio fuera crear bibliotecas populares pensando en que la mayoría de la población vivía en localidades agrarias donde no se tenía acceso al libro». En torno a 1911 se empezaron a aprobar disposiciones para la creación de bibliotecas como la de Valladolid en 1916 que se ubicaría en la Casa de Cervantes, «un proceso que se repetiría en muchas ciudades; en este caso se habilitó una sección cervantina con duplicados procedentes de la Biblioteca Nacional y otra con libros diversos destinados a una sección popular». El siguiente impulso en la creación de bibliotecas populares tendría lugar durante la II República, que pondría el foco en el ámbito rural, «muy abandonado hasta entonces por la administración».

Se refirió también Ana Martínez Reus a la pujanza del movimiento lector privado, impulsado por ateneos libertarios, casas del pueblo y colectivos sociales. «Ante la incomparecencia de los poderes públicos se crean esas pequeñas bibliotecas sostenidas por socios y sociedades recreativas; cuando llega la República los gobernantes son conscientes de este problema y se diseña una política complementaria a la de la reforma educativa para crear bibliotecas públicas por todo el país donando la colección inicial; el patronato de Misiones Pedagógicas llegó a crear más de cinco mil modestos centros de lectura, muchos de ellos ubicados en escuelas donde durante el día el maestro enseñaba a los alumnos y por la tarde se permitía el préstamo a adultos», explicó.

Libros en el 'infierno'

«Las bibliotecas fueron esenciales para alfabetizar en la República, de modo que la Junta de Intercambio promovió la adquisición de fondos bibliográficos y se encargó de crear centros municipales de mayor envergadura, sobre todo en pueblos de más de mil habitantes, dotándolos de colecciones más numerosas y exigiendo a los ayuntamientos que destinaran dinero para el edificio y su funcionamiento», comentó la historiadora, destacando que así se crearon más de doscientas biblioetcas con un proyecto que preveía poner en marcha una media de cien al año. «Pero cuando ganó la CEDA en 1933 esto se redujo y el plan acabó anulado tras la Guerra Civil, el franquismo las arrasó en su mayoría, se quemaron muchos fondos no tolerados por el régimen y otros se guardaron en salas especiales denominadas ‘infiernos’ donde solo accedían especialistas con autorización.

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