Sergio del Molino: «Hay que reírse hasta de la muerte»

Sergio del Molino. /Virginia Carrasco
Sergio del Molino. / Virginia Carrasco

La relación con su carismático profesor de filosofía, «que convirtió su suicido en una 'performance'», vertebra 'La mirada de los peces', la nueva novela del escritor

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

A Sergio del Molino (Madrid, 1979) la muerte le da mucha vida literaria. Con su primera novela, 'La hora violeta', afrontó el devastador fallecimiento por leucemia de su primer hijo. Más tarde, la pérdida de su abuelo con 'Lo que a nadie le importa'. Ahora, en 'La mirada de los peces' (Random House), aborda el suicidio de su carismático profesor de filosofía, Antonio Aramayona. Un acto irreversible «convertido en una 'performance'» por un personaje provocador, carismático y decisivo en la formación y la vida del escritor. Es una novela de «iniciación y una reflexión sobre la culpa en la relación entre maestro y discípulo», asegura su autor.

«Los libros me vienen dictados a partir de catarsis que me trastocan y son el motor de mi escritura. No renuncio a jugar con el humor y la ironía. Me gustaría ser más frívolo y escribir algún libro petardo», explica risueño el autor del celebrado ensayo 'La España vacía'. Y es que en medio de las situaciones más terribles el humor se le revela como un elemento «indispensable» y «necesario». «Hay que reírse hasta de la muerte. Yo me reí en el funeral de mi hijo. Es natural y humano. La risa es el lubricante de la humanidad. Es lo que nos diferencia de los animales, mucho más que el lenguaje», plantea el escritor. «La literatura muere cuando hay exceso de solemnidad. En la mejor tradición anglosajona es obligatorio que haya humor, y esa es la literatura que me interesa», confiesa.

Afincado en Zaragoza, en un barrio periférico de la capital aragonesa transcurrió su adolescencia y en su instituto trabó su determinante relación con Aramayona, un profesor «diferente» que recuerda al de 'El club de los poetas muertos'. Defensor a ultranza de la educación pública y el laicismo, era «un cabrón que te hacía pensar», según sus alumnos. Su terrible padecimiento físico le llevó a adelantar su final en 2016. Activo militante por una muerte digna, lo hizo en una suerte de «suicidio espectáculo» del que da cuenta un documental de Jon Sistiaga.

Santo laico

Del Molino recrea su relación con Aramayona a partir del momento en que le telefonea para comunicarle su decisión de acabar con su vida. Un suicidio anunciado que «fue para él un acto de afirmación de su libertad no exento de soberbia» y que «quizá explotó desde en un plano moral superior que puede resultar incómodo o antipático». «Fue consecuente con su manera de pensar y quiero creer que fue un acto libérrimo de alguien que no quería depender de nadie y que no le influyó el circo que montó», dice el escritor.

«Aramayona era una especie de Groucho. Un provocador que necesitaba tener público y te forzaba a tomar partido», evoca a su maestro. «Conocer a alguien como él es como si te tocara la lotería», dice del «irritante» autor del blog 'Diario de un perroflauta motorizado', «un santo laico a quien se admiraba o se detestaba».

La novela «no es una reflexión moral sobre la eutanasia, ni un instrumento de debate sobre el derecho a la muerte digna o en defensa del suicidio», advierte. «Tengo el tema bien resuelto. Escribo sobre lo que no tengo muy claro, y en este caso es la manera en que lo hizo», acota. «Lo fundamental es la relación entre maestro y discípulo y su determinante influencia de en mi vocación. Cómo se creó un sentido de culpa por el abandono cuando nos fuimos distanciando», explica Del Molino. Una relación que define «como viaje de la admiración al desprecio para regresar al reconocimiento». «Cuando comprendes hasta qué punto has sido injusto y asumes la culpa», dice el alumno y amigo de Aramayona.

Tampoco es para su autor «un ejercicio de autoficción». Sí participa de ese género tan en boga «es desde una concepción tramposa». «No es intimista, es una autoficción instrumental. Me sirvo de mí solo para captar la atención del lector. Le hago creer que me voy a desnudar y no es así. Al final le distraigo como los ilusionistas, en ese juego que es la esencia de literatura», dice. Tras el abrumador éxito de 'La España vacía', el ensayo que le otorgó reconocimiento y popularidad, su regreso a la ficción sería «un ejercicio de nostalgia paradójica».

«Es una novela de aprendizaje un poco rara», insiste. «Transcurre en un entorno urbano que ha desaparecido; esos barrios de la periferia de las grandes ciudades, como el de San José en Zaragoza, que han cambiado de forma radical». «Pertenezco, quizá, a la última generación que de los 60 a los 90 vivió en este entorno que se comió la burbuja inmobiliaria y que hoy es multirracial y mestizo», concluye el autor de novelas como 'No habrá más enemigos'.

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