«El odio en la sociedad rural supura durante generaciones»

Agustín García Simón, en la librería Margen de Valladolid. /Gabriel Villamil
Agustín García Simón, en la librería Margen de Valladolid. / Gabriel Villamil

Agustín García Simón vuelve a Hontanalta para contar la vida de un labriego a través del siglo XX en ‘La herida del tiempo’, libro que desde hoy está en las librerías

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

Está más cómodo en el ensayo, sobre todo el histórico, al que ha dedicado buena parte de su tarea como editor de la Consejería de Cultura (tres premios nacionales de edición) y como autor. Pero Agustín García Simón (Montemayor, 1953) probó suerte con los cuentos y su editora le retó a probarse en la novela. Unos años más tarde ha cumplido con ‘La herida del tiempo’ (Siruela) que está ya en las librerías.

–Vuelve a Hontanalta, al territorio de los cuentos de ‘Cuando leas esta carta...’ ¿al suyo propio?

–En esos cuentos se delimitaba un terreno en el que subyacía un mundo a exhumar. Ese mundo es ‘La herida del tiempo’, con todos sus guiños, obsesiones y fantasmas que a uno le acompañarán siempre. En mi corta pero intensa experiencia como autor de literatura he aprendido que, cuando se sufre escribiendo, uno se transforma, quiera que no, en un mero instrumento de poderosas fuerzas de un misterio inasible, como explicó Zweig (‘El misterio de la creación artística’) pero es evidente también que uno es el hacedor de cuanto escribe y, al hacerlo, en pequeña o en gran medida se retrata. No me parece exagerado decir: dime cómo escribes y te diré quién eres.

–Unas coordenadas temporales, ¿las últimas antes del salto que aterrizó en otro planeta?

–En otro planeta que es otra era: la era digital que, por lo visto, apenas ha comenzado, de modo que lo que hasta ahora denominamos como alucinante, muy probablemente habrá que sustituirlo en breve por un neologismo capaz de expresar lo que venga en un futuro muy próximo. En cualquier caso, algo bien distinto que se escapará a la civilización y la cultura que nos ha elevado como seres humanos, la de la palabra que se ha forjado y nos ha forjado desde la Antigüedad hasta hace un par de decenios, en que, tras un corto interregno de la mal llamada ‘postmodernidad’, ha dejado de existir, arrasada por una nueva era en que la ‘nada’ tecnológica y robótica traerá el ‘mundo feliz’ a una sociedad convenientemente descerebrada. Una nueva forma de totalitarismo. Mi novela habla de las gentes de una comarca a dos, tres generaciones de la nuestra; un pasado reciente cuyo conocimiento es imprescindible para saber de dónde venimos, si no queremos vagar como idiotas deslumbrados por el presente.

–Se refiere a un mundo al que hemos dado carpetazo con palabras extrañas para los lectores del XXI. ¿Ha hecho inventario de la liquidación de esa realidad?

–No, no se trata de un inventario, sino de testimonio y memoria de un mundo que ha estado ahí mismo y que para el común de los mortales de nuestra actualidad es un mundo tan lejano y desconocido como la Roma antigua. Pero si se quiere comprender de verdad ese mundo rural, que nos ha precedido hasta los años setenta, hay que describirlo con las palabras y la lengua que lo nombraron genuinamente, sin recurrir a la estúpida manipulación del lenguaje políticamente correcto, que no es sino el más burdo recurso de la subversión de la lengua, o sea, la forma más recurrente para allanar el camino de la tiranía y, al final, de la realidad totalitaria, tanto en la cultura como en la política o la sociedad.

–El mundo rural tiene poco predicamento en la literatura española contemporánea, más allá de Delibes ¿por qué el mundo actual es tan refractario a esa realidad?

–Es verdad que ha habido un cierto desdén de la literatura española contemporánea por el mundo rural. Sin embargo, ahora mismo parece que eso ha cambiado algo. Recuerde el éxito de la novela ‘Intemperie’ o el más reciente ensayo de título afortunado, ‘La España vacía’, por citar un par de obras que han puesto sobre la mesa de la actualidad la necesidad de recuperar algo tan elemental como nuestro mundo rural. Incluso parece que hay por ahí circulando ya un marbete de algo así como ‘literatura neorural’. Mi novela sería, en todo caso, antigua. El mundo actual es refractario con su pasado porque desde los años noventa se acentuó e impuso el corte abrupto con la Historia, que a lo largo del siglo XX fue un síntoma característico que fue a más, a la par que el desarrollo tecnológico. El presente se estableció como un fin en sí mismo. Hobsbawm lo calificó como «la destrucción del pasado». En la era digital, el sentido ahistórico es la plataforma de la actualidad permanente a una velocidad de vértigo; estadio que no puede permitirse la lentitud reflexiva, mucho menos el estudio del pasado.

–«El orden de las cosas» es una expresión varias veces citada, ¿la tradición, la costumbre tácita, más que un orden moral?

–El orden de las cosas sustenta buena parte del ‘leit motiv’, podríamos decir, del impulso que mueve a algunos de los personajes más importantes de la novela. La tradición y la costumbre tienen en la sociedad rural valor de ley; la moral laica se desconoce. En el caso del campo castellano, cualquier sentido moral pertenece en exclusiva al catolicismo, siempre con sus sombras inconfesables y corruptelas, pero también con esa su permisividad de vista gorda, inimaginable en la moral de hierro protestante, por ejemplo.

–De Felisa, la mujer íntegra, dice «se ha salido de sus naturales cauces de mujer».

–Si en esa sociedad salirse del ‘orden de las cosas’ era un grave desafío, que lo hiciera una mujer era sencillamente intolerable. Felisa es un personaje de una fuerza emocionante. Es una de esas mujeres de una pieza, no tan infrecuentes como parece en ese medio: íntegra, inteligente, hábil y con un sentido moral insobornable, como su espíritu de independencia. Es normal que, en una sociedad tan reducida y cerril, una persona de estas características sea sospechosa y, al final, perseguida y destruida. La envidia y el odio en la sociedad rural es un absceso que supura durante vidas y, no raramente, se transmite a las siguientes generaciones.

–Sus mujeres parecen motores silenciosos, entre los casamientos determinados por la geografía de las haciendas y la ‘clandestinidad mujeril’.

–Sí, algo así. Hasta finales de los años sesenta, en buena parte de la Castilla histórica, en general en la España interior, se ha pasado en muchos aspectos fundamentales de la Edad Media al siglo XX, en un proceso sobrevenido y nada gradual. Lo que no llegó a la sociedad rural, hasta bien entrados los años setenta, fueron los ecos de la liberación femenina, aunque el pasado siglo fuera desde sus inicios el siglo de la liberación de la mujer. Hasta finales del siglo, pues, y aun así muy lenta y restrictivamente, la mujer en ese medio no fue dueña ni de su vida, ni de su cuerpo, ni de su mundo. Su papel fue el que había tenido en el Ancien Régime, es decir, un rol de sumisión y entrega abnegada al hombre.

–Helidoro es el personaje central. ¿Le define su «inveterado sentido de la propiedad» y su insaciable apetito sexual?

–El desmedido apetito sexual de Heliodoro es una consecuencia de su vigor masculino y su naturaleza rijosa. Pero lo que mueve a Heliodoro es el poder, el poder verdadero: personal y absoluto. De ahí su sentido de la propiedad de cuanto le rodea, tierras, mujeres y hombres. El poder, cuando es auténtico, siente enseguida la tentación de controlarlo todo. Es la droga más dura que ha conocido el ser humano, y de la que, muy raramente, se desengancha alguno de los que la han gozado. Su principal problema o asignatura pendiente es el control del espíritu y la conciencia de los otros hombres. Heliodoro, en su modesta medida, siente tesa frustración ante mujeres como Felisa y Paula, pero su timorato conservadurismo le retraen a su propia naturaleza: más la del zorro que la del lobo.

–Apunta la tercera vía ausente en la España oficial a través de personajes que no comulgaron ni con comunistas ni falangistas y que quedaron marcados por la frustración de la República. ¿Llegó demasiado pronto?

–La II República Española llegó en el peor de los momentos, en la peor coyuntura política y económica universal del siglo XX. Los años de entreguerras fueron el más nefasto, pero favorable, caldo de cultivo de un fenómeno inédito hasta entonces en la Historia: el totalitarismo nacido del comunismo leninista soviético, desarrollado hasta la náusea por Stalin, y su contrarréplica fascista, con su cenit nazi. Este monstruo de dos cabezas bipolarizó el mundo entero, y la pequeña República española, el más ilusionante y serio intento de verdadera revolución burguesa en España, es decir, el establecimiento de la democracia liberal, sucumbió en las turbulencias de carcas, fanáticos y sectarios, y la insolidaridad previsible y complaciente de potencias democráticas como el Reino Unido. Nada nuevo en nuestra historia. La tercera vía, como acabamos de ver en Cataluña, es más necesaria que nunca en España. Chaves Nogales es uno de los símbolos más entrañables de esa tercera vía española, sus libros son recomendables en esta coyuntura. Si eso no mueve a las conciencias, mal asunto.

–También refleja el eco de la Guerra Civil en un pueblo castellano. ¿Cómo fue en esa zona?

–La Guerra Civil en los pueblos castellanos fue especialmente sórdida, porque al tratarse, mayoritariamente, de una zona donde triunfó el golpe de Estado de los generales africanistas, y donde la Falange tuvo uno de sus principales feudos, la represión fue unilateral, sistemática, terrible y sin cortapisas, ni posibilidad de escape o réplica alguna. Pero, además, esa represión alcanzó un regodeo de los vencedores verdaderamente repugnante y su estela se alargó en un tiempo oscuro, interminable, que se mantuvo en decenios de infamia.

–¿En qué se diferencia el alma de labriego de los años cincuenta de la de hoy?

–El labrador de mediados del siglo pasado tenía asumido y sabía perfectamente cuál era su papel en la sociedad, el rol que había de desempeñar y el puesto que ocupaba en la sociedad. En política no había ninguna alternativa y, en la moral, el nacional-catolicismo lo impregnaba todo. Era una vida mentalmente resignada, afecta a los postulados más reaccionarios en un espectro amplio, y materialmente miserable, con unas minorías sobriamente acomodadas. Los labradores actuales han bajado drásticamente en la estadística sociológica. Los pocos que quedan viven de una agricultura extensiva, mecanizada y dañina para el medio ambiente. Su mentalidad nada tiene que ver con la de sus abuelos. Su dependencia vital ya no la sufraga el núcleo rural, sino los efectos urbanos.

–Al profesor Dimas le ocupa un trabajo sobre la decadencia de Castilla. ¿Cuándo terminó su gloria y hacia donde va esta comunidad?

–Me gustaría poder contestarle con algún resto de esperanza, pero no me queda. Desde hace años, la política en España se ha convertido en un baluarte en el que se parapeta lo peor de la sociedad. Estamos en manos de los peores, y esta comunidad no es la excepción. No veo más futuro para Castilla y León que un parque temático a medio plazo, probablemente muy empobrecido por el cambio climático y caciqueado por los más ineptos. La única excepción es el eje Madrid–Valladolid-Palencia-Burgos, y la isla formidable que constituye felizmente la Ribera del Duero. Recuerdo lo que me decía Santiago de los Mozos: «Agustín, ten por seguro que si Darwin, en vez de en Las Galápagos, hubiese fondeado en cualquiera de las costas españolas, habría enunciado su teoría justamente al revés: aquí no sobreviven los más aptos, sino los más ineptos». Mi amigo Pepe Guerrero me dijo lo mejor que he oído sobre la decadencia castellana: «Castilla es la única potencia occidental que no ha terminado de decaer».

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