Antonio Rodríguez: «Los cuentos son testimonio de una época»

Antonio Rodríguez / H. Sastre

El semiólogo trabaja por que la historia no se pierda y para ello la recopila en 'Cuentos de la media lunita'

V. M. N. Valladolid

Siguió la estela de Espinosa y en los setenta comenzó a recopilar cuentos de los cada vez más escasos ‘informantes’, «gente que no sabía leer ni escribir pero que tenía una vasta cultura transmitida oralmente y que era capaz de contar cuentos complejos y extensos». Antonio R. Almodóvar, semiólogo estructuralista interesado por el sentido de ese material, quería que esas historias no se perdieran y las fue recopilando (‘Cuentos de la media lunita’). Con ‘El bosque de los sueños’ fue más allá e hizo una recreación de los cuentos de origen indoeuropeo que le valió el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil de 2005.

«Además de la fascinación por los cuentos, me preocupó su significación, dentro de un contexto y ver cómo evolucionaban. Por eso recopilaba versiones y dentro de ellas buscaba la estructura que permanecía, el arquetipo. La fase de mayor complejidad de las versiones del cuento tradicional se da al inicio del XIX, cuando la sociedad industrial impone una nueva forma de vida y el cuento oral empieza a degradarse», explica el profesor. «Por ejemplo solo de ‘Juan el Oso’ comparé 40 versiones. Es una tarea que hay que hacer con pinzas porque debes tener cuidado de no alterar la estructura y el sentido». Rodríguez Almodóvar se interesó por los cuentos que se «estaban perdiendo a medida que las abuelitas desaparecían. No podía dejar que desaparecieran historias como la de ‘Blancaflor’ o ‘La serpiente de siete cabezas’. Esos son cuentos que podían durar una o dos horas según el humor del narrador porque son muy ricos en intriga, personajes y acción».

El otro 'gallo Kiriko'

Cuando esos cuentos se recogen para ser contados al público infantil, Almodóvar es partidario de «una adaptación del lenguaje sin tocar la estructura. Son historias que a veces chocan con lo políticamente correcto, siempre hay que advertir que en su tiempo eran así. Lo políticamente correcto es muy destructivo porque la tradición es muy rica, muy ingeniosa y divertida. Por ejemplo el cuento del medio pollito, que solo en lengua inglesa tiene 200 versiones, nunca había ido a la imprenta. Es el contracuento o la ‘cara b’ de ‘El gallo Kiriko’. Mientras que el único problema con el que topa Kiriko es con que se mancha el pico de caca, el medio pollito se mete a sus compinches en medio culito. Tiene un lado surrealista y muy interesante. No pasó a la imprenta hasta que lo envié yo. Solo figuraba en colecciones académicas pero esas no llegan a la gente».

Tras la escatología, otro caballo de batalla es el tratamiento de la mujer en el cuento tradicional. «Hay cuentos misóginos que los hay, pero son testimonio de una época, de una manera de ver el mundo y por eso los incluyo en la recopilaciones de adultos pero no en las de niños. Los cuentos misóginos son tardíos, de la época medieval y no son tradicionales, sino que tiene una influencia directa de la tradición hebrea y árabe. En cambio he encontrado también cuentos protofeministas, por ejemplo ‘La niña que regaba las albahacas’, que es la historia de una muchacha normal pretendida por un príncipe del que ella se ríe. Quiere vengarse del príncipe acosador y tiene un desarrollo muy divertido. Es la venganza contra el abusador. Hice una versión teatral que lleva no sé cuantas ediciones. En el segundo tomo se titula ‘La mata de las albahacas’. La tradición oral no era machista. Lo que no se puede es transformar los cuentos con tu ideología, eso retiró de la imprenta a muchos. Ahora vivimos otro tipo de censura, la de lo políticamente correcto, se hace una literatura muy ‘light’ para niños. Sigo yendo a colegios y ves que no son bobos, que captan rápido el sentido del cuento».

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