María Merino, José Jiménez Lozano y Celso Almuiña.
María Merino, José Jiménez Lozano y Celso Almuiña. / A. Mingueza

Jiménez Lozano
y el oficio de contar

  • El Premio Cervantes recibió el homenaje del Ateno de Valladolid en el Aula Triste

Tiene oficio hasta para torear elegantemente las alabanzas. José Jiménez Lozano, que atesora honores de muy variada condición, recibió ayer el homenaje del Ateneo de Valladolid y no dejó pasar la ocasión regalando al respetable una decena de cuartillas sobre ‘El periodismo: La crisis de un invento dieciochesco’.

La mesa le traicionó y Celso Almuiña, presidente del Ateneo, dio la palabra primero a los amigos. Carlos Aganzo, director de El Norte de Castilla, trazó el arco histórico del diario para situar a Pepe, el «último de los grandes directores del periódico», antes de que este entrara a formar parte del grupo Vocento. Recordó aquel primer artículo sobre la muerte de Giovanni Papini que, con 26 años, llamó la atención de Delibes y marcó una de sus aportaciones «la entrada del pensamiento europeo, del cristianismo heterodoxo que implica el Concilio Vaticano II sin el cual sería impensable la Transición».

María Merino, quien analizó la faceta periodística del escritor en su tesis doctoral, agradeció «su aporte de profundidad de pensamiento, escapando a la temporalidad de las noticias». Recordó como, además de El Norte, su «pincelada tuvo eco desde 1964 hasta nuestros días en revistas como ‘Destino’, ‘Vida nueva’, periódicos como ‘El Sol’, ‘ABC’, el grupo Promecal o ‘La Razón’». Merino destacó que solo «se ha plegado a la dictadura de su conciencia».

La periodista Angélica Tanarro abordó la poesía del prolífico escritor comenzando por su rebeldía, su resistencia a aceptar el nombre de poeta porque siente que es «el tiempo el que debe dar permiso a sus libros, como si solo se pudiera ser poeta a título póstumo». Tanarro agradeció que desde ‘Tantas devastaciones’ se hayan ido sucediendo sus libros de poemas, con un pie en Horacio y otro en el existencialismo, en una constante búsqueda del «acertar a decirlo». La también poeta recorrió esos libros en los que su verso se ha «ido adelgazando», en los que ha ido depositando el testimonio «de lo bello y lo terrible» y ha demostrado que pueden ser «vehículo de sosiego». Contar «lo que no debe perderse», «lo menor, como Emily Dickinson» y con «ironía que no llega al sarcasmo» hacen de los poemas de Jiménez Lozano «iluminaciones, candelas para comprender la vida».

De la cultura al turismo

El arquitecto Pablo Puente quiso escapar del academicismo. Convocó al Jiménez Lozano ensayista, el de ‘Los cementerios civiles’, que le atañen en su trabajo. Pablo fue parte del triunvirato que ideó aquel proyecto «cultural, ahora turístico» que indagó en el patrimonio y dio alas al poeta. Las Edades del Hombre primigenias, las de Puente, Velicia y Jiménez Lozano, les llevaron a la Moncloa. El Premio Nacional les llevó al Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde Puente ideó un acogedor espacio para exponer lo que se puede ver de un escritor. El arquitecto sobrevoló recuperaciones de monasterios convertidos en hoteles de lujo con la ironía que cabe mirar lo que otrora fue pasión y hoy es pecunia.

Y le tocaba responder al homenajeado. Jiménez Lozano no conoce la complacencia y ni en una jornada laudatoria deja de puntuar. No es un hombre triste, a pesar de su nutrida conciencia, y comenzó recordando una matrícula en derecho hipotecario que le puso Ignacio Serrano, cuyo retrato como rector cuelga en el Aula Triste, aunque nada sabe de hipotecas, salvo la amenaza que representan. Dejó que el respetable esbozara la sonrisa antes de entregarse al análisis de ‘la crisis de los periódicos’.

Quien escribe en los periódicos desde los 26 años hasta sus actuales 87, citó la parábola de Kierkegaard sobre el barco y el iceberg. «El capitán no podía hacer nada pues la bocina estaba en manos del pinche y mientras el barco se iba a pique, aquel recitaba el menú del día». Jiménez Lozano alertó de que a veces «la prensa no pone el foco en lo fundamental, sino en otras cosas que acaban por corromper». Este oficio que se basa en algo «tan fácil o difícil como ver, oír y contar, con lealtad a los hechos, con objetividad que no neutralidad», ese contar que «debe ser dar testimonio, hoy se ha llenado de comentarios, que son más fáciles que dar noticias».

José Jiménez Lozano recordó cuando la sola presencia de los corresponsables podía frenar «la barbarie», cuando había un acuerdo tácito entre periodista y lector, dos iguales, «cuando el periodista no vendía nada». El poeta de ‘El precio’ advierte de que tanto escritor como periodista tienen «lectores, no público. La diferencia es la cantidad, los lectores de un diario son miles, por eso hay que contar cosas que interesen a todos. Y el periodista tiene unos límites que desaparecen en el caso del escritor».

El escape de la ficción

Pero, citando a Horacio, «hace más de 2.500 años nos dijo que ‘el vulgo, o sea todos nosotros, quiere ser engañado’. Ningún hombre, salvo muy pocos con una rara y altísima plenitud humana, quiere saber la verdad». A satisfacer esas ansias se dedica la industria cultural, «de la que no debe formar parte el periodismo, que es testimonio». Para el autor de ‘Sara de Ur’, que advirtió de «una nueva cultura en la que los periodismos están condicionados por las técnicas», ese que deriva del «decisionismo, en el que las cosas y los hechos no son lo que son sino lo que se decide que sean», los periódicos tienen futuro en cuanto prevalezca el «rigor testimonial», en la medida en que eviten la tentación de «esa demiurgia posible al precio de convertirse en las ‘bocinas’ de unos cuantos poderosos». Cerró su carpeta y recibió la efigie de Palas Atenea, diosa de la sabiduría y la guerra, animado por Almuiña a seguir siendo guerrero.