Enrique Cámara y Enrique García Revilla, en el café Zorrilla.
Enrique Cámara y Enrique García Revilla, en el café Zorrilla. / Ricardo Otazo

Berlioz, el escritor célebre
por sus partituras

  • Enrique García Revilla presenta en Valladolid, de la mano de El Árbol de las Letras, su traducción crítica de la autobiografía publicada por Akal

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Por él aprendió francés, se doctoró como filólogo de esa lengua y sumó su interés musicológico al lingüístico. Enrique García Revilla se enamoró pronto del Hector Berlioz compositor y del escritor y lleva varios lustros buceando en el siglo XIXfrancés, como un romántico más. El músico y profesor burgalés presentó ayer su traducción crítica de las ‘Memorias’ del artista galo, en un acto organizado por la librería El Árbol de las Letras, en el Café Zorrilla.

La editorial Akal, que ya publicó su anterior trabajo sobre el compositor francés, ha lanzado la que es la segunda traducción del volumen en español, tras agotarse hace décadas la primera. Enrique Cámara, profesor de la Universidad de Valladolid, acompañó a su alumno y amigo en la puesta de largo del libro.

«Nunca logró tener empleo fijo. Vivió en permanente paro, organizaba conciertos y sacaba algún dinero. Cherubini le expulsó de la biblioteca del Conservatorio de París y no logró ser profesor de análisis musical. No le gustaba trabajar de crítico, porque le obligaba a escuchar obras todas las noches y no siempre eran buenas. Así que acabó venciendo la pereza inventándose relatos, que era lo que enviaba al periódico. Tenía que hacer la crítica la obra, que normalmente era de estreno, y de su interpretación. Llega a reconocer en sus ‘Memorias’ que ‘es una labor que envenena mi vida’», explicó García Revilla. Aunque esas críticas eran también su «escudo», «sin la prensa estoy desarmado frente a mis enemigos».

Enamoradizo, como reconoce en la cita musical que reza bajo su retrato apenas comienza el volumen, fió «al arte y al amor su vida. No se dice músico, sino artista, porque se sentía escritor también. Escribir le permitía objetivar ideas que no podía concretar en la música», decía su traductor quien reconoce en esta autobiografía «el mejor libro que he leído de un compositor. Más legible que Wagner, más coherente que Stravinsky, menos evanescente y más práctico que Schumann, más intenso que Tchaikovsky». Dominado por una concepción romántica de la música, «un arte capaz de transmitir sentimientos, un nivel de comunicación al margen de lo meramente musical», criticaba el resto de las obras desde esa perspectiva. «No se calla nada, se ganó todos los enemigos posibles. Le pone peros a Mozart, hablando de ‘Don Giovanni’ le reprocha que en pleno lamento haya un aria coloratura ‘del peor gusto’». Tanto la lectura del especialista, atendiendo al aparato crítico, como la del lector aficionado, garantizan la inmersión en el mundo musical del XIX.