Antonio Gil Ambrona, historiador.
Antonio Gil Ambrona, historiador. / El Norte

La «incapacidad congénita» de las mujeres para vivir
en comunidad

  • Antonio Gil Ambrona indaga en la relación de las mujeres con la Compañía de Jesús en 'Ignacio de Loyola y las mujeres. Benefactoras, jesuitas y fundadoras'

Vivió rodeado de ellas, en su condición seglar y después como fundador de la Compañía de Jesús, sin embargo no las dejó entrar en su orden. La relación de Ignacio de Loyola con las mujeres es el tema del nuevo ensayo de Antonio Gil Ambrona (Santa María de la Huerta, Soria, 1961). El historiador, que formó parte del Centro de Estudios Pierre Vilar, ha centrado sus investigaciones en las mujeres del XVI y del XVII.

–Constata sospechosas lagunas documentales en los archivos de la Compañía de Jesús. ¿En qué fuentes documentales ha bebido?

–El eje inicial de la investigación fue la correspondencia que Ignacio de Loyola mantuvo con las mujeres que le ayudaron de muy diversas maneras, acogiéndolo en su casa, entregándole regularmente ciertas cantidades de dinero o fundando los colegios de la Compañía de Jesús. O con las que le pedían insistentemente que les permitiera entrar en la congregación como jesuitas. Todas esas cartas han sido publicadas. Ese fue el punto de partida. Luego encontré otros documentos inéditos como el libro de cuentas que Isabel Roser, la jesuita de origen barcelonés, llevaba para gestionar su fortuna después de quedarse viuda y antes de partir hacia Roma. O documentos notariales que me han ayudado a saber más sobre la familia y la vida de la manresana Inés Puyol, la persona que mantuvo una relación más íntima con Ignacio de Loyola.

–¿Por qué la literatura sobre Ignacio de Loyola soslaya este tema?

–En la promoción mediática que la propia Compañía de Jesús puso en marcha desde sus inicios para difundir la figura «ejemplar» de su fundador, no cabían las mujeres que tanto le habían ayudado. Y eso, a pesar de que él mismo llegó a reconocerles esos méritos. Para los hagiógrafos, Ignacio de Loyola estaba predestinado a la santidad desde que salió de su Azpeitia natal, en 1522, después ser herido en una pierna y quedar minusválido de por vida, hasta su fallecimiento en Roma en 1556. Eso formaba parte del diseño mediático. Pero si se profundiza en la primera biografía de Ignacio, escrita por el jesuita González de Cámara y que fue ocultada durante mucho tiempo y sometida a la poda de la censura, enseguida se da uno cuenta de los problemas de conciencia, mezclados con tentaciones de todo tipo, que tuvo hasta bastantes años después de esa primera fecha. Ese es un aspecto considerado tabú. Luego están las valoraciones misóginas de muchos jesuitas acerca de las ayudas que Ignacio recibió por parte de mujeres. Por ejemplo, el jesuita Hugo Rahner realizó a mediados del siglo pasado un gran esfuerzo por identificar a las mujeres de variada condición social que intercambiaron cartas con Ignacio. Sin embargo, no se alejó de la línea hagiográfica ni de los tintes misóginos marcados por sus predecesores. Llegó a considerar como una enfermedad el «humor cambiante» de las fundadoras de colegios de la Compañía de Jesús cuando disentían de la opinión de Ignacio, e incluso las llamó «histéricas».

–¿Quiénes son las mujeres clave en la vida de Ignacio de Loyola y en su proyecto de la Compañía?

–Sin duda, fueron las mujeres con las que Ignacio se relacionó en Manresa y Barcelona las que contribuyeron de manera decisiva a que saliera del llamémosle ‘callejón sin salida’ en el que se encontraba. Y al frente de ellas estaban Inés Puyol (también conocida como Inés Pasqual) e Isabel Roser. Fue Inés quien lo tomó bajo su protección en Manresa y quizá de las primeras personas a las que Ignacio orientó con indicaciones que luego se conocerían bajo el nombre de Ejercicios espirituales. Y fue ella también quien lo acogió en su casa de Barcelona durante dos años. Luego, una vez que Ignacio decidió ir a París para estudiar teología y ordenarse sacerdote, fueron también Inés Puyol e Isabel Roser las encargadas de recoger dinero entre sus amistades para que pagase su manutención y los gastos en libros y en la universidad. Una vez que Ignacio fundó la Compañía de Jesús, Isabel Roser, ya viuda, lo dejó todo para ir a Roma. Ignacio se había propuesto crear una institución dedicada a acoger a mujeres prostitutas que quisieran redimirse, la Casa de Santa Marta. Allí fue donde se instalaron Isabel Roser, su criada Francisca de Cruylles y la docta Isabel de Josa, provenientes de Barcelona. Isabel Roser pronto se puso al frente de la institución. El pensamiento de Isabel Roser estuvo siempre puesto en el día en que entraría a formar parte de la Compañía de Jesús. Esta nueva congregación representaba el triunfo de la autenticidad en la práctica religiosa frente a las órdenes tradicionales. Roser conocía a Ignacio desde hacía muchos años y se fiaba de él. Y quizá pensaba que el hecho de que la Compañía no tuviera la obligación de someterse a la vida claustral podría tener la misma réplica en una rama femenina. Pero se equivocó.

–Se apoyó en ellas, sin embargo luego les niega la entrada en su proyecto, ¿por qué llega hasta los tribunales con Isabel Roser?

–Después de haberle escrito años atrás a Isabel Roser «Os debo más que a cuantas personas en esta vida conozco», Ignacio lo olvidó todo y pidió al Papa que le ayudara a expulsar definitivamente a las mujeres del seno de la Compañía de Jesús. Estas habían estado bajo su obediencia nueve meses, desde las Navidades de 1545 hasta primeros de octubre de 1546. Uno de los motivos que Ignacio dio para justificar esa expulsión fue que los monasterios femeninos eran fuente de problemas y que las mujeres tenían una incapacidad congénita para vivir en comunidad, como si los monasterios masculinos o las propias casas de la Compañía de Jesús hubiesen sido una balsa de aceite. Hay abundantes datos que ponen en evidencia esa idea misógina de Ignacio. Fue Isabel Roser quien decidió querellarse contra Ignacio y la Compañía porque, después de ser expulsada, los jesuitas consideraron que ella y sus compañeras habían generado muchos gastos. Isabel alegó que estos habían sido compensados por las elevadas cantidades que ella había entregado. Y tenía toda la razón. Pero los jueces no se la dieron. Finalmente, ella se retractó de todo para no dañar a la Compañía de Jesús, se reconcilió con Ignacio y regresó a Barcelona. La correspondencia de Ignacio con otros jesuitas revela el resentimiento que el prepósito de la Compañía mantuvo posteriormente hacia Isabel Roser. Esta, a su regreso a Barcelona, entró en un monasterio femenino pero no dejó nada en su testamento para los jesuitas.

–Los jesuitas tienen mucho trato con los colegios femeninos, ¿es otra manera de ejercer su influencia?

–Por supuesto, eso es y ha sido históricamente así. El caso de las carmelitas descalzas es un ejemplo claro. En once de los diecisiete conventos que fundó santa Teresa, esta contó con el soporte de jesuitas. Y muchas de las nuevas comunidades femeninas que se fundaron, tomaron como referencia las constituciones de la Compañía de Jesús. Aunque, por su parte, los jesuitas no habían sido del todo originales, ya que ellos mismos, antes de la fundación de la Compañía, se habían fijado en la propuesta educativa de las ursulinas, que se les adelantaron en esa vocación.

–¿Cómo se sostiene esa negativa a lo largo de los siglos?

–Bueno, esa ha sido la tónica general de la Iglesia católica como institución, mantener al margen a las mujeres donde han considerado que no convenía que adquirieran protagonismo. Las excusas que desplegó Ignacio en un memorial para evitar la entrada de mujeres en la Compañía, han ido cayendo por su propio peso. Pero incluso en aquella época, la mayoría de sus compañeros jesuitas veían con verdadero entusiasmo la presencia de mujeres en la Compañía. Hoy nadie defendería la idea de que las mujeres no pueden ir a países remotos a difundir el catolicismo o desempeñar allí tareas asistenciales o educativas porque necesitarían de la supervisión superior masculina. Y mucho menos los jesuitas, que en los últimos años vienen elogiando públicamente el papel que desempeñan las mujeres en tareas apostólicas, asistenciales y educativas, codo a codo, con ellos. Aun así, no creo que el actual papa vaya a dar un paso hacia delante en ese sentido.

–Apunta un posible linaje judeoconverso de Ignacio. ¿Cómo se libró de ser acusado de herejía por ello y por su cercanía a los iluminados?

–Sabemos que el abuelo de Ignacio tuvo descendencia con una mujer de origen judío, y que Ignacio probablemente se relacionó en su Azpeitia natal con algunas de estas personas. Pero desconocemos otras vinculaciones de su linaje con judíos. De su madre lo desconocemos casi todo, e incluso yo cuestiono que doña Marina Sáenz de Licona fuera su verdadera madre, por la edad a la que debió de tenerlo y porque hay muchos puntos oscuros en esa familia, que, por otra parte, los historiadores jesuitas han renunciado a investigar. Ignacio despertó sospechas acerca de su posible filiación judía cuando fue interrogado en Alcalá de Henares por sus reuniones semisecretas con personas que le pedían consejo espiritual sin que tuviera autoridad para ello. Se libró de otros tantos procesos o indagaciones inquisitoriales que le abrieron en Salamanca, París, Venecia y Roma. Ignacio era un alumbrado. Se había relacionado con alumbrados probablemente en Arévalo y Valladolid en su juventud. Y en aquellos años eran sobre todo judeoconversos los que estaban liderando los grupos que buscaban una renovación religiosa, una vivencia más auténtica de la religión. Cuando Ignacio llegó a Montserrat, en 1522, ya traía ese bagaje. Al menos tenía nociones de lo que era la oración mental o el dejamiento, y tuvo necesidad de vivir la experiencia de los eremitas. Eso y su desprecio por las formas exteriores de religión frente a una vivencia más interior era lo que lo acercaba a lo que la Inquisición llamó «alumbrados». Cuando Ignacio salió de España para estudiar en París estaba huyendo de una persecución que empezaba a resultarle agobiante. Si se libró de ser procesado fue por su astucia y por algunos buenos contactos con personas bien situadas en la corte, entre ellas, las mujeres.

–Primero fue la violencia contra las mujeres a lo largo de la historia y ahora las mujeres e Ignacio de Loyola. ¿Está interesado en la historia social del sexo femenino?

–Antes de terminar mis estudios de licenciatura en Historia empecé a investigar los procesos de separación matrimonial de los siglos XVI-XVII que se conservan en el Archivo Diocesano de Barcelona. Y descubrí una realidad que desgraciadamente sigue siendo actualidad. La mayoría de peticiones de separación matrimonial que se tramitaban en el tribunal eclesiástico eran de mujeres que estaban sufriendo malos tratos por parte de sus maridos. Ese fue el origen del ‘Historia de la violencia contra las mujeres’, que Ricardo García Cárcel me sugirió que escribiera. Pienso que la Historia debe contribuir tanto a tomar conciencia ante situaciones de discriminación, marginación o violencia, como a poner en valor o recuperar la memoria de hechos y personas que han sido premeditadamente olvidados por una mentalidad dominante. Los historiadores debemos ayudar a responder a las preguntas que la actualidad plantea y a entender la diferencia entre el pasado y el presente.